Prosa aprisa
No pelearse con la noticia
Arturo Reyes Isidoro
En su blog Los
políticos, el colega Salvador Muñoz narró el jueves 26 de marzo una lección
que le dejó el extinto Ángel Leodegario Gutiérrez Castellanos, “Yayo”, fundador
director de El Diario del Sur de
Acayucan y del diario Política de
Xalapa, pero también ex dirigente estatal del PRI, dos veces diputado local y
magistrado del Tribunal Superior de Justicia.
Escribió Chava que la primera vez que se propuso volver a
manejar una noticia de Patricio Chirinos, Yayo se le quedó viendo y le preguntó
la razón para publicarla. Le respondió –refiere– que le parecía una información
de interés político y social. “Entonces escuché unas palabras que llevo a
cualquier mesa de redacción en donde he estado: ‘No hay que pelearse con la
noticia’”.
Para que mejor se entienda la madurez y amplitud de criterio
de Yayo, habría que contextualizar: a Patricio Chirinos, o, quizá todavía mejor,
a Miguel Ángel Yunes Linares, entonces poderoso secretario de Gobierno, no les
gustaba su línea editorial porque no sólo no aplaudía a la administración
estatal (en el poder, todos son iguales), sino que hacía crítica, señalamientos,
y además daba cabida a voces disidentes, incluso él fue quien llevó a Política a Regina Martínez, desde
entonces ajena a la línea informativa que se dictaba desde Palacio de Gobierno.
A Yayo terminaron por vetarlo informativamente (entonces no
había todas las herramientas tecnológicas, de telecomunicaciones y cibernéticas
que hoy conocemos y que facilitan el flujo informativo) y dejaron de enviarle
los boletines de prensa, sin los cuales no se tenía la visión oficial de la
noticia, le cortaron toda publicidad y ordenaron a todos los ayuntamientos del
estado que hicieran lo mismo, le cerraron las puertas de cualquier oficina
pública, lo despojaron de su notaría que tenía en Acayucan y lo persiguieron y hostilizaron
como a pocos.
Yayo, quien fue un hombre agudo, inteligente, frío,
calculador y muy valiente, aguantó vara –Gina Domínguez dixit– y en respuesta endureció
su línea crítica. Terminaron siendo de él grandes enemigos tanto Chirinos como
Yunes Linares. Pero él no se la complicó. Sabía que así eran los hombres en el
poder y con el poder (él mismo lo había sido), que se iban a ir algún día del
gobierno, como se fueron, y que él seguiría vigente haciendo periodismo, como
lo hizo hasta su muerte, siempre contando con el apoyo de su familia y de sus
pocos amigos.
Sin embargo, Gutiérrez Castellanos nunca tuvo debilidad de
carácter como para caer víctima del rencor, del odio, del deseo de venganza, y
tuvo la sensibilidad para privilegiar la imparcialidad que reclama el ejercicio periodístico, por encima de
cualquier agravio a su persona o a sus periódicos. En eso radicó la clave de su éxito: como
periodista fue muy profesional, no se peleaba con la noticia viniera de donde
viniera, y bajo ese criterio condujo sus empresas, haciendo a un lado
diferencias o pleitos personales y no viendo enemigo en la nota informativa si
tenía un interés como noticia, así la nota tuviera como actores principales a
Chirinos o a Yunes.
Escribió Chava Muñoz: “Es común que en los medios, sean
reporteros, columnistas, editores, directores o hasta los dueños de las
empresas, las vísceras les ganen en algunas ocasiones y opten por hacer de lado
una buena foto, un excelente cartón o hasta una gran nota porque no les agrada
el político o el sujeto de la declaración…”. Lamentablemente, así es. Qué
difícil nos resulta a veces hacer a un lado intereses personales y no pensar en
los lectores.
Remató su comentario: “Insisto: En este negocio, ‘no hay que
pelearse con la noticia’, como me lo dijo Yayo”.
Reparo: acaso eso influyó también en mí, en mi formación como
periodista, porque me hice al lado de Yayo. Quizá aprendimos juntos. Siendo yo
director del Diario del Sur de
Acayucan y él el dueño del periódico, un sábado por la noche me llamó por
teléfono desde la Ciudad de México, donde se encontraba, para ordenarme que
vetara informativamente a un líder agrario local (Crispín Martínez), o en todo
caso que diera una nota negativa sobre una reunión que encabezaría al día
siguiente, el domingo (nunca supe ni le pregunté por qué. Acaso lo habían mal
informado con él).
Estuve en la reunión, que se celebró bajo un grande y
frondoso árbol de mango manila para aliviarse del fuerte calor, y atestigüé
cómo los ejidatarios lo reconocían como un auténtico líder, pero también como
lo que exponían y reclamaban tenía razón. No le informé nada a Yayo, le
desobedecí y narré en la nota respectiva todo lo que había pasado, de la forma
más fiel. Ni veté al líder ni di nota negativa. Cuando Yayo se enteró ya todo
estaba publicado.
Para mí agradable sorpresa no me reprendió, me escuchó atento
cuando le platiqué todo lo que había pasado y cómo había pasado, que me hizo
repetírselo, y ahí quedó. No fue sino muchos meses después, un día en que
coincidimos en una reunión en el palacio municipal de Acayucan en una recepción,
en que públicamente aquel líder agrario le hizo el más encendido reconocimiento
a Yayo por su honestidad, por su apego a la verdad, por su profesionalismo como
periodista, y le dio un abrazo por aquella nota informativa.
Yayo y yo aprendimos que ese era el camino correcto: el del
apego a la verdad, a los hechos, y que no había que pelearse con la noticia.
Chava y yo bien lo sabemos. Y lo llevamos a la práctica. Muchos no lo entienden
y quisieran que quienes escribimos compráramos sus pleitos personales y nos
peleáramos con sus enemigos, que muchas veces son noticia.
El periodismo, el verdadero periodismo, no tiene enemigos
personales. No los puede ni los debe tener. Su deber es informar, sea quien sea
el actor de la noticia. Entenderlo y llevarlo a la práctica es volver a la
esencia del buen periodismo. Si bien es cierto, como dice Salvador Muñoz, que a
muchos les ganan las vísceras, también lo es que hay medios y directivos y
jefes que honran nuestro quehacer abriendo sus espacios a todos, sin
distinción. Y es tonificante para la sociedad, para la democracia.
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