Prosa aprisa
Ni
un quinto para La Candelaria, el carnaval y Tajín
Arturo Reyes Isidoro
En
un artículo que publicó en el diario El
País el pasado 31 de diciembre, el escritor Juan Villoro sostiene que los
quince años de Rubí revelan que México ha cambiado poco desde mediados del
siglo XX.
“Veinte
mil desconocidos fueron a La Joya a bailar la quebradita y entrarle al mole. El
ágape confirmó que nada es más contagioso ni más arriesgado que el desmadre.
Hubo carreras de caballos y una persona perdió la vida al ser arrollada”.
Para él, resultó emblemático que el muerto de la fiesta se apellidara
como el presidente. “Félix Peña murió entre la felicidad general, en un país
sin rumbo, donde el carnaval no siempre se distingue del apocalipsis”.
(En mis inicios como reportero en Xalapa, mi mentor
periodístico, Froylán Flores Cancela, comentaba siempre que, por ejemplo, el
carnaval de Brasil no estaba bueno si no había muertos.)
El encabezado del artículo así se titula: “Carnaval y
apocalipsis”. Afirma Villoro que la desmesurada vida mexicana alterna el
carnaval con el apocalipsis y en ocasiones los combina.
“Como los mexicanos somos ociosos crónicos, el convite en una
apartada ranchería se convirtió en urgencia nacional. El año más violento en la
gestión de Peña Nieto coincidía con la algarabía de su pueblo. Carnaval en el
apocalipsis”.
Recuerda que
en 1948 el filósofo Jorge Portilla comenzó a publicar los
ensayos que se reunirían de manera póstuma en 1966 bajo el título de La
fenomenología del relajo,
reflexiones que fueron decisivas para la interpretación que Octavio Paz hace de
la fiesta mexicana en El laberinto de la soledad.
De acuerdo con Portilla –agrega en su texto– el mexicano sublima
sus quebrantos a través del jolgorio donde se celebra a sí mismo. “Una vez juntos,
al calor del tequila y los mariachis, olvidamos el motivo cívico o religioso
que nos congregó y damos rienda suelta al frenesí. Esta dinámica permite que
los ‘colados’ sean protagonistas de una actividad en la que se participa sin
otras credenciales que la sed y el entusiasmo”.
Pero, ¡ay!, caigo con mi comentario en esa combinación de
carnaval y apocalipsis, que no refleja más que la realidad del México a la que
se refiere Villoro.
Ayer inicié el año comentando la tragedia de los nuevos
desempleados en Veracruz (habría que sumar los del sur del Estado que fueron
despedidos por Pemex desde hace seis meses) y ahora vuelvo el interés hacia las
tres festividades más emblemáticas de Veracruz: la de La Candelaria, de
Tlacotalpan, el carnaval del puerto jarocho y el festival Cumbre Tajín de
Papantla.
En conferencia de prensa, el nuevo Secretario de Turismo,
Leopoldo Domínguez Armengual, confirmó que este año el Gobierno del Estado no
destinará un solo quinto para esas fiestas dada la grave crisis económica que le
heredó la pasada administración.
La medida es congruente con la crítica realidad que viven
Veracruz y los veracruzanos. Ahora sí, cabe bien aquello de que no se debe
gastar en lo superfluo cuando falta para lo necesario.
Reprobable sería que el gobierno de Miguel Ángel Yunes Linares
gastara en fiestas cuando miles de veracruzanos están en el desempleo o a punto
de caer en él, y quienes han conservado su trabajo se han quedado sólo con su
sueldo base porque les han quitado la compensación, que era donde más ganaban.
¿Realmente hacen falta recursos públicos en cantidades
millonarias para el éxito de las festividades? Yo opino que no. Las fiestas las
hace el pueblo, él les da vida. Antes de que todo se comercializara, ya eran
famosos La Candelaria y el carnaval y todos íbamos y participábamos y nos
divertíamos sólo con los grupos artísticos locales y sus expresiones
culturales.
En Cuba, desde los años 60 del siglo pasado, el famoso carnaval
habanero se celebró, hasta la fecha, con la mayor austeridad dada las
condiciones económicas de la isla (¡chin, Duarte “y su banda” nos dejaron económicamente
como en la Cuba de Fidel Castro, o peor!).
Pero quien haya estado en uno de ellos sabrá que los cubanos ¡y
las cubanas, chico! nunca han necesitado del derroche de recursos como se
acostumbró en los últimos tiempos en Veracruz para divertirse y para contagiar
a los isleños y a los visitantes y que el sonar de sus tambores y la vistosidad
de sus farolas rebasan cualquier monto económico. Ellos son el carnaval no las
empresas cerveceras ni las casas comerciales como en el puerto jarocho.
En Tlacotalpan, sólo basta el cajón de madera para el zapateado
que los trovadores decimistas y los jaraneros y arpistas le ponen el resto y
todos asisten y se congregan con sus propios recursos porque todos llevan la
música y la alegría por dentro, lo que no tiene precio.
Esas festividades, lamentablemente, se apartaron de sus raíces,
de sus orígenes, y terminaron por comercializarse en muchos casos, como en el
sexenio pasado, para provecho personal de los organizadores (Duarte hasta se
compró una lancha italiana de 10 millones de pesos para presumirla en La
Candelaria de 2011 y familiares de su esposa manejaron grupos artísticos sin
que hayan transparentado el uso de recursos).
Además, las tres festividades hasta sirvieron de pretexto para
la fuga de recursos públicos cuyo destino aún se desconoce (¿esa es una de las
noticias que tiene guardadas Yunes Linares y que pueden cimbrar a México?),
como aquellas dos famosas maletas con 25 millones de pesos que fueron
decomisadas en el aeropuerto de Toluca a dos empleados del gobierno de Veracruz
la noche del 27 de enero de 2012, y que según el entonces Secretario de
Finanzas, Tomás Ruiz González, 2 millones eran para pagar servicios para la
fiesta de La Candelaria, 15 para el carnaval y 8 para Cumbre Tajín.
¡Se acabó, pues!
En el caso del puerto de Veracruz, la falta de recursos
oficiales para nada ha desanimado a Luis Antonio Pérez Fraga, el famoso y
bullanguero “Pollo” Pérez Fraga, presidente del Comité de Carnaval, quien le ha
puesto imaginación al asunto, ha organizado un buen festejo y hasta tiene
buenas noticias que está a punto de anunciar, que beneficiarán en su economía a
los habitantes del puerto y a los visitantes.
Carnaval y apocalipsis. Ahora sí, como bien cantaba Agustín
Lara, Veracruz es un rinconcito de patria que sabe sufrir y cantar. Desempleo y
fiesta. Unos sufren y otros cantan.

No hay comentarios:
Publicar un comentario