Prosa aprisa
El gobierno de Morena, el gran ausente
Arturo Reyes Isidoro
Pretextos para ir al puerto
jarocho siempre los hay y si no uno los inventa.
Pero uno especial, muy
especial, para festejar los 500 años de un gran acontecimiento histórico se da
solo una vez.
Más que un pretexto esta vez
se trata de una ocasión (el Diccionario de
la Real Academia Española dice que ocasión es la oportunidad que se ofrece para
ejecutar o conseguir algo; una causa o motivo por que se hace o acaece algo).
El 22 de abril próximo,
dentro de un mes, se cumplirán 5 siglos de
que se fundó el puerto. Es una gran oportunidad si no para una
celebración si para una conmemoración.
Confieso que soy de los que
se preparó para ir a celebrar la conmemoración, el gran acontecimiento, en
medio del esplendor de la pompa y circunstancia que, supuse, revestiría el
festejo porque lo encabezarían el presidente de México y el Rey de España.
Es más, me hice a la idea de
que prácticamente todo el año habría eventos de relevancia, lo mismo artísticos
que académicos, en general culturales, que me llevarían a ese rinconcito donde
hacen su nido las olas del mar.
Y cuando menos lo esperaba,
casi en la antevíspera, que sale el presidente Andrés Manuel López Obrador a
aguar al festejo, que yo, y seguramente miles de veracruzanos, esperábamos.
A su exigencia de que el
monarca español se disculpe por los abusos de la Conquista hace 500 años sumó
luego el anuncio de que no participará en ningún festejo hasta que no se
resuelva su petición. Y si él no lo hace, nadie más de su gobierno y del
gobierno del Estado lo hará.
“Desde luego, todos los mexicanos somos libre,
pero yo represento al Estado Mexicano y no puedo participar en festejos en
estas fechas en tanto no aclaremos lo fundamental y se llegue a un acuerdo de
reconciliación”, manifestó en su conferencia mañanera del martes.
El gobierno español le respondió “con toda
firmeza” que no habrá disculpa, luego entonces no participará en ningún acto
alusivo a la fecha.
Creo que una cosa es la Conquista, sus atropellos
y también sus aportaciones a lo que hoy es nuestra nación, y otra el
acontecimiento histórico de la fundación del puerto.
Dadas las cosas como están, todo ha quedado
limitado a un festejo doméstico: el que organice el ayuntamiento local, pero sin
la presencia presidencial, menos real, e incluso la del gobernador.
Debimos oler algo de lo que iba a pasar desde
que ni la secretaria de Gobernación ni el secretario de Relaciones Exteriores
viajaron con tiempo al puerto para empezar a organizar la visita del Rey y de
los jefes políticos del continente, que se supone que serían invitados y que
vendrían.
Más allá del aspecto oficial que rodea el caso,
me pregunto las repercusiones que en lo político tendrá en el puerto para
Morena la decisión presidencial, porque el jarocho se guisa aparte y para nada
me extrañará que sienta un agravio que se le deje solo ante un acontecimiento
de gran envergadura que merece toda la atención oficial.
El jarocho, digo, se guisa aparte, que, como
bien cantó Agustín Lara, sabe sufrir y cantar, esto es, que en última instancia
no necesita que un gobernante lo apoye para hacer su festejo al que seguramente
le pondrá alma, corazón y vida, como dice la letra de otra ocasión, esta del
trío Los Panchos.
Prueba de lo anterior es que en forma lamentable
el Carnaval se politizó, un festejo que es del pueblo, parte de la cultura
popular del veracruzano, el gobierno del Estado no apoyó económicamente y sin
embargo fue un exitazo si se mide por la masiva concurrencia que atiborró los
desfiles de los carros alegóricos.
Cualquier acto conmemorativo y/o festejo que
organice el ayuntamiento, independientemente de que tenga un alcalde panista,
seguramente tendrá la participación del pueblo, que no ve en una fiesta
colores, siglas, que siente y vive la música, que canta, que participa lo mismo
en una mesa de debates que en una conferencia, en la presentación de un libro
que en un desfile, etc., y que seguramente no va a dejar pasar fecha tan
significativa ligada a la historia misma del puerto y de la ciudad, de su ayuntamiento.
Puede que el pueblo jarocho no le dé importancia
a la falta de apoyo o a la ausencia de las máximas autoridades en un
acontecimiento cuyo simbolismo, su importancia, solo tendrá una relevancia similar
dentro de otros 500 años, cuando se cumplan 1,000, pero puede también que no lo
perdone.
La decisión oficial tiene otras repercusiones:
baja las expectativas de los potenciales visitantes que seguramente ya no
vendrán y menos los representantes de misiones oficiales que hubieran llegado
por obligación si se hubiera formalizado un acto del gobierno mexicano.
Afectará, pues, la economía local y regional,
porque de otro modo hubieran estado llenos los hoteles, los restaurantes, los
cafés, los negocios de artesanías; hubieran salido beneficiados todos los
prestadores de servicios turísticos, con la gran ganancia que se hubiera
obtenido con la promoción gratuita que hubiera recibido el puerto.
En mi caso, decía, me hacía asistiendo a la
presentación de libros sobre el tema, escuchando a los cronistas en mesas de
trabajo o en conferencias, visitando exposiciones fotográficas especializadas,
asistiendo a espectáculos musicales preparados para la ocasión, degustando la
gastronomía veracruzana, bailando danzón en el Zócalo, salsa en los antros,
echándome unos rones en los portales (soy de los que va a los portales, un
lugar de tradición ciento por ciento) para mitigar el calor y el ajetreo que
provoca el ambiente porteño, disfrutando la hospitalidad de los anfitriones,
buenos amigos, buenos compañeros.
Porque todo eso es posible en Veracruz, que de
todos modos, estoy seguro, festejará aunque hubiera estado mejor si el gobierno
hubiera decidido participar al margen de si venía el Rey, el Papa o Juan de las
Pitas, sumarse al pueblo que aceptó al pueblo español, que se fusionó con él, que
asimiló su baile (si alguna vez ha estado en Sevilla y ha visto a sus
bailadoras no extrañará a las jarochas) y que le dio una gran acogida, en apoyo
al presidente Lázaro Cárdenas, el 7 de junio de 1937, a los niños expulsados
por la Guerra Civil española, que nosotros bautizamos como los Niños de Morelia
y que contribuyeron a enriquecer, con el paso de los años, la vida de México.
Me quedo vestido y alborotado en cuanto al gran
festejo oficial que esperaba, pero lo compensaré yendo a convivir, como
siempre, con los amigos que ahí tengo, que no son pocos.
El gobierno de Morena pasará a la historia como
el gran ausente. Los descendientes de quienes ahora gobiernan acaso algún día
no pedirán sino que ofrecerán disculpas, sin que se las pidan, por lo que
hicieron sus mayores, sus (para entonces) antepasados.

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