Prosa aprisa
La prueba, se superó
Arturo Reyes Isidoro
Boca del Río, Ver., 14 de
noviembre de 2014. En toda la noche no asomó una sola estrella. El cielo se
mantuvo nublado. Parecía que lo había hecho a propósito para que abajo, en el
estadio Luis “Pirata” Fuente, luciera la lluvia de luces que bañó la ceremonia
inaugural de los XXII Juegos Centroamericanos y del Caribe 2014.
Si la fiesta fue un encuentro entre deportistas del área, bien podría
decirse que fue también un reencuentro de miles de veracruzanos con su
gobernador Javier Duarte de Ochoa: no le chiflaron ni lo abuchearon, aunque
hubo un débil intento de hacerlo por sólo algunos. El abucheo, si bien no fue
contundente, lo recibió el presidente Enrique Peña Nieto, cuando lo mencionó su
representante, el secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong.
En el estadio estuvieron sólo los que cabían sentados, unas 22, 23 mil
personas, que dieron su aprobación a los Juegos: aplaudieron, en especial a la
delegación deportiva mexicana y cuando sobre el escenario sonó el requinto y se
escuchó el zapateado de una jarocha. Escasa media hora antes de que iniciara la
ceremonia, todavía decenas de personas intentaban entrar. No pasaron la aduana
de seguridad.
Si se quiere, fue una fiesta hasta democrática: arriba en la tribuna,
en la parte de sombra, por oposición a
la de sol en los juegos de futbol, entre los asistentes, confundido entre el
común de la gente estaba el empresario Antonio Chedraui, sin protección
especial alguna. Se puso de pie y aplaudió cuando el resto lo hizo.
A las cuatro de la tarde, el estadio todavía lucía vacío. Fue a partir
de las cinco cuando empezaron a ingresar los primeros, que primero habían
sorteado estrictas medidas de seguridad. Había que pasar varias aduanas y el
ingreso era estricto: no pasada nadie si no tenía boleto. Por mero incluso no
pasaba ni el viento.
La ciudad, contrario a lo que se esperaba, fue un remanzo de paz. Las
calles y avenidas estaban fluidas, las famosas plazas comerciales desarrollaban
sus actividades normales. Fuera del área del “Pirata” Fuente incluso parecía
que no estaban por comenzar los Juegos que habían causado tanta controversia.
Yo pensaba –y el taxista que me acercó también– que encontraríamos
congestionamiento vehicular para llegar, pero no.
Nunca hubo el jaleo que se pensó que habría por parte de estudiantes o
maestros para protestar por la desaparición de los 43 normalistas de Guerrero.
Ni calles ni avenidas bloqueadas. En realidad, nadie con esa intención trató de
acercarse al estadio del Fraccionamiento Virginia.
De todos modos no hubieran podido pasar. En Boca del Río, por lo que
observé, ya tienen experiencia en la estrategia de vallas y aduanas de
seguridad, como he visto que la implementaban en el Festival Internacional de
Salsa o cuando hay actos importantes en el World Trade Center.
A las ocho en punto, no antes, no después, dio inicio la ceremonia. El
público nunca dejó de aplaudir, lo mismo los cuadros artísticos que se
presentaron que a las delegaciones deportivas, y varias veces coreó el grito
¡Veracruz! ¡Veracruz!, que es característico cuando hay juegos de futbol.
En lo artístico, se fue de la tradición hasta la danza contemporánea.
Se puso énfasis en la cultura Totonaca, pues lo mismo hubo danza de esa región
que el descenso aéreo de los famosos Voladores de Papantla. Ni la Huasteca ni
la Olmeca fueron mostradas.
Ante la incesante quema de fuegos artificiales, en pleno descenso de
los Voladores, un cuadro aérea de danza contemporánea hizo pensar en el
espectáculo del Circo Soleil, y se vio bien cuando, de pronto, el centro del
estadio se convirtió en un acuario gigante pues aparecieron figuras muy
originales de tiburones, tortugas, cangrejos, mantarrayas, a veces mecidas por
el suave viento de la noche, cual si estuvieran flotando en una piscina
gigante.
Fueron tan buenos los cuadros artísticos que el púbico hubiera salido
de todos modos contento y satisfecho del espectáculo sin necesidad de que se
hubiera presentado Ricky Martin, que tuvo una actuación de menos de 15 minutos
y al que la asistencia nunca le pidió ¡oootra, oootra, oootra!
A las 9:40 de la noche, cuando fue encendido el pebetero, el rosto de
Javier Duarte de Ochoa se iluminó, de alegría. Había superado la prueba. Atrás
quedaron la duda de si habría o no Juegos Centroamericanos, la incertidumbre de
si se terminarían o no las instalaciones deportivas, las críticas por fallas en
la organización, el temor de que manifestantes trataran de boicotear la
ceremonia inaugural.
El cierre fue con todo un baño de fuegos artificiales, como saludando
el respeto que tuvo la noche de no encender sus luceros para que lucieran en el
escenario preparado ex profeso.
Eran las once de la noche, una vez que había terminado todo, y no
acababan de salir todos los asistentes, incluidos los atletas que fueron
llevados de Xalapa ni los de Córdoba (por la lejanía no se trajo a los de
Coatzacoalcos ni a los de Tuxpan). Casi sobre las doce de la noche se empezaron
a sentir las primeras gotas de lluvia. El clima también se portó generoso. La
temperatura promedio fue de 20 grados durante toda la ceremonia, el norte cesó
aunque persistieron algunas ráfagas frescas, que seguramente fueron la causa
que esta vez no bailaran los danzantes de los Voladores sobre lo alto del palo
sagrado.
Mientras en el puerto cerca de la media noche los hoteles mostraban
bullicio por deportistas y visitantes, la autopista a Xalapa parecía un camino
de procesión: decenas y decenas de autobuses, todos escoltados por patrullas de
seguridad, regresaban a deportistas a su otra sede, donde el clima no era tan
benigno: caía chipi chipi y hacía frio.
El 14 de noviembre había quedado atrás. Se había convertido ya en una
fecha histórica. El saldo era blanco. Iniciaban los XXII Juegos
Centroamericanos y del Caribe. Javier Duarte de Ochoa no cabía de contento.
Fuera de reflectores, Gerardo Buganza Salmerón y Harry Grappa Guzmán, también.
Anoche, esta madrugada, por primera vez en muchas semanas debieron haber
dormido ya sin preocupación. Pasaron a la historia deportiva de Veracruz. Las
cosas les salieron bien. Hay que reconocérselos.
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