Prosa aprisa
La comida
con Calderón, de reproches
Arturo Reyes Isidoro
Lo que ocurrió durante la inauguración de la autopista Perote-Banderilla el
jueves pasado fue un síntoma de lo que le esperaba al presidente Felipe
Calderón horas después en el Hotel Crowne Plaza Xalapa. Ese día pareció que no
hubo decisión o preocupación por parte del panismo en la entidad de acuerpar a
su Presidente por lo que, si no hubiera sido porque el Gobierno del Estado
movilizó oportunamente a sus empleados y algunos presidentes municipales por
donde pasa la nueva pista hicieron lo mismo, la ceremonia se hubiera realizado
casi en solitario.
Así, cuando los organizadores del acto y la avanzada del Estado Mayor
Presidencial advirtieron que los lugares destinados para el personal federal
estaban vacíos, viendo que ya habían llegado y estaba ahí trabajadores de la
administración estatal, decidieron que éstos ocupara los lugares. Fue hasta
después que se hizo presente la burocracia federal, pero aquello ya estaba
resuelto. Y llegó entonces Calderón. Pero, oh cosas de la política, mientras
que los trabajadores de las dependencias federales acaso si le dieron un tibio
aplauso, quienes se desbordaron fueron los estatales con gritos de
“¡Feeeliiipe, Feeeliiipe, Feeeliiipe!”.
Llevaban consigna. Esa era la instrucción que habían recibido. Que
arroparan, que acuerparan, que cobijaran al Presidente. Calderón, que llegó
serio y que a su arribo había saludado al gobernador Javier Duarte de Ochoa y a
otros funcionarios que lo esperaban en forma muy seca, ya en el micrófono
sonrió y entonces se le vio relajado, como si no acabara de perder la elección
presidencial, como si haber ocurrido ello le quitara una carga de encima.
Mueve a pensar que por iniciativa propia de la administración estatal se
dio la instrucción de cubrirlo o bien porque por parte del equipo de Enrique
Peña Nieto hay línea en todo el país para hacerlo y con ello pagarle su
apresurada decisión de reconocer, aun antes de que la autoridad electoral lo
hiciera, el triunfo del mexiquense. Tienen razón quienes en el país y en el
extranjero critican que Calderón se haya precipitado y haya avalado un triunfo
que todavía no era declarado legalmente como tal por parte del órgano legal
facultado para hacerlo, el IFE.
Acaso, el 1 de julio por la noche, el Presidente debió salir a dar un
mensaje para reconocer la participación y la madurez de los mexicanos, para
destacar el desarrollo en paz de la jornada comicial y para adelantar que su
administración reconocería a quien fuera declarado oficialmente como su
sucesor. Pero no. Él lo dio por hecho y casi casi le dijo a Peña Nieto en
cadena nacional que si quería que en ese momento le entregaba el poder, con
mucho gusto, faltaba más.
¿Qué pasó? ¿Por qué lo hizo así? Se me antojan dos posibles causas. Una,
que de esa forma influiría y precipitaría la avalancha de reconocimientos hacia
el copetudo, lo que ocurrió no solo en el país sino en el extranjero, y con
ello desarmaría cualquier pretensión de Andrés Manuel López Obrador de llegar a
la Presidencia, porque sabe, sabía muy bien que, para ellos sí, para los miembros
de su gobierno, el Peje sería un peligro pues llegaría a descubrir todos sus
negocios y a actuar en consecuencia. Esto parece confirmarlo el hecho de que
finalmente el PAN hasta la fecha se niegue a impugnar el resultado. Le conviene
que llegue el PRI y nadie más. Pero la otra, que, seguramente, viendo que la
candidata de su partido, no su candidata, Josefina Vázquez Mota, no ganaría,
negoció con los tricolores, ofreció hacer el reconocimiento del triunfo de
inmediato para evitar mayores complicaciones y a cambio pidió y logró impunidad para él, lo que se
habrá de comprobar cuando llegado el priismo al poder no actúe ni descubra
ninguna anomalía ni presente alguna denuncia en su contra. Quizá por eso el
apapacho tricolor que ahora recibe. Le hizo un gran favor a la causa priista y
le están agradecidos y lo están pagando.
Pero no así los panistas locales, sus correligionarios. Quién sabe si a
estas alturas los diputados locales del PAN no se han arrepentido de no haber
asistido a la comida que les invitó en el Crowne, pues en cambio los que sí lo
hicieron convirtieron aquello en una verdadera cena de negros, o en una comida
de negros, si se quiere, pues no lo trataron con el respeto que se merece un
Presidente de la República sino como a uno más de su partido, al presidente
nacional del PAN, que en los hechos así ha sido, y lo llenaron de reclamos y de
reproches y lo culparon directamente por la derrota en las elecciones del 1 de
julio así como por su falta de apoyo a Josefina y a los verdaderos panistas del
país.
En el convite acaso había una veintena de personas, entre ellos miembros
del Comité Directivo Estatal e integrantes de las fórmulas ganadoras, o sea muy
pocos, y, por supuesto, uno de los reclamos fue por su apoyo desmedido a Miguel
Ángel Yunes Linares y a su hijo Fernando Yunes Márquez, ahora nuevo senador
electo. En realidad, ellos reflejaron muy bien el reclamo de los diputados
locales albiazules que no asistieron quienes reclaman a Calderón que los dejó
solos.
Y mientras adentro aquello fue un verdadero baño de sangre… política,
afuera los diputados locales acusaban que Calderón “viene seis meses tarde”,
que los dejó huérfanos en las campañas, que no apoyó a Josefina y que tenían “algo
más importante que hacer” y que por eso no iban a su comida.
Estos legisladores de la derecha tal vez ni ellos mismos han reparado en
que con su actitud hicieron historia porque, que se sepa, nunca antes, ningún
otro Presidente de México, priista o panista, había recibido tal desaire de sus
propios compañeros diputados locales o federales, los que, también, nunca
antes habían rechazado una invitación
presidencial y mandado al diablo al titular del Ejecutivo federal. Eso, mínimo,
en tiempos pasados, aunque no muy pasados, les hubiera acarreado represalias,
mínimo prisión con cualquier pretexto aunque antes despojo de todo poder. Pero
no. Hicieron a un lado su investidura y lo trataron de tú a tú, sin respeto y
lo pusieron como lazo de cochino en una reunión, eso sí, a puerta totalmente
cerrada.
Esto mismo no es más que el preludio de la feroz batalla por los despojos
que han quedado luego de la terrible debacle que los mandó al tercer lugar en
preferencia electoral en el país, aunque en el estado, ciertamente, ganaron la
elección. El panismo histórico, los que se consideran panistas puros, se han
reagrupado ya para mantener el control de la dirigencia estatal al precio que
sea. Por lo pronto, van contra los Yunes Linares-Márquez, sobre todo ahora que
ya algunos como el todavía delegado de la Sedesol, el coatepecano Abel Cuevas
Melo, anda presumiendo que con la bendición de los Yunes (los del PAN, no los
del PRI) será el próximo candidato panista a alcalde.
Este grupo de panistas defiende que la alta votación que alcanzó Josefina
Vázquez Mota en el estado en mucho la lograron ellos, que es pura fama que lo
lograron los Yunes y citan como ejemplo que incluso perdieron en Tantoyuca, que
reclamaban como un bastión suyo. Pero esto, apenas comienza. En otra entrega me
ocuparé de ello.
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