Prosa aprisa
La fortaleza de Morena, ¿un tigre de papel?
Arturo Reyes Isidoro
No
hay escuela para gobernadores, fue una frase que se usó con regularidad en la
segunda mitad del siglo pasado en Veracruz.
Se
citaba para significar que cada gobernador iba aprendiendo según las
circunstancias que se le presentaban y que, por lo tanto, no había recetas que
les sirvieran a todos.
Se
usaba también cuando el gobernante en turno no sabía cómo o no podía resolver
los problemas, que cuando finalmente lo lograba había pagado ya un gran costo
por su impericia o su inexperiencia política.
En
el caso de Veracruz, esto puede aplicar muy bien ahora para el presidente de la
Junta de Coordinación Política (Jucopo) del Congreso local, Juan Javier Gómez
Cazarín.
El
caso del juicio político al fiscal Jorge Winckler lo exhibió por completo tal
cual es, lo desnudó a la vista de todos; mostró sus limitaciones.
Creo
que el consenso es general afuera, pero también entre algunos de adentro: su
nivel es para que presida una junta… pero de vecinos de Hueyapan de Ocampo.
Sus
relevantes cargos en el Congreso local, porque también coordina (es un decir)
la bancada de Morena, le han venido grandes.
Aprender
a hacer política en la política, esto es, en la práctica, lleva tiempo y no hay
escuelas para ello, pero alguien interesado puede buscar dónde puede haber
ejemplos que le den una idea cómo, que le abrevie el camino y que no le cueste
tanto.
Me
refiero a la política de las Grandes Ligas (para usar el lenguaje
beisbolístico, deporte favorito de López Obrador), no a la política de un
campeonato que se juega en un campo llanero.
Los
gobernantes difícilmente aceptan que se equivocaron en el nombramiento de sus colaboradores
o de quienes serían sus aliados desde instituciones no dependientes en forma
directa del Ejecutivo.
Eso
me hace suponer que no estaría en la mente del gobernador o del presidente, o
de quien lo haya recomendado o lo haya impuesto, remover al señor Gómez
Cazarín.
Mostraron vulnerabilidad
Ahora
es el caso Winckler pero viene el asunto de los nuevos magistrados y el del
Presupuesto de Egresos para este año, que está pendiente, pero ya se vio que no
puede.
Independientemente
de que muevan o no a Winckler de su cargo, todavía veo más grave para ellos que
por la inexperiencia de Gómez Cazarín, o por su desinterés, o por su exceso de
confianza, o por su soberbia, Morena haya mostrado debilidad, que es
vulnerable.
El
pasado 1 de julio de 2018 todos, absolutamente todos, nos quedamos con la idea
de que Morena en el gobierno era imbatible porque tiene la Presidencia, la
gubernatura (en el caso de Veracruz), el Senado, las Cámaras de Diputados
(federal y local) y la mayoría de las alcaldías.
Todos
dábamos por hecho que en adelante arrasarían con todo lo que se les pusiera
enfrente, pero bastaron menos de setenta días para comprobar que en Veracruz es
solo un tigre de papel.
Un
grupito de apenas 20 diputados derrumbó lo que parecía que se llegaría a
convertir en un mito: el de que Morena era invencible.
Los
reveses que ha sufrido ese partido en el Congreso local debieran poner a pensar
a sus dirigentes que eso alentará a la oposición, ya que no solo se dieron
cuenta sino que comprobaron que no saben hacer política, que llegaron al poder
por la inercia del fenómeno llamado López Obrador y que en los próximos
comicios podrán arrebatarles muchas posiciones, aunque no el poder.
En
política nunca se deben mostrar los puntos débiles, los lados flacos. En el
Congreso, para regocijo de sus adversarios, bajaron pronto la guardia.
Grave,
muy grave para los morenos, que las oposiciones (de varios partidos) ya les
hayan tomado la medida; que les hayan pisado la sombra.
Pero
seguramente contra viento y marea sostendrán a Gómez Cazarín en su cargo.
¿Aparte
de él no hay otros operadores políticos en su bancada capaces de sacar al buey
de la barranca y dejar bien parada a la administración cuitlahuista?
En
el nivel federal, el presidente López Obrador llevó a la presidencia de la
Cámara de Diputados a un verdadero dinosaurio de origen priista, Porfirio Muñoz
Ledo, que conoce todo el intríngulis de la mecánica legislativa, todos los
recovecos del palacio de San Lázaro para ir a negociar con propios y
adversarios políticos, que no enemigos personales.
Con
ello se quitó un problema, y el manejo legislativo dejó de ser una preocupación
para él; así, ahora puede dedicarse a gobernar a sus anchas, que ya tiene quien
le cuide bien la parcela legislativa.
Acá
pusieron a un bisoño, cuya incompetencia es manifiesta.
Por lo menos que vea House of Cards
Decía
líneas anteriores que no hay escuelas para aprender por lo cambiante de las
circunstancias, pero sí creo que hay formas de darse idea de cómo hacerlo.
Si
no hay intención de remover a Gómez Cazarín, ¿no tendrá al menos un familiar,
un amigo, alguien que se conduela de su triste situación y le regale la famosa
serie de televisión House of Cards para
que vea cómo actúa un político profesional?
Es
precisamente en el primer capítulo de la primera temporada donde se ve al
congresista Francis “Frank” Underwood buscar en un tablero electrónico que
contiene las fichas de todos los congresistas, para ver a quién puede convencer
y que le sirva mejor para utilizarlo a fin de armar un plan para tomar venganza
porque no le dieron un puesto de Secretario de Estado que le habían prometido.
Un
tablero con la ficha de todos. Eso precisamente tenía el extinto presidente que
fue de la Jucopo, Juan Nicolás Callejas Arroyo. Dinosaurio como Muñoz Ledo, en
los casos difíciles que le tocó resolver primero tachaba a quienes tenía por
seguro que darían su voto a favor, luego marcaba a los que se oponían, a los indecisos y a los que no daban luz. Y
empezaba su trabajo.
Callejas
construía los apoyos. Pedía que investigaran hasta el último rincón la vida y
milagros de cada uno, si era posible desde su niñez, sus nexos familiares o
extrafamiliares si los tenían, sus negocios, etcétera, etcétera, y guardaba
todas las fichas.
Humilde
iba hablando con uno por uno de los que no tenía asegurados. Los invitaba a desayunar,
a comer o a cenar en algún restaurante o si era preciso los iba a buscar hasta
sus casas para explicarles las bondades de tal o cual iniciativa, les pedía su
apoyo y si era necesario les ofrecía alguna concesión. Casi siempre logró su
objetivo sin necesidad de tener que utilizar sus fichas guardadas.
El
jueves de la semana pasada, en la primera votación para sacar adelante el
juicio político contra Winckler, seguramente sobrado de confianza, por ejemplo
Gómez Cazarín pidió su apoyo a los diputados priistas ¡minutos antes de que
entraran a la sesión donde se decidiría la suerte de Winckler! Lo mandaron al
carajo.
Hoy
el presidente no solo logró unir a toda la oposición en su contra sino que le
dio aire a la bancada del PAN, el odiado enemigo de Morena, que ya estaba en la
lona. ¿Necesita Cuitláhuac más enemigos de los que ya tiene adentro?

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