Prosa aprisa
Los veracruzanos esperan la voz de su
líder
Arturo Reyes Isidoro
(Me ha dado gusto leer, de nuevo, ayer, a Marijose Gamboa. Escribió
brevemente. Se le nota reposada, madura, segura. Dios le dé aliento. Lo único
que no se puede encerrar en ninguna cárcel es el pensamiento. Se nota que ha
leído, lo que me da gusto. A mí querido amigo de juventud periodística, Luis
Velázquez le envío mi abrazo y mis mejores deseos de que recupere pronto su
salud y de que esté bien.)
Se me hace propio y oportuno que este lunes 1 de diciembre, al iniciar
su quinto y penúltimo año de gobierno, Javier Duarte de Ochoa debiera hacer un
pronunciamiento fuerte, porque, creo, las circunstancias lo ameritan.
Podría haberse pensado que hiciera un relanzamiento de su gobierno, o
un replanteamiento del Plan Veracruzano de Desarrollo, el eje rector de su
administración, en el que marcara sus propósitos concretos para concluir los
dos últimos años de su administración, el último a plenitud, porque el sexto
políticamente lo tendrá compartido con su sucesor.
La turbulencia social no cesa en el país. El anuncio que hizo el
presidente Peña Nieto el jueves pasado no convenció a nadie. La inconformidad
persiste. Para este mismo lunes se esperan protestas con las que el mexiquense
arrancará su tercer año de administración.
La falta de credibilidad y de confianza en la palabra presidencial es
grave. A lo de Tlatlaya, Ayotzinapa y la “casa blanca”, se suman ahora la caída
en los precios del petróleo y la depreciación del peso frente al dólar. Ni por
dónde se ve que la situación mejore.
Dos casos en especial han minado la fuerza presidencial: la
desaparición de los 43 normalistas de Guerrero y el escándalo por la casa de su
esposa. De lo primero, ciertamente él no los mató, pero su gobierno es corresponsable
de lo que les pasó. De lo segundo, no tiene forma de cómo evadir la
responsabilidad directa.
El jueves el presidente dejó ir la gran oportunidad de bajar la
presión, de calmar un poco la inconformidad social, de tratar de rescatar y
recuperar algo de la credibilidad y de la confianza perdida y de iniciar una
nueva etapa en la vida del país. Su mensaje “Por un México en paz con justicia
y desarrollo” sonó a más de lo mismo. Se esperaba otra cosa.
Hubiera sido inédito y se hacía necesario que hubiera dado un golpe de
timón. Que hubiera aceptado de cara a la nación que no había hecho bien dejar
que fuera su esposa la que tratara de explicar lo de la casa, que ofreciera una
disculpa pública y una explicación él, que se comprometiera a no permitir más
la corrupción a partir de ya y que anunciara, por ejemplo, que este lunes
enviaría una iniciativa de ley para obligar a todos los funcionarios públicos,
a todos sin excepción, de los tres niveles, federales y estatales, así como a
todos los legisladores federales y locales, a todos los integrantes de los
ayuntamientos del país, a jueces y magistrados, a funcionarios de las
procuradurías de justicia federal y de los estados, a todos, a que hicieran
pública su declaración patrimonial; y que pidiera que una exigencia para ser
candidato a algún puesto de elección popular fuera que todos los aspirantes dieran
a conocer su declaración de bienes.
Peña inicia el tercer año de su mandato igual que como terminó el
segundo: en punto muerto. Ya no existe aquel presidente fuerte que llegamos a
creer, y menos sus súper colaboradores: ni Osorio Chong, ni Videgaray, ni
Aurelio Nuño, los más cercanos, a los que incluso se les veía como sus
sucesores a futuro.
La caída en los precios del petróleo (nuevamente se hizo otra estimación
a la baja en el crecimiento económico del país para 2015) y el disparo del
dólar no auguran nada bueno. De paso, el prestigio internacional de este
gobierno está por los suelos.
En Veracruz han concluido los Juegos Centroamericanos y del Caribe. El
8 de septiembre, sobre tanta polémica, crítica y duda que había sobre su
realización, escribí y publiqué: “Pienso
que al final de cuentas se le ha dado a la fase previa mayor atención de la que
merece en detrimento de los asuntos, problemas, carencias y reclamos de la
sociedad de urgente solución, pues la insistente crítica de algunos sectores
hasta pareciera estar siendo alentada desde adentro para desviar el interés de
los problemas de inseguridad, de la falta de recursos económicos, de la
inconformidad por la nueva Ley del Instituto de Pensiones del Estado,
etcétera”.
Insistí: “Creo que mejor hay que esperar. Si las cosas salen bien,
habrá que reconocerlo; en caso contrario, no sólo yo sino creo que toda la
prensa no sólo local-estatal sino nacional e internacional será demoledora con
los responsables, así que para qué tratar de adivinar o estar especulando sobre
algo que se tiene que dar necesaria y obligadamente. Creo que la atención
debiera estar centrada en los problemas que enfrentan los veracruzanos, los que
viven a diario y los que seguirán ahí cuando terminen los Juegos”.
Ya terminaron. En forma general, las cosas salieron bien y se tiene que
reconocer. La próxima semana se celebrará en el puerto la XXIV Cumbre de Jefes
de Estado y de Gobierno, pero Veracruz es sólo la sede. La responsabilidad de
la organización, la celebración y los resultados recae sobre el gobierno
federal a través de la Cancillería. Una vez que pase, volveremos a nuestra
realidad, de lleno.
Apenas habían comenzado los Juegos, cuando el domingo 16 de noviembre,
el vocero del Arzobispado de Xalapa, presbítero José Manuel Suazo Reyes,
publicó: “La celebración de estos Juegos Centroamericanos y del Caribe no nos
debe hacer olvidar los compromisos por la verdad y la justicia. Si todos
ponemos nuestro mejor empeño, también podremos salir victoriosos de las sombras
del mal que acechan a la población y están sembrando dolor, luto y miedo.
También se podrá superar la corrupción que ha desprestigiado a las
instituciones”.
“Tenemos un pueblo que ha sido lastimado, siguen haciendo falta
oportunidades de desarrollo, hay muchos pendientes para lograr una educación de
calidad, no hay espacios de salud suficientes, tenemos mucha pobreza y miseria,
la injusticia ha cometido muchos atropellos, la violencia no se ha controlado;
esta fiesta deportiva no debe hacernos olvidar nuestra realidad”.
Estoy seguro que a los veracruzanos nos gustaría escuchar de nuestra
máxima autoridad, el gobernador, qué y cómo va a hacer para que Veracruz
transite con éxito en medio de esta turbulencia
social que envuelve al país, qué y cuántos cambios o enroques hará en su
gobierno y por qué llegarán quiénes llegarán, que acabe con la especulación,
que distrae y crea incertidumbre en algunos sectores de la sociedad, precisando
si habrá o no iniciativa para una gubernatura de dos años, si se aumentarán los
impuestos, cuánta obra pública se hará, qué debemos esperar para el último
tercio de su administración, cuánto y cuándo se pagará a los acreedores y
prestadores de servicios a los que se les adeuda, en cuánto se reducirá la
deuda pública, en cuánto tiempo se adecuará la legislación local con las
disposiciones legales cuya iniciativa enviará este lunes el presidente al
Congreso para desaparecer las policías municipales y las demás que esbozó el
jueves; todo eso más otros asuntos en los que quisiera remarcar.
Javier Duarte inicia este lunes su penúltimo año de gobierno, en la
práctica política del siglo pasado prácticamente el último, porque en el sexto
ya sólo es para entrega de los pendientes y de la administración, cuando ya hay
candidato para el relevo y luego gobernador electo y toda la atención se pone
ya en el que viene.
Por eso, creo, es necesario, oportuno, un mensaje definitorio, fuerte,
que marque rumbo para el último tramo, la guía que los veracruzanos esperan de
su líder, la voz que dé ánimo, optimismo, certeza, confianza, los elementos
necesarios para saber que todavía se puede creer en algo y esperar algo.