Prosa aprisa
¿Las fuerzas del mal? ¿El “adversario”?
Arturo Reyes Isidoro
Trato de
digerir lo sucedido pero todavía no puedo creerlo, o más bien entenderlo.
El sábado
antes de que se hiciera público, vía las redes sociales me llegó la primera
información: en un domicilio particular de la colonia Benito Juárez de Xalapa
presuntamente habían matado a una mujer, estaba herido un hombre (posiblemente
su esposo) y el hijo de ambos estaba desaparecido.
Pensé en
un asalto y un secuestro. Al herido presumiblemente se lo habían llevado a un
hospital. La información me sobresalto porque se hablaba que el lesionado era
el exfuncionario Luis Rafael Ponce Jiménez, un viejo conocido mío.
Con el
paso de las horas y de los días las versiones fueron cambiando hasta que la Fiscalía
General del Estado informó que en efecto se trataba de Luis Rafael, que la
fallecida era su esposa Ivone “N”, y que presuntamente él y su hijo Luis
Jerónimo la habían victimado a golpes tenía seis días antes porque el cuerpo ya
estaba en estado de descomposición.
Había
sido la familia de ella la que había alertado a la policía y solicitado su
intervención desde el viernes por la noche, presentándose al domicilio pero
padre e hijo habían impedido el ingreso diciendo que todo estaba bien. La
alarma había cundido porque tenía días que ella no aparecía y su familia sabía
que era víctima de violencia familiar.
En
resumen, hasta ahí va el caso. Las declaraciones que den los detenidos y las
investigaciones que se hagan esclarecerán qué sucedió realmente y por qué
además del cómo.
Siempre
tuve la mejor imagen de Ponce Jiménez, un hombre todo propiedad, respetuoso,
muy responsable y profesional en su trabajo que yo supiera; decente hasta donde
cabe el término.
Lo conocí
cuando fue funcionario del gobierno de Patricio Chirinos y todavía en el
gobierno de Javier Duarte ocupaba una responsabilidad en la Secretaría
Particular. Había días en que nos saludábamos en la calle. Se veía apacible.
Por eso de la preocupación de que estuviera herido (de bala, se decía) pase a
la sorpresa mayúscula de saber que presuntamente participó en la muerte de su
propia esposa.
He
pensado en él, en lo que debe estar viviendo, por lo que debe estar pasando,
sin dejar de considerar la desgracia en la que ha quedado sumida la familia de la
víctima.
El caso
me sorprendió releyendo un libro del periodista y escritor francés Emmanuel
Carrère, El adversario, en el que
novela un hecho ocurrido el 9 de enero de 1993 en Francia: un hombre,
Jean-Claude Romand, mata a su mujer y a sus hijos (una niña y un niño), así
como a sus padres.
Carrère,
como lo hizo Truman Capote en A sangre
fría, aunque con sus diferencias de estilo y de técnica, como las explica
en otro libro, Conviene tener un lugar a
donde ir, recurre a su experiencia como periodista investigador y a su
talento narrativo para tratar de indagar qué mueve a un hombre, qué
motivaciones tiene para realizar crímenes atroces.
El
escritor reflexiona que los padres, en especial su madre con toda certeza,
supieron que morían a manos de su hijo, de tal manera que en el mismo instante
habían visto su propia muerte y la destrucción de todo lo que había dado
sentido, alegría y dignidad a su vida.
“El cura
aseguraba que ahora veían a Dios. Para los creyentes, el instante de la muerte
es aquel en que ven a Dios no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a
cara”.
Agrega
que incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al
otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de
su vida, por fin inteligible.
“Y esa
visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand (los padres) la
pelnitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal.
Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de
su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el
adversario”.
La
relectura de este texto pone a pensar, a reflexionar. Carrère, quien es
católico, no deja de considerar el ángulo religioso. ¿Es el “adversario” quien
adopta la figura y actúa? Cuando pienso en Luis Rafael y no me explico cómo fue
capaz de hacer lo que presuntamente hizo, trato de rescatar su figura y
atribuir todo a una fuerza del mal, llámese como se llame, que mueve a actuar.
La
primera lectura del libro no me dejó indiferente, me movió. Por eso he vuelto a
ella (lo publicó Anagrama).
Para su
trabajo, el periodista y escritor le envió una carta a prisión para que
aceptara platicar con él: “Quisiera, en la medida de lo posible, tratar de
comprender lo que ha ocurrido”, le dice en una parte. En otra: “Lo que usted ha
hecho no es, a mi entender, la obra de un criminal ordinario, ni tampoco la de
un loco, sino la de un hombre empujado hasta el fondo por fuerzas que le
superan”. Concluye: “Sea cual sea su reacción a esta carta, le deseo, señor,
mucho valor y le ruego que crea en mi muy profunda compasión”.
¿Qué
fuerzas empujaron a Luis Rafael y a su hijo, si es que ellos resultan
culpables?. Como Carrère, a Luis Rafael le deseo también mucho valor y le ruego
que crea en mi muy profunda compasión.

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