Prosa
aprisa
El
periodismo, oficio de riesgo
Arturo
Reyes Isidoro
Para la presidenta de la Comisión
Especial para la Atención y Protección de Periodistas, Rocío Ojeda Callado,
“ninguna nota vale la pena para exponer la vida, sin que esto signifique dejar
de ejercer el periodismo con responsabilidad” (alcalorpolitico.com 28/06/2013).
Lo dicho por la también directora
de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad
Veracruzana refleja claramente que ella no es periodista ni nunca ha ejercido
el oficio, y por lo tanto desconoce que el riesgo es parte inherente de este
apasionante quehacer.
Cabría pensar que quiso referirse
concretamente al riesgo que se corre actualmente por informar sobre la
delincuencia organizada, dado el carácter que dio origen a la Comisión que
preside, pero si se siguiera al pie de la letra su recomendación, el buen
periodismo, el mejor periodismo de México ya habría desaparecido.
De la flamante funcionaria leo que va por ahí, habla que habla, diciendo
generalidades en su calidad de presidenta de la Comisión de la que, como afirma
ella misma (alcalorpolitico.com 28/06/2013),
los periodistas desconfían (yo la desaparecería, pues no tiene ningún sentido
cuando la Constitución garantiza la libertad de expresión y cuando, se supone,
el Estado tiene la obligación de garantizar la seguridad de todos los
ciudadanos, incluyendo la de los periodistas).
Pero la también académica se
contradice cuando declara que ninguna nota vale la pena para exponer la vida
pero que hay que ejercer el periodismo con responsabilidad. Entonces, en qué
quedamos. Ejercer el periodismo con responsabilidad es hacerlo incluso a riesgo
de la vida misma, claro, cuando el periodista es profesional con todo lo que
ello implica.
El mejor ejemplo de lo que digo
es el de los compañeros corresponsales de guerra y de conflictos bélicos,
reporteros, fotógrafos y camarógrafos, que saben que todos los días al salir a
trabajar tal vez ya no regresen con vida, pero no les importa, anteponen el
deber profesional por encima de su propia integridad física.
Ellos van a estar bajo metralla
en campo abierto, expuestos a bombardeos, a francotiradores o a que grupos
radicales los secuestren y los mantengan como rehenes para negociar, situación que
en la mayor parte de las veces son ejecutados.
En el caso de la violencia a
causa de la delincuencia organizada en nuestro país, muchos compañeros han
caído porque el deber los llamó, y aunque muchos han preferido dejar de cubrir todo
lo relacionado con el tema, otros prosiguen con un profesionalismo y una
entrega ejemplar, y ahí está el caso concreto de la revista Proceso que, eso sí, cuando ve riesgo
prefiere omitir el nombre del reportero o reporteros que han investigado y
redactado la nota.
No de ahora, sino desde siempre,
se ha considerado el del periodista como uno de los oficios o una de las
profesiones más peligrosas del mundo. Aun así, hombres y mujeres abrasan ese
quehacer con tal profesionalismo y entrega como lo hace un soldado o un marino,
un bombero o un policía, que saben que el trabajo es duro y que incluso ponen
en riesgo su vida.
Por experiencia, creo, casi estoy
seguro que sólo quienes por vocación ejercemos el oficio y lo hemos escogido
como forma de vida entendemos, sentimos la sangre caliente que nos corre por las
venas, a veces a ritmo acelerado, por un prurito de cumplir con el deber y con
la sociedad, con los lectores, incluso por y para satisfacción personal por el
deber cumplido.
El oficio no es para quien no
tiene el coraje, los arrestos necesarios para enfrentar todo riesgo; para quien
no lo siente, ni para quien vive en la comodidad de la oficina, para quien
viaja en lujosos vehículos con clima puesto, ni para quien va pontificando aquí
y allá sobre los riesgos de la profesión sin haber estado jamás en una
redacción ni en el lugar de los hechos, o bajo el sol, bajo la tormenta, en la
sierra, en la montaña, en el lugar de la inundación, del terremoto (sobre eso,
nada mejor que leer toda la obra de Riszard Kapuscinski).
Si nuestra querida Jacy Meza
Lagunes siguiera el consejo de Rocío Ojeda Callado, ya hubiera colgado el arpa.
El sábado pasado, a las 6:46 de la tarde, colgó lo siguiente en Facebook:
“¡¡¡HOLA, EFECTIVAMENTE JUANITA UTRERA ORTEGA, NO TE CONOZCO!!! Pero a tus
hermanos sí, en lo personal he recibido toda clase de amenazas e insultos de
parte de ellos. Mi tierra Soledad de Doblado, donde nací, en donde crecí, y,
voy cada fin de semana a convivir con mis paisanos, veo sus sufrimientos.
Recibo los reclamos de gran mayoría de Chollywoodenses tienen miedo, mucho
miedo a tus hermanos…”.
La presidenta de la pomposa
Comisión Especial para la Atención y Protección de Periodistas dijo que el
periodista “debe aprender todas las estrategias del ‘auto cuidado’, por lo que
la Comisión está respondiendo al mandato en el rubro de la capacitación, además
de la actualización”. “Tratamos de darles las herramientas que permitan al
periodista cuidar aspectos tan importantes como la redacción de la nota para
que no se vea involucrado, hasta cómo llegar a cubrir un evento”.
Estamos ante el clásico candil de
la calle oscuridad de su casa. Los cursos, las herramientas, no están mal. Cabe
preguntar si dichos mecanismos no debieran ser parte obligatoria y permanente
de los programas de estudio de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la
Comunicación, donde se forma a los periodistas veracruzanos; si ante la nueva
(y no tan nueva) realidad que se vive en el estado y en el país se han
actualizado los programas de estudio, para enfrentar esa realidad de la mejor
manera. ¿Cuántos de esos cursos que se andan pregonando por doquier han sido
impartidos en la Facultad de la UV?
Yo soy un viejo periodista, acaso
romántico, de aquel viejo periodismo que
ya poco se practica y del cual sobrevivimos unos cuantos, que se formó y creció
sabiendo, teniendo siempre presente que el periodismo implica riesgos.
(A inicios de los años 70, el
ahora magistrado Onésimo Fernández Campos, entonces agente del Ministerio
Público, me acompañaba cuando metralleta en mano un tipo trató de intimidarme
porque en un proceso electoral publicaba sobre todos los candidatos y no sobre
uno solo como él quería; el ahora presidente del Centro de Estudios de Política
Criminal y Ciencias Penales, A. C., y ex presidente de la Academia Mexicana de
Ciencias Penales, doctor Moisés Moreno Hernández, entonces también fiscal del
fuero común, iba conmigo cuando en Texistepec, en otro proceso electoral, una
turba de hombres alcoholizados, inconformes con el resultado de una elección,
me quiso lazar y arrastrar porque como reportero me atreví a acercarme a
entrevistar al comandante de policía que tenían retenido en la cárcel
municipal; en Jáltipan, a inicios de los 70, bajo mi propio riesgo, fui el
único reportero de todo el país que pudo entrar a la ciudad, que prácticamente
estaba en estado de sitio luego de que una turba, inconforme con otro resultado
electoral, quemó casas, mueblerías, la estación de radio, vehículos; con mis
compañeros Luis Velázquez Rivera y Raúl Peimbert, en noviembre de 1984
reporteamos los incidentes de la matanza de policías judiciales federales en Sánchez
Taboada, en el valle de Uxpanapa, en un ramal del río Coatzacoalcos, a manos de
narcotraficantes. Por fortuna, en mi tiempo nadie opinaba como Rocío Ojeda
Callado. De todos modos, yo no le hubiera hecho caso.)
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