Prosa
aprisa
Caso de la
Procu, ¡para Ripley!
Arturo Reyes Isidoro
Es de risa si no fuera porque se
trata de un asunto verdaderamente serio. Producto de la violencia, el jueves de
la semana pasada Notiver informó que
ya no cabían los cadáveres en el Servicio de Medicina Forense de Boca del Río y
que al menos 65 cuerpos permanecían apilados generando un foco de infección,
sin que la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) determinara qué
haría con los restos. Como consecuencia de la denuncia periodística, la Procu
determinó inhumar ese mismo jueves en el camposanto jarocho 24 cuerpos, bajo la
supervisión de fiscales y peritos. Y qué cree usted. ¡Qué se les peló un
muerto! El reportero Federico García narró que ese día, desde las ocho de la
mañana, los peritos trabajaron en la preparación de los 24 restos mortales, los
cuales, debidamente identificados con “aretes”, fueron transportados al
panteón, y que “todo pudo haber sido un éxito” pero ya a bordo del sepulcro de
pronto descubrieron ¡que les faltaba uno! Si a los de la Procu en el puerto
jarocho se les escapó un muerto en el camino con todo y bolsa en el que iba
envuelto, cuantimás no se les van a escapar los detenidos vivos, lo que explica
en parte por qué no se aclaran los casos pendientes. Que se sepa, no hubo
sanción de ningún tipo contra los responsables –bola de pendejos diría tío Amadeo– y no se sabe si ya pidieron
ayuda a la Interpol para localizar al desaparecido. Estas cosas solo pasan en
Veracruz. Ahora sí, para Ripley, Aunque usted… no lo crea!, ¿o a quién o a
quiénes les “mojó” la mano el muerto para que no lo echaran al hoyo?
La semana pasada tuve que ir a
hacer un trámite a la Oficina de Hacienda del Estado en Xalapa (en febrero fue
cambiada de Ávila Camacho y Clavijero a Santiago Bonilla en la colonia Obrero
Campesina) y quedé sorprendido por el buen nivel de eficiencia con que se
trabaja, además de que el edificio es espacioso, cómodo, bien ventilado e
iluminado, contrario al anterior que parecía la baticueva de Batman. Para empezar
quedé gratamente impresionado por el trato que me dio la señora Martha Catalina
Hernández Salas en el módulo 6, luego porque yo no sabía que ya terminaron con
el engorroso trámite de pedir tantas y cuantas fotocopias de los documento
originales que uno lleva, pues ahora todo se escanea debido a que cada empleado
dispone de una computadora, de una impresora y de un escáner, todo nuevo,
cuando que antes una vieja impresora daba servicio a cinco computadoras y una
fotocopiadora servía para toda la oficina. En pocos minutos estaba yo afuera. No
cabe duda, cuando se trata de recibir dinero (porque uno acude ahí en busca de
un servicio por el que se paga) no se para por nada. De todos modos no queda
más que felicitar al secretario de Finanzas Tomás Ruiz por este logro.
Igualmente, a principios de
semana tuve que ir a renovar mi licencia de conducir a las oficinas de Tránsito
del Estado. Me atendieron bien y al final se me entregó un ticket en el que
quedó asentado cuánto tiempo tardaron en realizar el trámite. Según, hicieron
un minuto y 15 segundos en capturar los datos, 2.05 en digitalizar los
documentos, 5 segundos en una impresión, 1.33 en “biométricos” y 3.49 en
imprimir la licencia. Total, 8 minutos 47 segundos. No está mal. Un pequeño
detalle: debieran acercar una sucursal bancaria para pagar si fuera posible ahí
mismo. Porque lo que se ahorra en tiempo ahí se gasta en ir a buscar dónde se
paga. De todos modos, veo que sí cumplió el secretario de Gobierno, Gerardo
Buganza, de cuya dependencia depende Tránsito, de que se agilizaría ese
servicio público.
Pero también en fechas pasados
tuve oportunidad de conocer al patito feo del cuento oficial. Por diversas razones
fui a dar al Centro de Especialidades Médicas (CEM) que depende de la
Secretaría de Salud del Gobierno del Estado. Tenía necesidad de una consulta y
me atendió de la mejor forma el doctor Pedro González Viveros. Lo que me llamó
la atención es que este profesional tuvo que andar asomándose en varios
consultorios para ver en cuál me atendía y resultó que los pocos que hay
estaban ocupados. Luego, cuando por fin pudimos ingresar a uno, me sorprendió
ver que a la hora de hacerme la receta, la redactó en una vieja, desvencijada
máquina de escribir mecánica, casi de la época de Gutenberg, lo que me hizo pensar
en el descuido y desinterés oficial por un sector clave, fundamental de todo
gobierno como es el que tiene que ver con la salud y lo que me hizo pensar en
todo el dinero que se tiró en las campañas con el que se pudo haber dotado de
computadoras a estos centros hospitalarios (me dicen que el problema es en
general en todo el estado) y hasta hubiera sobrado. No, así no puede haber
prosperidad, pensé, con estos equipos casi chatarra con los que se trabaja en
los hospitales oficiales del estado. Ahí sí, mi comprensión para el doctor
Pablo Anaya Rivera, el secretario de Salud. Sin apoyo no se puede hacer mucho.
Por asociación del tema, aquí sí
no puedo dejar de expresar mi envidia, de la buena, de veras, con Miguel Ángel
Yunes Linares, ex director general del ISSSTE. A raíz del escándalo epistolar
que tuvo con el nuevo subsecretario de Gobierno, Enrique Ampudia Mello, y que
se ventiló los días 19, 20 y 21 de julio pasados en el diario Notiver, Miguel informó que se
encontraba en Nueva York para atenderse de una tendonitis “brutal”. “…ando,
tuve un problema ahí me lastimé las rodillas… ya casi salí pero me recomendaron
venir aquí a una clínica del deporte, es que me excedí, andaba yo preparándome
para correr la maratón… entonces me excedí y me lastimé los tendones…”. Quién,
cuántos como él, privilegiados, pueden darse ese verdadero lujo. Qué bien, qué
bueno por él y por quienes lo pueden hacer. De todos modos, me quedó el prurito
de la curiosidad periodística. ¿Por qué no acudió al ISSSTE, al servicio médico
de la institución del que tanto presumió cuando fue su titular y que afirmaba
que era el mejor del país? En contraste,
la esposa del Presidente, Margarita Zavala de Calderón, sufrió un desgarre de
retina de su ojo derecho y el 13 de junio ingresó al Hospital Central Militar,
un centro médico del país, con médicos mexicanos, donde fue sometida a una
operación. No dudo que pudo haber acudido al mejor hospital del mundo, pero
prefirió confiar en los galenos y en las instituciones mexicanas.