Prosa
aprisa
La
inseguridad; los discursos
Arturo
Reyes Isidoro
Equilibrado, juicioso como son
siempre los suyos pero realista, el domingo el presbítero José Juan Sánchez
Jácome emitió un mensaje en el que aludió a la situación de inseguridad que se
vive en el estado.
A nombre de la Diócesis de Xalapa
–lógicamente católica– apuntó: “En muchos casos la percepción de los ciudadanos
respecto al clima de violencia difiere mucho de los pronunciamientos oficiales
y no simplemente por la psicosis que se puede crear o por los falsos rumores de
gente irresponsable, sino por los casos de inseguridad que enfrentan todos los
días”.
En forma propositiva –crítica
pero creativa–, según mi parecer, agregó: “La sociedad tiene que convencerse
que se está actuando con determinación y no sólo para proteger la imagen.
Reconocer oficialmente los hechos delictivos no debilita al gobernante, sino
que lo muestra como un líder sensible y comprometido”.
Pero, decía al principio, el
religioso hace un juicio equilibrado. Así, no deja de reconocer que se ve con
gran esperanza la manera como se está volviendo a tratar en México el tema de
la inseguridad. Refirió que distintas organizaciones sociales, los medios de
comunicación y las mismas autoridades están favoreciendo un nuevo acercamiento
y análisis del tema de la inseguridad y la violencia para seguir revisando las
estrategias que se han emprendido y no soslayar los casos preocupantes que se
siguen presentando en las comunidades.
Sánchez Jácome habla de un
“despertar de la conciencia” en el tema, que a su juicio parece que está
poniendo las condiciones pare replantear las estrategias que se han seguido en
orden para encarar desde otros frentes la lucha contra la inseguridad y la
violencia.
Dijo el qué pero también el cómo.
Fue a una de las causas del estado de descomposición que vivimos: la pobreza,
cuya lucha en contra, puntualizó, no se debe posponer, aunque puntilloso agregó
que esa lucha no se puede enfrentar con “paliativos o dádivas que terminan por
rendir culto a los actores políticos”. Claro que no.
El sacerdote se atrevió a decir lo
que muchos, miles, millones quisieran decir pero no lo hacen por temor, por
pánico al escenario público, porque no saben cómo, porque no tienen un medio o
una caja de resonancia como la tiene la Iglesia católica, pero que en el fondo
comparten en toda su amplitud: el sentimiento de que “El imperativo para un
gobernante tiene que ser la protección de la sociedad, más que la protección de
la propia imagen”.
Impecable su reflexión. Apegada a
la realidad. Producto, sin duda, de lo que escuchan todos los días en el
confesionario o en las oficinas parroquiales donde a diario llegan los fieles a
pedir que en misa se ruegue a Dios por el familiar secuestrado o desaparecido,
porque se acabe la extorsión de que están siendo objeto, porque cese el robo de
campanas o alcancías en los propios templos… en fin, producto de un discurso
muy distinto al oficial y a la percepción que tiene la autoridad.
Lo dicho, dicho está. Eso sucedió
el domingo. Pero pareciera que el descarnado mensaje del presbítero no gustó y
ayer enviaron, cilindraron a un palero profesional, el señor Guillermo Trujillo
Álvarez, dizque presidente de la Red Evangélica del Estado de Veracruz, a
buscar desmentir a Sánchez Jácome y a pintar un paraíso en materia de seguridad
llamado Veracruz.
Según un boletín de prensa que él
mismo emitió, durante una conferencia a la que expresamente convocó en conocido
café del puerto de Veracruz, se llenó la boca asegurando “que la seguridad de los veracruzanos está garantizada”.
Resulta condenable que se envíe a
un charlatán profesional a abordar un tema tan delicado, a responder sin que
nadie le haya preguntado nada, incluso a que hable de un tema muy serio como el
de las autodefensas asegurando que no existen y que “ya basta hablar mal de la
entidad”.
Este señor en nada ayuda tratando
de ocultar lo que sucede en la realidad y está faltando a uno de los Diez
Mandamientos, el octavo, que dice que no mentirás. Siquiera por obra caritativa
de su ministerio, si es que en verdad es pastor y no un vividor profesional de
la dádiva, debiera acercarse y socorrer espiritualmente a tantas y tantas
víctimas que hoy viven en la angustia o con dolor a consecuencia de hechos de
violencia e inseguridad de los que Veracruz no está exento.
A propósito del tema, viajé el
fin de semana a Coatzacoalcos. Sinceramente, pese a todo lo que diga el
discurso oficial, lo hice no sin temor por la información que me llega por mi
trabajo periodístico. Lo pensé mucho y finalmente me decidí a hacerlo en ADO en
una corrida casi de media noche ante la protesta de uno de mis hijos.
No conciliaba el sueño y como
viajaba en asiento de las tres primeras filas escuché la plática del conductor
con un compañero suyo. A llegar casi al entronque de la carretera hacia Santa
Fe, le explicó que prefería seguirse de largo hacia el puerto de Veracruz,
atravesar la ciudad, perder media hora, pero no arriesgarse en ese tramo que
considera altamente peligroso.
Le comentó a manera de consejo
que no era recomendable atravesar el tramo de Santa Fe ni el que sigue en línea
recta hacia la autopista a Córdoba, en especial entre las 12 de la noche y las
4 de la madrugada; que han asaltado muchos autobuses y a sus pasajeros y que
incluso han matado a compañeros suyos.
Es un testimonio de alguien que,
sin duda, conoce las carreteras de Veracruz y que sabe lo que verdaderamente
está pasando. Pensé que mi temor era justificado, más cuando de regreso a
Xalapa, alrededor de las dos de la mañana de ayer lunes, poco antes de llegar
al puente de Cosamaloapan trataron de parar el autobús tirándole un objeto
pesado, que pegó fuerte en el camión, algo que por fortuna pasó rosando el
parabrisas y sólo le causó una grieta y un pequeño orificio. El conductor
controló la unidad, aceleró y escapamos. Trató de calmarnos no dándole
importancia al incidente.
El sucedido me acabó de explicar
por qué no obstante haberse tratado de un fin de semana largo o minipuente,
contrario a otros tiempos cuando los estudiantes llenaban el autobús, ahora
tanto de ida como de regreso casi iban semivacíos. No cabe duda. La gente ya no
está viajando de noche por las carreteras, al menor las del sur. Los invade el
temor, fundado, además porque en Coatzacoalcos no es ninguna novedad cómo han
asaltado, e incluso con saldo de víctimas, autobuses en especial pasando la
caseta de Sayula, sobre la autopista hacia Tinajas. Me tocó vivirlo.
Por lo que escuché de otros
pasajeros, la zozobra, el temor, se vive cada vez que se viaja de noche. En
realidad hacerlo ahora es jugarse la vida. Comprobé, además, lo que aquí
publiqué: el control de seguridad en las terminales de ADO está totalmente
relajado. No hay revisión estricta, si siquiera una buen revisión, de nada, así
que cualquier pueda pasar con un arma escondida.
Lo que se vive cuando no se va en
camioneta blindada ni rodeado de guaruras refleja que entre los veracruzanos de
abajo el discurso oficial sobre asuntos de seguridad no permea, que no se cree
lo que se dice, que la realidad que se vive es cruda y que la población se siente
desprotegida. Sánchez Jácome no está mal.
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