Prosa aprisa
Descansa en
paz, querida Regina
Arturo Reyes Isidoro
Me pesa escribir hoy. La verdad no tengo ánimo. Estoy apesadumbrado por la
muerte de Regina. Me preocupa el clima de violencia e inseguridad que cada vez
más hace presa a la ciudad y de las bajas que ha venido sufriendo el gremio. Me
duele que la víctima haya sido una verdadera profesional del periodismo
mexicano quien no tenía otro interés más que informar a los lectores con apego
a la verdad.
No se trata de crear un clima de miedo, de terror ni de crispación, pero,
sin duda algo está fallando. La noche misma cuando encontraron muerta a nuestra
compañera de muchos años, el sábado a la media noche hombres armados asaltaron
el restaurante Picrecha, la caja del negocio pero también a todos los comensales,
que eran muchos, que se encontraban a esa hora; el lugar está situado frente a
la Galería del Estado a solo dos pequeñas cuadras del cuartel San José sede de
la policía estatal y a pocas cuadras del Palacio de Gobierno. De las mujeres se
llevaron sus bolsas. Hubo por lo menos un disparo hacia el techo. Ante el
llamado de auxilio, las fuerzas del orden tardaron, como siempre según las
denuncias, media hora en llegar. Lógicamente hubo terror, confusión entre los
comensales quienes desvalijados abandonaron el restaurante tan pronto pudieron.
Nadie pagó su cuenta. Muchos pedidos quedaron pendientes. El personal dijo que
ya no regresaría a trabajar. Ayer las víctimas vivían todavía la secuela.
Necesitaran ayuda psicológica. Lo mejor dentro de lo peor, todos salieron
vivos.
Regina era una mujer respetuosa con todos, discreta, reservada, nunca se
supo que estuviera o anduviera involucrada en los chismes muy propios del
gremio, ni que se conflictuara con alguien. Socializaba poco o nada aunque si
la ocasión se presentaba convivía en el trabajo con todos y a todos los
compañeros saludaba. Algo que en especial la distinguía era su honestidad, su
honradez. Vivió y murió en la medianía pudiendo haber acumulado fortuna
económica pues jamás transigió con sus principios y sus valores que la llevaron
a mantenerse a distancia del poder para tener la objetividad que su deber
profesional le imponía y desde esa óptica escribía, señalaba, denunciaba, daba
voz a los desposeídos o a las causas no justas,
a todos los actores políticos aunque a algunos no les gustara.
Celebrábamos mucho aquella “¡Reginona!” dicha con voz fuerte, de mando, de
Ángel Leodegario Yayo Gutiérrez
Castellanos, propietario y director del diario Política donde ejerció la denuncia periodística que irritaba, que
molestaba. Yayo se sostuvo siempre y
la sostuvo, no cediendo a las presiones del poder, cuando el poder era
unipartidista, para que la acallara, para que la despidiera, para que le
cerrara las puertas y las páginas de su periódico. Espero que ambos estén hoy
en la gloria de Dios.
Pero a Regina la conocí desde que empezó a ejercer ese periodismo muy suyo,
independiente. Según entonces, había llegado al Canal 4 Más del Gobierno del
Estado procedente de Oaxaca. Su paso por el periodismo oficial fue breve. Cómo
recuerdo que ya era ella corresponsal de un medio nacional en 1988 cuando el
entonces presidente Carlos Salinas invitó al gobernador Fernando Gutiérrez
Barrios para que fuera secretario de Gobernación. Entonces un grupo de
periodistas de Xalapa, corresponsales también de medios nacionales (era muy
pocos en aquel tiempo, diez, tal vez doce, no más de quince, varios por fortuna
todavía viven y están activos), en el último día de mandato del llamado Hombre
Leyenda, en el último momento le solicitaron una audiencia que, por supuesto,
les concedió, afable con la prensa como era. Los compañeros le iban a pedir que
les autorizara una casa de interés social. “¡Muchachos, me hubieran dicho con
tiempo, por qué hasta ahora cuando ya me voy, cuando ya no puedo hacer nada al
respecto!”, les dijo don Fernando. Pero era un hombre práctico que resolvía
todo, y se los resolvió. Tomó la red y habló con alguien. Entonces les dijo que
fueran a ver al secretario de Finanzas, Raúl Ojeda Mestre, quien les daría el
dinero a cada uno para que compraran sus casas. En la lista iba el nombre de
Regina. Aunque se dijo entonces que ella había aceptado, no fue así. No iba eso
con ella. No era su manera de ser.
Regina nunca vivió con riquezas. Menos ostentó nada. Se conducía con una
gran modestia. Vestía sencillamente. Nunca escuchó el canto de las sirenas del
poder ni se dejó seducir por él. Ofertas nunca le faltaron. Que yo recuerde,
públicamente nunca se quejó que sufriera acoso oficial, aunque no gustaba a
muchos su periodismo. Acaso nunca se quejó porque sabía los riesgos que
conllevaba ejercer el periodismo de denuncia. Y los asumió con una gran
valentía, en una época incluso en que hacer lo que hizo era retar al poder.
Regina Martínez Pérez ya no está físicamente con nosotros hoy. Pero la
tenemos presente, muy presente. Su ausencia será un hueco difícil de llenar. El
periodismo objetivo, de denuncia, crítico, profesional, ético, honesto, ha
perdido a una de sus mejores exponentes. El periodismo veracruzano, el de la gran
tradición liberal y defensor de la libertad de expresión, está de luto. La
democracia en Veracruz perdió a una de sus grandes impulsoras.
A Regina seguramente le hubiera gustado, como me ha gustado a mí, saber que
no está sola, que no se le ha dejado sola. Aun ausente ya, motivó un acto, un
gesto que debe ser ejemplo para todo aquel directivo de medio que de verdad sea
y profese el periodismo, así a secas. La presencia ayer en Xalapa, desde
temprana hora, del maestro Julio Scherer García, fundador de la revista Proceso y del director de la publicación
Rafael Rodríguez Castañeda, para reunirse con el gobernador Javier Duarte de
Ochoa y demandar el pronto esclarecimiento de su muerte, no solo dimensiona su
estatura, su tamaño, su importancia que había alcanzado a pulso y tenía como
periodista, sino que también muestra cómo debe defenderse la memoria de un buen
trabajador, de un buen reportero, de un buen corresponsal, porque da verdadera
tristeza cuando, en el nivel local, vive uno, sabe, que el reportero, el corresponsal
está totalmente desprotegido, especialmente por su director o por el dueño del
medio, quien en cualquier circunstancia, incluso en la peor, lo deja luego solo
o atiende primero sus intereses y es capaz de ofrecerlo en sacrificio para
mantener sus privilegios.
Regina, querida compañera, siempre te recordaré. Estoy triste por tu
partida. Descansa en paz. Honraste al periodismo. Que eso te quede de
satisfacción, que debe ser la máxima cuando se cumple con su deber. También me
sumo a quienes piden que se esclarezca el crimen de que fuiste víctima y
aprovecho para hacer un llamado de atención a fin de que se proteja mejor a la
sociedad. Tiene que contenerse la violencia, la inseguridad. Ya está casi a las
puertas de la misma sede policiaca estatal y muy cerca de la sede del máximo
poder, el Ejecutivo. La realidad no va con el discurso. Algo se tiene que
hacer.
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