Prosa aprisa
Hipólito recibe refuerzos de Cuba
Arturo Reyes
Isidoro
Primero
con verdadero interés y una mezcla de curiosidad, luego con sorpresa, a
continuación con horror hasta terminar totalmente deprimido, como pocas veces
algo me ha deprimido, leí el año pasado el libro La tribu. Retratos de Cuba de Carlos Manuel Álvarez Rodríguez, un
joven periodista y escritor o escritor y periodista, lógicamente, cubano.
De alguna
forma él me vino a acabar de despejar la duda que me había quedado cuando un
año atrás había leído el juicio severo, severísimo, de Leonardo Padura, hoy por
hoy el mejor escritor cubano contemporáneo, sobre el régimen de Fidel Castro en
su libro que lo proyectó mundialmente, una obra célebre ya El hombre que amaba a los perros. ¿No se equivocaba Padura?, me
preguntaba yo por la descarnada realidad que nos pintaba una Cuba hasta
entonces para mí totalmente desconocida.
Desde mi
adolescencia –como creo que casi todos los adolescentes y jóvenes de mi época– abracé
la Revolución Cubana y miré, como creo que todos mis contemporáneos, a Fidel
Castro casi como a un dios y me tragué el cuento de que Cuba era ya el paraíso
terrenal con el que todos soñábamos y en el que queríamos vivir.
La vida
me golpeó y me obligó a trabajar desde los trece, catorce años y entonces me
alejé de aquel sentimiento revolucionario que entonces nos invadía a los
jóvenes que ya salíamos a protestar a la calle por el estado de cosas que
prevalecía y que queríamos cambiar, pero desde lejos no dejé de seguir
admirando a Castro, a Cuba y, por supuesto, a los hermanos cubanos.
Cómo
recuerdo que para mí era tener una verdadera joya cuando ocasionalmente caía en
mis manos un ejemplar de aquella famosa revista cubana Bohemia o un ejemplar del periódico Granma en su edición internacional. No había otra verdad que la
suya. Cómo me emocionaba cuando uno de mis padres que tuve, Froylán Flores
Cancela, uno de los grandes periodistas veracruzanos del siglo pasado, captaba
en un poderoso radio Zenith de onda corta que sólo él tenía, la señal de Radio
Habana Libre que transmitía en vivo a todo el mundo los famosos, por largos,
discursos de Fidel, como aquel de 1998 ante la Asamblea Nacional Cubana que
duró más de siete horas.
Y claro
que cuando pude grité aquella famosa consigna “¡Gringos go home!” para expresar
mi rechazo a los gobiernos norteamericanos y mi adhesión a Cuba, a su
revolución… y a Fidel.
Y por
supuesto que cuando tuve la primera oportunidad de viajar a Cuba, en julio de
1988, lo hice formando parte de una delegación veracruzana, una especie de
embajada de buena amistad que por invitación al festejo de un aniversario de la
Revolución Cubana hizo Fidel Castro al gobernador Fernando Gutiérrez Barrios,
su amigo personal quien le había facilitado el viaje de Tuxpan a la isla en la
lancha “Granma” para iniciar la revolución.
Entonces
conocí el legendario Hotel Nacional de Cuba, que en la época de Batista había
sido refugio de las estrellas de Hollywood pero también de los más célebres
mafiosos norteamericanos, y bailé con la orquesta de Enrique Jorrín y tomé
auténticos mojitos cubanos y conoci el Morro, un fuerte que hace recordar el de
San Juan de Ulúa, y conocí los talleres donde se editaba Bohemia, y estuve en el complejo de radio y televisión desde donde
se emitía la señal de Radio Habana Libre, y probé el entonces muy fuerte y casi
único ron cubano que existía, el Matusalem (a los cubanos una botella entonces
les costaba un mes de sueldo), y estuve en Regla, la ciudad equivalente de
Catemaco por su santería y su brujería, y presencié un carnaval habanero y viví
la discriminación que se hacía a los cubanos a quienes se prohibía ir a sus
playas o entrar a sus centros de diversión (entonces supe que con un soborno en
dólares los guardias de Fidel se hacían de la vista gorda), y conocí Matanzas,
la tierra natal de Celia Cruz en donde me pareció estar en Alvarado, y supe que
en carnaval la producción anual de cerveza se agotaba en una noche y…. y tantos
recuerdos.
Lógicamente
fuimos atendidos por el gobierno cubano, el de Fidel, y se nos trató con
privilegios porque éramos embajadores de Gutiérrez Barrios, amén de que el pueblo
cubano de veras quiere a los veracruzanos, tanto que uno se siente como en
Veracruz cuando está allá.
Mi
admiración por Fidel no decreció, menos por el “territorio libre de América”
como era el eslogan entonces de Radio Habana Libre, y me vine enamorado de La
Habana, de Cuba, por lo que había visto, o lo que habían querido que viera,
como lo entendí después, con el paso del tiempo y lo comprobé con el libro de
Carlos Manuel Álvarez Rodríguez.
Pasarían
muchos años para que volviera, nuevamente bien atendido, debo confesarlo,
aunque ahora por un guía mexicano muy pero muy buena onda que vivió en la isla
y que conoce a todo mundo en La Habana mejor que como yo conozco a los vecinos
de mi colonia. Fue un viaje turístico con paso obligado por la mítica Bodeguita
del Medio y por el histórico y legendario bar-restaurante Floridita donde se
sirven los mejores daikirís del mundo, de verdad (por algo era el lugar
preferido de Ernest Hemingway y por el que, tan sólo por eso, vale la pena
regresar a Cuba), por el famoso cabaret Parisién del Hotel Nacional de Cuba,
por el legendario Tropicana y por el Habana Café del Hotel Meliá Cohiba, un
espacio que recuerda La Habana de los años 50 y donde, presumo, tuve el
privilegio de bailar en el escenario con la orquesta Buena Vista Social Club
donde tocaban puras leyendas cubanas y que desapareció en 2015 no sin antes
tocar en la Casa Blanca invitada entonces por el presidente Barak Obama.
Pero así
como disfruté todo eso, también vi, observé cómo pervivían imágenes que pensé
que ya habían desaparecido, todas producto de la escasez que ha padecido el
pueblo cubano y que se acentuó con el fracaso de la revolución.
Sólo
conocía esa Cuba hasta el año pasado cuando me dejó frío La tribu. Retratos de Cuba y supe del calvario de los cubanos que
salían y salen de la isla, de las
generaciones de cubanos que desperdiciaron su vida por culpa del gobierno de
Castro que pretendía “un hombre nuevo”, de la miseria en la que terminan bailarinas
como una del Tropicana que narra y que ahora vive en un vertedero de basura.
Todo esto
se me vino a la mente cuando anoche me sorprendió un mensaje que me llegó por
wasap: “Mira, a ver si te sirve para algo”. El mensaje: “Hola. Oye tengo buen
chisme. Llegó un cónsul cubano a Xalapa para ayudar al gobierno municipal a
implementar buenas prácticas en salud y turismo. Lo digo porque en tus columnas
hablabas de la cubanización de la economía. Y la neta del planeta es que
nosotros estamos jodidos pero los cubanos son los reyes de la jodidés”.
Hipólito
Rodríguez, pues, recibe refuerzos desde la isla de Cuba. Al margen del
comentario de mi fuente, totalmente digna de crédito, esperamos que sea para
bien de Xalapa y que haya éxito.
Remato
esta columna con lo que escribió en la solapa del libro de Álvarez Rodríguez
uno de los grandes periodistas norteamericanos contemporáneos, Jon Lee
Anderson, a quien por sus andanzas y sus reportajes se compara con el mítico y
legendario periodista polaco Ryszard Kapuscinski, ya desaparecido:
“Si uno
quiere a Cuba –o si es cubano, y lo lleva en su sangre– habrá que leer La tribu, porque hay algo de magia en
estas páginas. Pero no es una magia inventada. Acá está la cuba que existe de
verdad. Acá está la cuba que perdura, la querida, la triste, la aborrecida, la
de los versos de boleros y ahora de reggaeton, la que es para siempre, se
quiera o no”.
Entre mis
proyectos personales de este año, si llego a tener recursos económicos, está
viajar a Cuba, a La Habana, a la Cuba que perdura, la que, en efecto, es para
siempre, al restaurante Dos Gardenias, el llamado Rincón del Bolero, o a El
Aljibe a probar su rico pollo con una cerveza Bucanero, o bajo una sombrilla de
cara al Mar Caribe en el Hotel Nacional con unos soneros al lado y un sabroso
ron en la mano, que eso es también Cuba, un paraíso.
Y todo
esto salió por el “chisme” de que Hipólito recibe a un ¿cuarto? bat de Cuba (en
septiembre pasado Leonardo Padura declaró a El
País de España: “Se puede explicar Cuba sin escritores ni pintores, pero no
sin jugadores de béisbol”.).

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