Prosa aprisa
Subejercicio,
pero, ahora sí, aquí no pasa nada
Arturo Reyes Isidoro
No, no sé qué
pensar de los funcionarios que por ahora
comparecen –y de los que faltan– ante los diputados locales con motivo del
Primer Informe de Gobierno, quienes sin ningún rubor aceptan y comentan, como
si nada, su irregular actuación al frente de las dependencias a su cargo.
Cito los casos de
los secretarios de Infraestructura y Obras Públicas, Elio Hernández Gutiérrez,
y de Desarrollo Social, Guillermo Fernández Sánchez, por los montos que
manejan, quienes no tuvieron ningún empacho en aceptar que –aunque nunca
citaron el término– han caído en el subejercicio de recursos, esto es, que
teniéndolos no los han ocupado para lo que se les entregó.
En sus
comparecencias, el primero de ellos aceptó que tienen un subejercicio de 31 por
ciento, de un presupuesto de 2,165 millones de pesos, mientras que el segundo
confirmó que de un presupuesto de 589 millones faltan todavía por ejercer 189
millones 241 mil pesos, o sea, también han caído en el subejercicio.
Sin duda exhiben
falta de planeación o mala planeación, lo que podría atribuirse a su
inexperiencia, a negligencia por no decir que a irresponsabilidad de su parte,
aunque resulta sorprendente que la Contraloría General del Estado no haya
vigilado su desempeño y el oportuno ejercicio de los recursos (su titular ha
salido a justificar en cambio el nepotismo alegando que no es un delito).
Por ningún motivo
se justifica que a menos de cuarenta días para que termine el año y el ejercicio
fiscal no hayan ejercido la totalidad de sus presupuestos y que apenas estén en
la contratación –que no licitación– de las obras, que conforme a los
lineamientos legales debieran estarse concluyendo ya para ser entregadas a
partir de la próxima semana.
Y ante las prisas
que les han agarrado, dado que ya no tienen tiempo para licitar, han optado por
la asignación directa de los contratos, lo que no deja de ser una tentación
para favorecer empresas constructoras de familiares, amigos, socios o cómplices,
o a otros a cambio de moches.
Comparecieron y no
fueron capaces de precisar para cuándo se tendrán las obras, aunque una fecha
extraordinaria límite les marca el mes de marzo del próximo año, pero es
impensable que no van a realizar en noventa días lo que no pudieron hacer en
todo un año.
En sus respectivas
comparecencias, ambos debieron haber estado comentando ya los presupuestos que
ejercerán en 2020 y las obras programadas, pero todavía ni siquiera empiezan a
ejercer parte del ejercicio de 2019, a punto de concluir.
Todo el dinero que
han tenido guardado (se supone) lo debieron haber empleado con oportunidad,
desde inicios de año, con lo que hubieran reactivado las economías regionales
del Estado además de que hubieran propiciado la creación de empleos.
Pero, además, ese
dinero no lo han tenido bajo el colchón de sus camas, se supone que lo tienen
en bancos y, por lo tanto, están generando intereses. Como comúnmente se dice,
entonces han estado jineteando, sudando el dinero que es todos los veracruzanos,
y la pregunta obligada es a dónde ha ido a parar el monto de esos intereses.
Dentro de treinta y
cuatro días, a partir del primer minuto del 1 de enero próximo, se deberán
estar ejerciendo ya los presupuestos de 2020, por lo que lo que no se haya utilizado
del actual tendrá que ser devuelto, incluso porque al día último de marzo
próximo no se hayan concluido las obras.
Yo me resisto a
creer la versión de que el subejercicio es a propósito, para que precisamente
no se ejerza todo el dinero y se devuelva al gobierno federal para que lo
destinen al Tren Maya, no lo creo pero tampoco lo descarto.
Pero me temo que,
¡ay!, pudiera estarnos ocurriendo lo mismo que con los miles de muertos por la
violencia e inseguridad, que hemos terminado por acostumbrarnos a ambos
fenómenos al grado que lo vemos con toda normalidad y ya nada nos inquieta ni
nos conmueve porque nos invade la indiferencia.
Resulta que –se
supone– se planeó un presupuesto, se obtuvo el recurso, se tiene pero no se ha
ejercido en su totalidad –y el que se ejerció no se acaba de concretar en obras
públicas–, el Estado sufre de muchas carencias y necesidades, pero se tiene el
dinero “calentando” y se ha caído en un subejercicio que muchos no dudan en
considerar como un acto de corrupción.
Y resulta que hay
una autoridad fiscalizadora que se ha hecho de la vista gorda, que no ha
exhibido el cumplimiento de los plazos y las metas y que ni siquiera ha
intentado una sanción administrativa así sea con el pétalo de una rosa.
Algo como sociedad
nos está pasando cuando ya nada nos sorprende y no reaccionamos para exigir
explicaciones, el cumplimiento cabal del ejercicio de recursos públicos, de
nuestro dinero que pagamos en impuestos, y que se sancione a los responsables.
A confesión de
parte relevo de pruebas. Pero, como decía Javier Duarte, ahora sí, aquí no pasa
nada. Qué duda cabe, tenemos el gobierno que merecemos.

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