Prosa aprisa
¡Albricias! Desaparecerán los inspectores mordelones
Arturo Reyes Isidoro
Estaba en la
ciudad de Roma. Era 1995, hace 23 años. Me había alejado de la Basílica de San
Pablo Extramuros porque había ido a buscar un lugar desde donde enviar
información a la redacción del semanario Punto
y Aparte en Xalapa.
No había
tantas facilidades de comunicación como ahora. Cumplida mi tarea pregunté si
algún “urbano” (de primer mundo, por supuesto) me llevaba o me acercaba a la
Basílica. Se me orientó y llegué a la parada del autobús. Regresar en taxi era
prohibitivo para mi presupuesto, por lo excesivamente caro.
Tras breve
espera llegó el vehículo y lo abordé. Y ahí me tienen, tercermundista. Al
subirme ofrecí un billete al conductor para que me cobrara el pasaje, como acá,
en el rancho. Se me quedó mirando sorpresivamente y con la cabeza me dijo que
no. Insistí e insistió. Me hizo señas que pasara y pasé.
“Qué
generosos son con los extranjeros”, pensé para mis adentros.
No tardé en
informarme, a bordo del mismo autobús, que el italiano es un pueblo con un gran
nivel ético, altamente educado y honesto, por lo que el conductor dejaba subir
a todos sin cobrarles ni pedirles boleto porque daba por hecho que ya habían
pagado en unas casetas que había especialmente para ello. Y, en efecto, ya
habían pagado. Nadie trataba de viajar de oquis.
En aquel
entonces me pregunté si en México, en Xalapa, eso llegaría a ser posible algún
día. Me dije que seguramente si se implantaba un sistema así y se confiaba en
que quien abordara un urbano ya había pagado antes, todos iban a tratar de
viajar de gañote diciendo que sí, que ya habían pagado.
Fue un
verdadero shock cultural para mí.
Pude valorar el desarrollo alcanzado por sociedades desarrolladas, de primer
mundo, que confían en que sus ciudadanos cumplen con sus obligaciones legales
sin necesidad de que nadie los vigile y sin que nadie sospeche de que no lo han
hecho.
Me dije que
eso explicaba porque estaban como estaban y que nos llevaban años luz en
desarrollo, que tal vez nunca nos emparejaríamos con ellos (en un tranvía de
Milán, ahí mismo en Italia, me pareció ir en una verdadera vitrina rodante y no
dejé de pensar en nuestros “urbanos”).
Me hizo
rememorar lo anterior una nota el martes pasado: el presidente electo Andrés
Manuel López Obrador anunció durante una gira por Durango que desaparecerán los
inspectores de las dependencias federales “porque confiaremos en la gente”;
dijo que los ciudadanos solo tendrán que firmar una carta asegurando que
cumplen con todos los requisitos de ley.
“No
va a haber mordidas arriba ni va a haber mordidas abajo. ¿Saben qué? Vamos a
tomar como decisión, ya se está analizando: ya no va a haber inspectores de
calle. Esos inspectores de vía pública, porque todas las secretarías tienen
inspectores: Economía, la Procuraduría del Consumidor, Salud… todo el que tiene
una tienda, una pequeña empresa, le dicen ‘a ver tus papeles’. Nada. Va a
recoger el moche”, dijo AMLO.
¿Alguien
duda que así es? En nuestro país uno de los negocios públicos más lucrativos ha
sido ser, por ejemplo, inspector de “alcoholes” (aunque ciertamente, ya casi
desplazados por los cobradores de piso de la delincuencia organizada). Hubo
muchos que se hicieron millonarios con una charola de algún ayuntamiento.
Permitían todas las anomalías posibles, incluso que envenenaran a los
parroquianos con aguarrás en lugar de aguardiente a cambio de un jugoso cuanto
atractivo soborno.
Pero
en México me atrevo a asegurar que no hay un inspector, de mercados, de
alcoholes, de rastros, de alimentos, del que usted guste, que no sea corrupto.
Y se creó una cultura. Los comerciantes, empresarios, industriales, desde el
más pequeño hasta el más grande, tomaron como natural “mocharse” a cambio de
que los dejaran trabajar en paz, incluso de que abusaran.
En
medio de ambos han estado, están el resto de los mexicanos, los consumidores
que son los que pagan las consecuencias. Los comerciantes, empresarios e
industriales les pasan el costo a ellos de la extorsión, o sea, al final
nosotros pagamos estos actos de corrupción.
"Ya
no va a ser así, los inspectores se van a encargar de otras actividades, pero
ya no van a andar revisando. Vamos a confiar en el ciudadano”, insistió el
tabasqueño.
Explicó
que se busca que el dueño de una tienda pueda decir de manera sencilla que
expresa y manifiesta, bajo protesta de decir verdad, que conoce el reglamento
de la Secretaría de Salud, el reglamento y las leyes de la Defensa del
Consumidor, el reglamento de las leyes de Economía, entre otros.
"Que
el dueño de la tienda pueda expresar que estoy consciente de que todos debemos
de actuar hablando con la verdad y con rectitud y firmo y ya. Eso es todo. Solamente
se van a inscribir así. Se va a hacer un sorteo y al que le caiga, entonces sí,
va la inspección. Ahí sí, se le aplica la ley, pero no va a haber inspectores
todo el tiempo visitando todos los centros mercantiles, eso se va a terminar”.
No cabe duda
que el hombre tiene lo suyo. ¿Será posible? Lo que pretende parece utópico en
un país donde la corrupción tiene carta de naturalidad y donde preferimos darle
una “mordida” al inspector del ayuntamiento para que nos deje continuar con la
obra aunque se viole el reglamento municipal en lugar de hacer las cosas
conforme a las normas.
Sin embargo,
lo veo como una oportunidad para demostrar qué tan dispuestos estamos a
cambiar, qué tan preparados estamos para aprovechar esta oportunidad para
demostrar y demostrarnos que somos o podemos ser honestos y que somos capaces
de acabar con toda esa lacra de corruptos que conforman los inspectores de
todo, lo mismo federales que estatales y municipales.
López
Obrador, algunos de sus anuncios o medidas tienen bastante de cuestionable, de
criticable, pero también ofrece cosas buenas, positivas aunque a veces basadas
solo en la buena fe de los ciudadanos, como en el caso que comento. En cosas
así, hay que apoyarlo.
La megamarcha de mañana; doña Olga
El lunes comenté que el sábado 20
cerraría con la megamarcha programada por la Iglesia católica en 29 ciudades de
las ocho diócesis del Estado como parte de su campaña a favor de la vida en
toda sus etapas. Esperan la participación de al menos 100 mil personas. Ayer se
precisó que será en 30.
Lo interpreté como el pulso que vamos
a ver entre la Iglesia y el gobierno de Morena (Ejecutivo y Legislativo) en los
próximos seis años por el tema del aborto”.
El domingo, el Arzobispo Hipólito
Reyes Larios fue directo en su homilía dominical: dijo que en los últimos
años en la Ciudad de México se han practicado por lo menos 200 mil abortos y que
se espera que el número crecerá cuando entre en funciones el gobierno de López
Obrador, “porque la mujer que será la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez
Cordero, se pronunció a favor”.
“En la Ciudad
de México llevan más de 200 mil asesinatos, abortos legales; con el nuevo régimen
que va a venir, la nueva Secretaria de Gobernación dijo que quiere hacer lo
mismo en todo el país. En Veracruz, gracias a ustedes que hemos luchado por la
vida humana, se consiguió que el artículo cuarto de la Constitución de nuestro
Estado diga que el gobierno defiende la vida desde la concepción en el vientre
hasta la muerte natural”.
Lo que
manifestó doña Olga Sánchez Cordero fue que a pesar de no estar a favor del aborto, está en contra de
que las mujeres sean llevadas a prisión por ejercer su derecho a decidir sobre
su cuerpo.
El pasado viernes, en una plática en el
Tec de Monterrey uno de los asistentes la cuestionó sobre la sugerencia que dio
sobre despenalizar el aborto en todos los estados del país y que si esto no era
atentar contra la vida.
“Yo aquí tengo
mi pulserita, esta pulserita tiene siete nietos, por supuesto que yo no estoy a
favor del aborto. Lo que no quiero, y mi vida va de por medio, es que a las
mujeres nos priven de la libertad durante 30 años”.
Si no hay
diálogo y entendimiento entonces tendremos un largo conflicto entre dos de las
instituciones más poderosas del país.

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