Prosa aprisa
El PRI no cambia; la sociedad sí
Arturo Reyes Isidoro
Cómo quisiera uno creerle al
Presidente, o cómo quisiera uno que fuera verdad lo que dice. Cómo quisiera que
mi opinión estuviera permeada por mi estado de ánimo o que fuera producto de mi
visión por algún resentimiento personal para que estuviera equivocado. Pero es
la realidad la que habla.
No tengo compromiso con ningún
candidato ni con ningún partido aunque conozco a muchos de los que aspiran a
ser alcaldes o diputados locales. Lógicamente, tengo mejor opinión de algunos
que de otros, pero me da lo mismo que gane cualquiera.
Pero como actor que fui en contiendas
políticas y en el gobierno, y como observador y analista y comentarista
político periodístico muchos años, me decepciona que en México se continúen
reproduciendo los vicios y las prácticas políticas de los “mejores” años del
PRI del siglo pasado.
Enrique Peña Nieto afirmó ayer
que su Gobierno hará la parte que le corresponde para que ningún funcionario
interfiera en las elecciones del domingo, y ofreció un clima de orden. Su
reacción es tardía pero, además, los hechos lo desmienten.
Su compromiso debió haberlo hecho
público al inicio del proceso o de las campañas y sus palabras las debió haber
acompañado con hechos concretos. Hoy terminan las campañas y el domingo serán
las elecciones y nunca se informó del resultado de la indagatoria contra los
acusados por la videograbación de Boca del Río.
La prensa diaria en el estado y
en el país ha dejado testimonio de cómo la violencia y la inseguridad han
empañado el proceso, las campañas. Ha habido desde golpizas hasta asesinatos
(mi abrazo y mi solidaridad con Eduardo de la Torre Jaramillo, cuya agresión no
debe quedar impune) y agresiones que desmienten cualquier clima de orden.
“El Gobierno de la República
trabajará para asegurar la equidad, legalidad y transparencia en las
elecciones, en el ámbito de su competencia” (que es toda, digo yo), dijo ayer
cómo reacción a las acusaciones de los partidos de izquierda de la injerencia
de gobernadores del PRI en el proceso electoral.
En muchos lugares basta ver la
prensa para comprobar cómo no ha habido equidad, aunque, claro, hay sus muy
contadas excepciones, rarísimas que se pueden contar con los dedos de las
manos. Legalidad tampoco, cuando se ha favorecido en las boletas a unos por
encima de otros. Transparencia menos, y ahí están las denuncias presentadas por
algunos partidos.
Pero no sólo yo –y muchos– tienen
la percepción que comento. Ayer mismo, rato después de las palabras de Peña
Nieto, la misma ex secretaria general del CEN del PRI y nueva dirigente
nacional de la CNOP, Cristina Díaz, aceptó que los gobiernos priistas han
cometido “pecados”.
No hay que tener mucha
imaginación para saber a qué “pecados” se refiere: a los que dijo Peña Nieto que
no va a permitir, así como a muchos otros. Mal de muchos, consuelo de tontos.
La señora Díaz cae incluso en el cinismo cuando trata de justificar a su
partido y a sus gobiernos al declarar que, sin embargo, “Todos hemos cometido
pecados, y quien esté libre que tire la primera piedra”.
O sea, tú delinques, yo también.
No se trata de eso. Se trata de que se nos dijo que el viejo PRI, el del
pasado, el del fraude electoral, el de la ilegalidad, el hegemónico, el de la
inequidad, el de la coerción a la prensa, el de la opacidad, el de todas todas
y carro completo a la fuerza, el de la intimidación, había quedado atrás con la
llegada de Enrique Peña Nieto y con él de nuevo el PRI al poder presidencial.
Durante el presente proceso y con
motivo de las campañas que este miércoles concluyen, hemos comprobado que todo
eso es mentira, que todo es pura simulación. Que con el regreso del PRI al
poder, que con el llamado nuevo PRI volvió el viejo PRI con todos sus vicios y
sus viejas prácticas.
Lo que los responsables de la
conducción política no ven, no entienden, es que, en cambio, la sociedad sí es
ya otra; que ésa sí cambio de a de veras; que ya no se le engaña; que está bien
y muy informada y que no está dispuesta a continuar aceptando el mismo estado
de cosas; que está harta de lo mismo.
El próximo domingo varios, acaso
muchos candidatos priistas van a perder. Creo yo que varios van a sufrir
derrotas no tanto porque en sí sean malos como personas o como ciudadanos, sino
por lo que representan: a un partido que no cambia, que se aferra a mantener el
estado de cosas entre las que se incluyen la deshonestidad y la corrupción.
El antipriismo no es gratuito, y
si en un principio se reducía y caracterizaba a Xalapa, la capital, ahora se ha
ido extendiendo a todo el estado.
El domingo, además de enfrentarse
candidatos y partidos, también se verán la cara el discurso oficial y la
opinión de la sociedad. Al final, de todos modos, hablará el pueblo y de él
dependerá, en el más estricto sentido del término, que tengamos las autoridades
que nos merecemos, a la altura de nuestras expectativas.
Creo que por el bien común
debemos llegar al domingo con la plena convicción de que si nos equivocamos
otra vez, en esta ocasión serán no tres sino cuatro años que tendremos que
cargar con la cruz que nos construyamos en las urnas. De todos y cada uno
dependerá que escojamos al mejor o a la mejor.
Pero será determinante que
vayamos a votar y que no desperdiciemos esta oportunidad ni este sufragio en
distractores. No demos pie a que se judicialice el proceso, las elecciones, los
triunfos. Votemos por personas reales, de carne y hueso. Que la boleta no se
vaya al cesto de la basura.
Las alcaldías hoy; veremos mañana
¿Con cuántas alcaldías llega cada
partido a las elecciones del domingo en el estado? 91 pertenecen al PAN, 82 al
PRI, 37 a la alianza PRD-PT-MC, y 2 al Panal. Sin duda, habrá una recomposición
geográfica electoral. En la elección pasada, el PAN estaba en la Presidencia;
ahora la tiene el PRI. ¿Quién tiene más que perder? El PRI. Los demás, todo lo
que obtengan será ganancia.
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