Prosa aprisa
Lecciones de historia
Arturo Reyes Isidoro
La historia (tomo la
referencia de la obra El conficto. El
enfrentamiento Cárdenas-Calles, compilado por Chantal López y Omar Cortés,
segunda edición cibernética de enero de 2003).
El 9 de abril de 1936,
el presidente Lázaro Cárdenas, luego de “mucho” reflexionar para tomar su
decisión y de “disciplinar” su “condición sentimental” con respecto al general
y expresidente Plutarco Elías Calles, decidió expulsarlo del país.
Todo había comenzado
el 11 de junio de 1935 cuando Calles hizo unas declaraciones ante un grupo de
parlamentarios afines a él encabezados por el senador Ezequiel Padilla, quien
por “recomendación” de Calles las llevó a la prensa.
El expresidente,
tratando de justificarse, aludía a una amistad de 21 años con su sucesor. Decía
que no había nada ni nadie que pudiera separarlos y que su amistad tenía raíces
“demasiado fuertes” como para que hubiera quien pudiera quebrantarlas.
Cárdenas iniciaba su
gobierno revolucionario, que beneficiaba a la clase obrera, que no le gustaba a
Calles, su inmediato antecesor, quien descalificaba la nueva política del
gobierno, aunque decía defender a Cárdenas y de hecho hablaba por él, pero el
presidente lo acusó de intervenir en la política del país.
Ese mismo 11 de junio
a las once de la noche el director de El
Nacional, Froylán Manjarrez, periódico del gobierno entonces, le fue a
informar a Cárdenas que el general Matías Ramos, presidente del Comité
Ejecutivo del Partido Nacional Revolucionario (PNR), abuelo del PRI, le había
enviado, para su publicación, las declaraciones de Calles.
Cárdenas llamó
entonces a Ramos y le reprochó que no le hubiera informado de esas
declaraciones, que sí publicaron Excelsior
y El Universal. De inmediato le
pidió su renuncia a la dirigencia del partido, pues era obvio que obedecía y
estaba a las órdenes de Calles y no de él.
Dos días después, el 13
de junio, Cárdenas dio respuesta a las declaraciones de Calles. Concluía:
“Deseo expresar, finalmente, que en el puesto para el que fui electo por mis
conciudadanos, sabré estar a la altura de mi responsabilidad y que si he
cometido errores, éstos pueden ser el resultado de distintas causas, pero nunca
el producto de la perversidad o de la mala fe”.
No paró ahí. Al día
siguiente, el 14 de junio, reunió a su gabinete en el Palacio Nacional y les
pidió a todos su renuncia por su liga con Calles.
Calles no entendió y no
paró. El 18 de diciembre de 1935 hizo declaraciones a la prensa norteamericana
criticando al gobierno mexicano. Entonces el 22 de diciembre tuvo lugar un
desfile obrero en apoyo a Cárdenas y pidiendo la expulsión de Calles.
La respuesta de Cárdenas:
“No debe expatriarse al General Calles y menos en el actual momento, ya que el
propio General Calles y su grupo no son problema para el gobierno, ni para las
organizaciones de trabajadores; deben permanecer dentro del territorio nacional
para que aquí mismo sientan el peso de su responsabilidad histórica.
El distanciamiento
definitivo con el General Calles me ha deprimido; pero su actitud inconsecuente
frente a mi responsabilidad me obliga a cumplir con mis deberes de
representante de la Nación.
Durante el tiempo que
milité a sus órdenes me empeñé siempre por seguir sus orientaciones
revolucionarias; cumplí con entusiasmo el servicio, ya en campaña o actuando en
puestos civiles. De su parte recibí con frecuencia expresiones de estímulo”.
En el país se dieron
atentados y siguió la agitación política en nombre de Calles, por lo que el 7
de abril de 1936 Cárdenas pidió al general Mújica, amigo de los dos, que dijera
al expresidente que tenían que salir del país tres generales y un civil amigos
suyos, pues se había comprobado que conspiraban.
Calles contestó
agriamente y respondió que se oponía a la salida de las cuatro personas, o que
él saldría con ellas. El 8 de abril Mújica regresó con la misma instrucción, y
Calles le preguntó los nombres de los tres generales y del civil, pero el
mensajero le respondió que no los sabía.
Al día siguiente, 9 de
abril, Cárdenas dispuso la salida del país de Calles y de sus subordinados Luis
N. Morones, Luis León y Melchor Ortega. El 10 de abril, a las ocho de la
mañana, los embarcaron en un avión con rumbo a Los Ángeles, California.
Esta lección histórica
nos deja claro que o era Cárdenas, el presidente, o era Calles, el expresidente.
Cárdenas supo muy bien, y lo aplicó hasta sus últimas consecuencias, que el
poder no se comparte y que la responsabilidad histórica era toda suya, que
tenía que asumirla y que debía obrar en consecuencia.
Si Cárdenas no se hubiera
sacudido a tiempo la sombra de Calles, no hubiera sido la figura que pasó a la
historia no sólo de México sino universal, pues expropió la industria petrolera
que estaba en manos de las más poderosas compañías extranjeras de la época, lo que
lo convirtió, además, en un icono en la lucha contra el imperialismo
norteamericano y en una figura revolucionaria venerada por los países del
continente que buscaban y buscan su liberación.
A Cárdenas le deprimió su
distanciamiento con Calles, según dejó testimonio escrito, pero “disciplinó” su
“condición sentimental”, esto es, hizo a un lado los sentimientos y lo puso en
su lugar sin ningún miramiento. Para él estaba primero el país y los mexicanos,
en especial los trabajadores, su responsabilidad como Jefe de la Nación. Nos
dejó una gran lección, en especial a los políticos les dejó una gran lección de
cómo se debe actuar en el poder cuando se está en y se tiene el poder, cuando
se tiene sentido de responsabilidad y amor a una causa: la del pueblo.
Se preguntarán mis
lectores a qué todo este antecedente histórico. A que es posible que estemos en
la víspera de acontecimientos que van a impactar en la vida del estado una vez
pasadas las elecciones del 7 de junio, que de hecho, no de derecho, darían en
forma anticipada por terminado el actual gobierno del estado.
Si ello llega a ocurrir,
el joven gobernador Javier Duarte de Ochoa habrá de vivir, también
anticipadamente, las consecuencias de la pérdida de poder, entre ellas la de la
ingratitud de quienes hoy se dicen sus aliados, incluso la de varios o muchos
de sus actuales colaboradores, y ya ni se diga las de sus críticos y de sus
enemigos.
Duarte, a mi juicio,
pagará tarde o temprano las consecuencias de no haber podido, o no haber
querido nunca, sacudirse la sombra de su creador y mentor político, el
exgobernador Fidel Herrera Beltrán, de quien heredó una enorme y pesada deuda
económica que terminó por ahogarlo, y quien, además, nunca se fue del poder,
tanto que todavía impuso candidata a diputada federal en el actual proceso electoral
y sigue haciendo política a la vista de muchos testigos que dan cuenta de ello,
además con la presencia activa de su hijo mayor, sin ningún recato y sin que
nadie le ponga un alto, hasta que no llegue alguien que le ponga un alto. A mi
juicio ahí radica el origen, en mucho, de un gobierno no exitoso precisamente y
a punto de, en los hechos, concluir anticipadamente.
Duarte debió haber
asumido el poder a plenitud, con todas sus consecuencias, aunque le hubiera
deprimido, como a Cárdenas, su distanciamiento con Fidel, y hubiera
disciplinado, como Cárdenas, su “condición sentimental” y no hubiera permitido
que el cuenqueño se inmiscuyera más en la vida pública y política del estado. Hubiera
corregido todo lo que su antecesor dejó mal, afectara los intereses que
afectara. No haberlo hecho le ha causado un daño irreversible.
Ningún otro exgobernador
vivo, ni Patricio Chirinos Calero, ni Dante Alfonso Delgado Rannauro, ni Miguel
Alemán Velasco intentaron ser la sombra de su sucesor y menos influir y
participar en la vida del estado una vez que entregaron el poder; tampoco
permitieron como gobernadores que sus respectivos antecesores quisieran
hacerles sombra.

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