Prosa aprisa
¿Los Ángeles de Xalapa?
Arturo Reyes Isidoro
Hacía yo el trámite para pagar
anualmente mi consumo de agua. Me dijeron que un requisito era que el medidor
de litros debía estar de cara a la calle (estaba casi de cara a la calle, al
alcance de quien quisiera verlo, pero adentro de la propiedad). Me enviaron un
inspector para que me dijera cómo debía quedar. El buen hombre tuvo un detalle:
me aconsejó que por ningún motivo pusiera tubería de cobre, como se
acostumbraba antes, porque se la robaban. Me dijo qué material usar.
Hasta entonces no sabía que esa
era una nueva modalidad de robo, robo hormiga, lógicamente, pero robo al fin y
al cabo. Un robo ante el cual los ciudadanos estamos indefensos y –me puse a
pensar– en el que la policía no va a reparar pues cómo va a perder su tiempo en
cosa menor. Un robo ante el que no podemos hacer nada pues mientras dormimos,
unos tipos ya especializados en el quehacer llegan sigilosamente y en dos por
tres nos dejan hasta sin servicio. ¿Y la policía? Bien, gracias a Dios.
Hace algún tiempo, el diario Reforma llevó a primera plana una nota
singular. Un elefante de circo había atacado a una persona y se hizo el
escándalo. Las autoridades del Distrito Federal requirieron al dueño tanto del
circo como del animal, retuvieron al mamífero y pidieron al dueño que
justificara su propiedad. La sorpresa fue cuando la investigación puso al
descubierto que el proboscidio, el mayor de los animales terrestres, ¡había
pasado de contrabando por la aduana de la frontera norte!, es decir, que pese a
su volumen ¡los aduaneros no lo vieron!
Lo que Reforma halló de periodístico y quiso exhibirlo fue cómo era tanta
la corrupción que los aduaneros se hicieron de la vista gorda y a cambio de una
mochada, con la respectiva comisión para el jefe, no vieron pasar de contrabando a un elefante, pese a su
tamaño, y si no veían eso menos iban a ver cosas más pequeñas pero de más
valor. País singularmente nuestro, pues.
Pero las sorpresas en este México
nuestro, tan sufrido, tanto que incluso para llegar al Mundial de Brasil
nuestra Selección tendrá que ir al repechaje mientras la hinchada se muerde y
se come las uñas, no terminan.
Contrario a sus artículos, a sus
reflexiones, a sus denuncias, a sus comunicados de prensa hasta de dos cuartillas o un poco más, ayer
el vocero de la Arquidiócesis de Xalapa, el presbítero José Juan Sánchez
Jácome, se limitó a cinco párrafos para hacer una denuncia pública singular:
¡se están robando, incluso a plena luz del día, las campanas de las capillas de
la zona centro, incluida Xalapa!
Pa’ su ma. Si de eso no se da
cuenta –o no se quiere dar cuenta– la policía, entonces qué nos puede esperar
ya.
Luego de hacer alusión al clima
de inseguridad y violencia que ha prevalecido en el estado, el padre Sánchez
Jácome escribió: “… ahora se suma el alarmante aumento de robos que es una
expresión más de este ambiente de inseguridad. Hoy nos vemos en la necesidad de
hacer un llamado a las autoridades para fortalecer los sistemas de vigilancia
ante los robos de campanas que ya se generalizaron en muchas capillas ubicadas
en la zona centro del estado de Veracruz, incluida la capital del Estado”.
El presbítero dijo que: “Sacerdotes,
fieles y encargados de capillas han venido reportando con indignación e
impotencia el robo de campanas, que ha sucedido no sólo por las noches sino
incluso a plena luz del día. También se han presentado incidentes de robos en
las inmediaciones de las Iglesias, mientras los fieles participan de las
diversas celebraciones litúrgicas”.
Ta’cabrón. Perdónenme lectores,
pero como dice Catón, estoy encaboronado. Una porque los ladrones ya no tienen
respeto ni por los lugares sagrados y si no tienen respeto por los lugares de
culto entonces por quién lo han de tener. Y la otra porque, cómo es posible que
la policía, que las policías (de Seguridad Pública estatal, de la Federal de
Seguridad, de la Marina y del Ejército, que luego se les ve rondando por las
calles en camionetas) no se percaten de este tipo de robos.
Hasta ahora que ha hecho esta
denuncia el vocero de la Arquidiócesis, yo sólo sabía, y había visto y había
participado en los festejos por su devolución, del robo de campanas pero de los
Clubes de Leones. Resulta que ahí, en las habituales sesiones que en realidad
son habituales festejos, en un descuido alguien se “roba” la pequeña campana
con que el presidente del Club llama la atención. Siempre se devuelve y ello
tiene que pagarse con otro festejo.
Robarse unos cuantos centímetros,
unos cuantos metros de tubería de cobre es cosa fácil, discreta y silenciosa.
Se puede hacer en el silencio de la noche y con una pequeña lámpara. Dejar
pasar de contrabando un elefante, pese a su volumen, se puede argumentar que es
que no hizo ruido. Pero, ¿robarse una campana y a plena luz del día?
Por muy pequeña que sea, la de
una capilla es de regular a buen tamaño, siempre está colgada y bien sujetada
para que no se caiga, su peso es de media tonelada, una tonelada o más, se
requieren varios hombres para cargarla, para bajarla es necesario una o más
escaleras, cables o incluso una grúa, al moverla y al golpear el badajo (la
pieza metálica en forma de pera) con la campana, forzosa y necesariamente se
hace ruido, una maniobra para descolgarla y bajarla lleva horas, si es de noche
el robo se requiere de reflectores o potentes lámparas, todo eso y más.
Ahora sí, como para Ripley, en
este Veracruz próspero hasta las campanas de las iglesias se las roban y a
plena luz del día, ¡aunque usted, no lo crea!
Aunque, pensándolo bien, en una
de esas podría no tratarse de robos ni de cosas de ladrones, ni de falta de
vigilancia de la policía, ni de ninguna ola de inseguridad y violencia en el
estado. ¿Y si todo fuera una broma, una buena broma aunque pesada, de los
ángeles? Sí, así como lee, no se ría, de los ángeles?
Cuando uno visita la majestuosa
Catedral de Puebla, de estilo herreriano, Patrimonio de la Humanidad, escucha
la leyenda de que un buen día los constructores tuvieron terminada la obra,
pero de pronto se hallaron con el problema de cómo subir hasta lo alto de las
torres (más de 70 metros de altura) las pesadas campanas. Así que una noche las
dejaron en el atrio y cuando regresaron al día siguiente, ¡ya estaban colocadas
donde actualmente lucen! La acción se la atribuyen a unos bienhechores ángeles,
pues en el siglo XVII no había las grúas de hoy, de ahí que a Puebla también se
le conozca como Puebla de los Ángeles.
¿Y qué tal si esos ángeles andan
de traviesos y decidieron venirse ahora para Xalapa, en una moderna versión de los
Ángeles de Xalapa, y en lugar de subir bajan campanas y las esconden? Porque es
muy difícil, casi imposible dudar de la eficacia de nuestros cuerpos de
seguridad, ¿o no?
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