Prosa aprisa
Marxismo
trasnochado, en Xalapa
Arturo Reyes Isidoro
El pasado 17 de febrero, con el encabezado: “Cuba: agonía
de una revolución”, el periodista y escritor chileno Patricio Fernández publicó
un artículo en el diario El País en
el que analiza la situación actual en la isla y que resume el subtítulo del
texto: “En la isla hubo un intento, una esperanza y una pretensión que no deben
olvidarse. Pero el sueño que encarnó la llegada de Fidel Castro al poder hace
60 años agoniza sin remedio”.
El autor del libro Cuba.
Viaje al fin de la revolución narra una anécdota: meses atrás fue al pub (bar) Mio & Tuyo en la
zona de Miramar donde “los únicos negros que hay adentro son los guardias de
seguridad: tipos grandes y macizos como los que custodian las discotecas
neoyorquinas o parisienses” y cuando quiso llegar al área donde se encontraban
las mujeres más admirables, “uno de esos porteros me detuvo poniéndome su brazo
en mi hombro: ‘De aquí para allá es vip’, me dijo. ‘Para pasar debes comprar
una botella de whisky Chivas Regal o ser socio del club’, agregó. Y yo pensé:
terminó la revolución”.
Su testimonio es que de la fe en la revolución “quedan,
cuando mucho, discursos vacíos, promesas y consignas que de tanto repetirse,
sin nunca realizarse, han perdido su sentido” y que: “Para quienes… creyeron
que otro mundo era posible y que la fraternidad podía imponerse al egoísmo,
constatar que sus deseos abonaron la intolerancia, el abuso y la pobreza duele
y quita el habla. Ha de ser por eso que hoy la izquierda honesta está muda”.
“El proceso de degradación no
es nuevo, pero ahora se encuentra en una etapa terminal. Nadie habla de
socialismo… A estas alturas es un régimen
político en el que nadie cree. Lo mató el orgullo, el autoritarismo, la
burocracia. El iluminismo, la arrogancia, el control. Quiso ser el mundo nuevo
y devino un mundo viejo. Desde hace tiempo su objetivo no es la justicia, sino
la supervivencia”.
La visión de Patricio Fernández complementa
la del periodista cubano Carlos Manuel Álvarez Rodríguez, de quien me ocupé en
una columna el 18 de enero de 2018 que titulé: “Hipólito recibe refuerzos de
Cuba”. Cito los dos primeros párrafos de entonces:
“Primero con verdadero interés y una mezcla de
curiosidad, luego con sorpresa, a continuación con horror hasta terminar
totalmente deprimido, como pocas veces algo me ha deprimido, leí el año pasado
el libro La tribu. Retratos de Cuba de Carlos Manuel Álvarez Rodríguez,
un joven periodista y escritor o escritor y periodista, lógicamente, cubano.
De alguna forma él me vino a acabar de despejar la duda
que me había quedado cuando un año atrás había leído el juicio severo,
severísimo, de Leonardo Padura, hoy por hoy el mejor escritor cubano
contemporáneo, sobre el régimen de Fidel Castro en su libro que lo proyectó
mundialmente, una obra célebre ya El hombre que amaba a los perros. ¿No
se equivocaba Padura?, me preguntaba yo por la descarnada realidad que nos pintaba
una Cuba hasta entonces para mí totalmente desconocida”.
Comenté que La tribu. Retratos de Cuba me había dejado frío pues supe
del calvario de los cubanos que salían y salen de la isla, de las generaciones
de cubanos que desperdiciaron su vida por culpa del gobierno de Castro que
pretendía “un hombre nuevo”, de la miseria en la que terminan bailarinas como
una del Tropicana que narra y que ahora vive en un vertedero de basura.
Rematé: “Todo esto se me vino a la mente cuando anoche me
sorprendió un mensaje que me llegó por wasap: ‘Mira, a ver si te sirve para
algo’. El mensaje: ‘Hola. Oye tengo buen chisme. Llegó un cónsul cubano a
Xalapa para ayudar al gobierno municipal a implementar buenas prácticas en
salud y turismo. Lo digo porque en tus columnas hablabas de la cubanización de
la economía. Y la neta del planeta es que nosotros estamos jodidos pero los
cubanos son los reyes de la jodidés’”.
Hipólito, inspirado en
un sistema que fracasó
¿Por qué traigo a cuento todo lo anterior?: porque es inocultable
no solo la admiración del ayuntamiento de Xalapa y del alcalde Hipólito
Rodríguez Herrero (también de funcionarios del gobierno del Estado) por el sistema
socialista cubano, que ha acabado en un rotundo fracaso, sino porque hasta
donde tengo información pretenden imitar con prácticas de gobierno cuando la
historia ha dado ya un veredicto casi final e irreversible: ese sistema
sacrificó inútilmente a muchas generaciones de cubanos porque finalmente
terminó en un fracaso.
Apenas cinco meses después de asumir su administración,
el 25 de mayo de 2018 el alcalde de Xalapa nombró Huésped Distinguido al
embajador cubano en México, Pedro Núñez Mosquera, quien ofreció “tecnología y
conocimiento” en materia de educación para erradicar el analfabetismo en el
municipio. No se sabe si hay activistas cubanos trabajando en la capital del
Estado para tal propósito o si todo quedó en un mero anuncio.
Lo sorprendente ahora es que, según leí el viernes pasado
en el portal alcalorpolitico.com, la
comuna en pleno (el alcalde Rodríguez Herrero, la síndica y los regidores)
aprobaron que la ex Represa de San Bruno lleve ahora el nombre de ¡Carlos
Marx!, incluso se prevé que coloquen un busto del inspirador del socialismo,
sistema que adoptó la Cuba de Fidel Castro.
A estas alturas, cuando como sistema económico y político
está rebasado por la historia, en Xalapa surge un ayuntamiento de inspiración y
admiración marxista, de un marxismo trasnochado, de un grupo de nostálgicos que
se quedó en el pasado, en el siglo XX, que en lugar de evolucionar ha
involucionado y que seguramente ignora que estamos no solo en la era digital
sino ya en la inteligencia artificial y la robótica, lo que explica también por
qué el rotundo fracaso de la administración municipal, además de por su
incompetencia probada.
Dado el localismo de los vecinos de la ex Represa de San
Bruno, de su identidad con el nombre actual, es posible que el ayuntamiento se
esté encaminando a otro problema más, un enfrentamiento con quienes desde ahora
se oponen tanto al nombre de Marx como a su busto.
El testimonio de Padura
En su novela El
hombre que amaba a los perros, en la que Leonardo Padura reconstruye las
trayectorias de León Trotski y de su asesino Ramón Mercader, convertido en el
alter ego del narrador de la historia, en el capítulo 28 el escritor hace una
digresión para dejar su desgarrador testimonio, del que entresaco algunos
párrafos:
“…
a estas alturas no creo que haya mucha gente que se atreva a negarme que la
historia y la vida se ensañaron alevosamente con nosotros, con mi generación,
y, sobre todo, con nuestros sueños y voluntades individuales, sometidas por los
arreos de las decisiones inapelables. Las promesas que nos habían alimentado en
nuestra juventud y nos llenaron de fe, romanticismo participativo y espíritu de
sacrificio, se hicieron agua y sal mientras nos asediaban la pobreza, el
cansancio, la confusión, las decepciones, los fracasos, las fugas y los
desgarramientos”.
“No
exagero si digo que hemos atravesado casi todas las etapas posibles de la
pobreza”.
“A
ese punto en el que enloquecen las brújulas de la vida y se extravían todas las
expectativas fueron a dar nuestros sacrificios, obediencias, dobleces,
creencias ciegas, consignas olvidadas, ateísmos y cinismos más o menos
conscientes, más o menos inducidos y, sobre todo, nuestras maltrechas
esperanzas de futuro”.
“Supe
entonces que para muchos de mi generación no iba a ser posible salir indemnes
de aquel salto mortal sin malla de resguardo; éramos la generación de los
crédulos, la de los que románticamente aceptamos y justificamos todo con la
vista puesta en el futuro, la de los que cortaron caña convencidos de que
debíamos cortarla (y, por supuesto, sin cobrar por aquel trabajo infame); la de
los que fueron a la guerra en los confines del mundo porque así lo reclamaba el
internacionalismo proletario…”.
“Ahora,
a duras penas, conseguíamos entender cómo y por qué toda aquella perfección se
había desmerengado cuando se movieron solo dos de los ladrillos de la
fortaleza: un mínimo acceso a la información y una leve pero decisiva pérdida
del miedo (siempre el dichoso miedo, siempre, siempre, siempre) con el que se
había condensado aquella estructura. Dos ladrillos y se vino abajo: el gigante
tenía los pies de barro y solo se había sostenido gracias al terror y la
mentira…”.
Ese
gigante de pies de barro es el que pretende imitar el ayuntamiento de Xalapa.
Pobre de mi Xalapa. No se merece eso.

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