Prosa aprisa
En el Día Mundial del Libro
Arturo Reyes Isidoro
No sé si la lectura me ha hecho
mejor o peor, lo que sí creo, que diferente. Tan pronto aprendí a leer, a los
siete años, me volví lector. Mi padre, un analfabeto funcional (nunca tuvo la
oportunidad de ir a la escuela pero aprendió a leer; nunca se me ocurrió preguntarle cómo le hizo en su época
cuando no había ningún programa para casos como el suyo; ahora, cuando nos
encontremos en el otro mundo, sin duda alguna lo haré), de oficio carnicero, me
compraba “cuentos”, las caricaturas impresas de entonces, aparte de que llevaba
a nuestra humilde casa, en Coatzacoalcos, periódicos y revistas: El Diario de Sotavento de Coatzacoalcos
y La Opinión de Minatitlán, pero
acumulaba en la semana Life en Español,
Lunes y Jueves de Excelsior, el Magazine
de Policía, la revista Siempre!, las
revistas Hit y Súper
Hit especializadas en béisbol, Confidencias,
una revista especializada para las mujeres, Ja
ja, de chistes, el semanario Gráfico
de información local y el diario Excelsior,
primero, que luego cambiamos por El
Heraldo de México porque fue el primero que tuvo color en México. Algo tuvo
que influir en mí.
Por supuesto, no existía la
televisión, sólo la radio y eran contadas las estaciones emisoras en el país,
que se podían contar con los dedos de la mano. Los niños, mis compañeros de
barrio, pero también los adultos, recuerdo que me decían que parecía yo viejito
porque leía, por ejemplo, Siempre! De
adolescente, la vida me llevó por diferentes lugares donde las librerías no
existían, pero no sé cómo conseguía algunos libros de la colección “Sepan
Cuántos…”, de Porrúa, y de ahí tomaba títulos de su catálogo y compraba por
correo. Como compraba de a uno y las comunicaciones no eran como ahora,
tardaban en llegarme… ¡hasta tres meses!, pero así empecé a formar mi
biblioteca, hoy creo que aceptable.
Mi gran deseo fue estudiar
Periodismo, en Veracruz, pero la pobreza me golpeó y me lo impidió. Por fin
pude ingresar a una carrera afín, Letras, cuando llegué a Xalapa en 1974 a
trabajar en el Diario de Xalapa. Pero
o trabajaba y me ganaba la vida o me dedicaba a leer. Fui un alumno muy
mediocre que a veces se quedaba dormido en el salón porque el propietario del
periódico Rubén Pabello Acosta nos sacaba a las 3 de la mañana y yo tenía que
entrar a la Facultad a las 7 de la mañana y trabajar todo el día. Pero tampoco
tenía dinero para comprar libros. Fue ya de adulto, apenas hará unos 15 años,
cuando tuve más tiempo, más madurez y recursos económicos, cuando de pronto se
dio en mí una eclosión por la lectura, que hasta la fecha me tiene atrapado. En
ese tiempo he querido llenar el vacío y, la verdad, ahí la llevo.
Decididamente alguien que influyó
en mí para guiarme qué leer fue el maestro Sergio Pitol. Cuando fui leyendo sus
obras y conociendo lo que narra de los autores que fue descubriendo, me propuse
seguirlo y fui consiguiendo todas las obras que él cita. También me influyeron
otros como Harold Bloom (tiene un libro interesante que se llama Cómo leer y por qué), y hoy lo que me
falta es tiempo para sentarme y leer de alguna forma de las tantas que describe Italo Calvino en
un libro harto interesante que se llama Si
una noche de invierno un viajero.
A manera de introducción, Calvino
inicia diciendo que está uno a punto de leer su novela, y recomienda:
“Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier idea. Deja que el mundo que te
rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado
siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: ‘¡No, no
quiero ver la televisión!’. Alza la voz si no te oyen: ‘¡Estoy leyendo! ¡No
quiero que me molesten!’ Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más
fuerte, grita: ‘¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!’ O no
lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.”
Prosigue: “Adopta la postura más
cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de lado,
boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf.
En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la
cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura de yoga. Con el libro
invertido, claro.”
Más adelante: “Bueno, ¿a qué
esperas? Extiende las piernas, alarga también los pies sobre un cojín, sobre
dos cojines, sobre los brazos del sofá, sobre las orejas del sillón, sobre la
mesita de té, sobre el escritorio, sobre el piano, sobre el globo terráqueo.
Quítate los zapatos, primero. Si quieres tener los pies en alto; si no, vuelve
a ponértelos. Y ahora no te quedes ahí con los zapatos en una mano y el libro
en la otra.”
Y: “Regula la luz de modo que no
te fatigue la vista. Hazlo ahora, porque en cuanto te hayas sumido en la
lectura ya no habrá forma de moverte. Haz de modo que la página no quede en sombra,
un adensarse de letras negras sobre un fondo gris, uniformes como un tropel de
ratones; pero ten cuidado de que no le caiga encima una luz demasiado fuerte
que se refleje sobre la cruda blancura del papel royendo las sombras de los
caracteres como en un mediodía del sur. Trata de prever ahora todo lo que pueda
evitarte interrumpir la lectura. Los cigarrillos al alcance de la mano, si
fumas, el cenicero. ¿Qué falta aún? ¿Tienes que hacer pis? Bueno, tú sabrás.”
Vamos, pues, a leer. Hoy
precisamente, este 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro y Derechos
de Autor. Yo me dispongo, además, a disfrutar de buena lectura, de obras que me
han hecho llegar el escritor José Homero, Coordinador Editorial del Instituto
Veracruzano de la Cultura, y Janet Celis Landa, la Administrativa del
Departamento de Publicaciones y Revistas del IVEC: El loro zacamandú, de Honorio Robledo; Del aura estrella, de Marco Antúnez Pila, Zoom, de León Plascencia Ñol,
Por su propia voz, de Andrés Barahona Londoño¸ Un día común, de Luis Enrique Rodríguez Villalvazo; Serenata, de Rafael Toriz, e Historia y fandango, de Irene Vázquez,
bellas ediciones, además.
Y de paso y muy especial me
felicito de formar parte también de la industria editorial, como editor de la
Universidad Veracruzana, donde convivo a diario con compañeros, la mayoría
mujeres, talentosos, cultos, exigentes, profesionales de la edición, bajo la
guía del director y escritor Agustín del Moral, de quienes aprendo a diario y a
quienes felicito.
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