Prosa aprisa
Una
rectora que saber “leer y escribir”
Arturo Reyes Isidoro
Es la primera mujer rectora de la
Universidad Veracruzana y, qué duda cabe, Sara Ladrón de Guevara es una rectora
académica académica. Es muy temprano para calificar su mandato de cuatro años
cuando apenas este sábado va a cumplir dos meses en el cargo, pero hasta ahora,
se ve prometedor.
Conforme corren los días, se aclaran o se
confirman detalles de las circunstancias en que llegó a la rectoría, y la
comunidad universitaria debe sentirse honrada y dignamente representada porque la
antropóloga, arqueóloga y maestra en Historia del Arte es fruto de una decisión
de total y absoluta autonomía de la Junta de Gobierno.
Esto es, sustrayéndose a cualquier tipo
de presión, que los hubo y mucho y muy fuertes, para elegir primero candidato y
luego a rector a otros de los aspirantes, la Junta optó por quien consideró que
tenía más méritos, todos los méritos para conducir a la UV, y no permitió
ninguna injerencia externa, lo que la honra.
En este sentido, se habría hecho historia
desde la elección misma no sólo porque se escogió a una mujer sino porque acaso
es la primera vez en la historia de la máxima casa de estudios que se hizo
valer plenamente la autonomía. Cuando no era autónoma, el gobernador en turno
designó al rector, cuando lo fue a partir de noviembre de 1996 siguió
influyendo el poder oficial político. Hasta ahora.
El cambio se ve, se siente. La nueva
rectora no acabó con el equipo de basquetbol Halcones, sino que lo convirtió en
un semillero formador de jóvenes deportistas universitarios, como debió haber
sido siempre. Acabó, sí, con el equipo profesional que sangraba las finanzas de
la Universidad en detrimento del patrimonio universitario, de una comunidad que
padece graves carencias materiales y de equipamiento, y ya ni se diga de
recursos.
Ha tenido el tino de nombrar
colaboradores comprometidos con los verdaderos intereses de la casa de
estudios, que han estado vinculados con la realidad diaria, cotidiana, lo mismo
en el aula que en el cubículo, que no se encierran en ninguna torre, que tienen
contacto directo y personal con funcionarios, catedráticos y estudiantes, en
pocas palabras, acabó con la imagen de que la Rectoría era un botín para los
amigos, cómplices y allegados.
En días pasados me dio gusto platicar con
el director general del Área de Humanidades, José Luis Martínez Suárez, quien con
gran entusiasmo me contó cómo se echó a recorrer y a visitar todos los campus,
a platicar con maestros y alumnos, en largas reuniones de trabajo porque la
comunidad tiene mucho qué decir y poco o nada se le había escuchado en sus
mismos centros de estudio o de trabajo.
Me dijo cómo conoció en forma directa,
por ejemplo, el espacio en que trabajan los catedráticos en la Facultad de
Derecho, al lado de los cuales los
cubículos del edificio de Humanidades en Xalapa son cosa de envidia y –eso lo
deduzco yo – aquella famosa “oficinita” del Senado “de dos por dos” era una
verdadera mansión.
Al principio de este nuevo rectorado, al
menos el discurso también ha cambiado. En el pasado inmediato el discurso era
el mismo, trillado, tejido siempre alrededor de un concepto con enfoque
sociológico convertido en un cliché: el de la “distribución social del
conocimiento”.
El viernes de la semana pasada, en apenas
menos de dos cuartillas y media (usando letras del tipo Time News Roman, de 12
puntos), Sara dio unos pincelazos de su cultura, de sus lecturas, de autores y
de ideas de las que ha abrevado.
En la sesión ordinaria del Consejo
Regional Sur-Sureste de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones
de Educación Superior (ANUIES), que se reunió en Xalapa, la rectora se apoyó en
Nietzsche, Henri-Irenée Marrou, Jordi LLovet y Diderot para invitar a tomas
decisiones sobre la educación considerando el pasado.
Ante 24 rectores y representantes de
Instituciones de Educación Superior (IES), no dejó de considerar la base
fundamental de todo intento de acuerdo: la palabra, el diálogo.
Por eso recordó que en una de sus cinco
conferencias Sobre el futuro de nuestras
instituciones educativas, Nietzsche afirma: “Toda la así llamada educación
clásica sólo tiene un punto de
partida sano y natural: el hábito artísticamente serio y riguroso en el uso de
la lengua materna”.
Apuntó que más de cien años después, en
su Historia de la educación en la
Antigüedad, Henri-Irenée Marrou señala:
“El verbo es siempre el instrumento privilegiado de toda cultura, de toda
civilización, porque constituye el medio más seguro de contacto y de
intercambio entre los hombres: rompe el círculo encantado de la soledad, donde
el especialista tiende inevitablemente a recluirse empujado por sus
conocimientos”.
A los invitados les expresó por eso celebraba
que se reunieran para dialogar, discutir y tomar decisiones sobre el futuro de
la educación superior en la zona, teniendo presente la difícil situación
económica, política y social por la que atraviesa el país.
En especial planteó que el diálogo no
sólo se entablara con el presente sino también con el pasado, porque, dijo, la
educación… tiene esencia… que se mantiene inalterable más allá de o a pesar de
épocas y grupos sociales.
Recordó que ya en 1773, en su Plan d’une Université pour le gouvernement
de Russie, Diderot apuntaba: “Cuanto atañe a la educación pública, nada
tiene de variable, nada que dependa esencialmente de las circunstancias. El fin
de la educación será siempre el mismo, en cualquier siglo: formar hombres virtuosos e
ilustrados”, y que en ese sentido, precisaba: “En cuanto que hombre, es preciso que [el estudiante] sepa qué debe a
los hombres; en cuanto que ciudadano, es preciso que aprenda lo que debe a la
sociedad”.
Destacó las tres variables que han
permanecido inalterables a lo largo de la historia de la educación: la
institución educativa, el estudiante y la sociedad.
No que necesariamente el discurso
conceptuoso la vaya a hacer mejor o peor rectora. Pero es indicativo de que al
menos sabe “leer y escribir”, que no va a tirar rollos con sentido político o
para quedar bien con los políticos, que tiene basamento para conducir con
conocimiento nuestra casa de estudios y que a partir de ahí podrá exigir a sus
colaboradores una gestión de calidad, todo lo cual redundará en beneficio de la
comunidad universitaria.
Sara recién estuvo en Francia en reunión
con sus homólogos de otros países, de otras culturas, y, que se sepa, nos
representó con toda dignidad (estudió además en La Sorbona, y habla, lee,
traduce y escribe en francés e inglés en forma fluida, y lee y traduce italiano
y portugués). Al menos no nos hace pasar vergüenzas (recuerdo que el gobernador
Agustín Acosta Lagunes, sarcástico como era, decía que tenía un director –entonces– de
Seguridad Pública al que no podía enviar a Francia a capacitarse si cuando lo
enviaba a la Ciudad de México se perdía).
En fin, nuevos aires soplan en la UV.
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