Prosa aprisa
Gabinete, para la situación de
emergencia
Arturo Reyes Isidoro
Apenas son las seis de la tarde, pero la noche ha caído ya en Xalapa.
El chipi chipi está a toda su intensidad, casi se convierte en llovizna, moja y
el agua que cae en diagonal azota los rostros. La tarde-noche es, además, fría.
El invierno también se ha adelantado. Son de esos días en que uno preferiría
estar cobijado en su casa, sin salir.
No obstante, me ha tocado ver el desfile de miles de manifestantes que
piden que aparezcan vivos los 43 normalistas de Ayotzinapa; me he acercado a
ver su concentración en el centro histórico de la capital del estado. Ya no se
trata de un fermento de inconformidad social, ya es la inconformidad social en
toda su expresión.
La protesta ha tenido lugar prácticamente en todo el país y en las
principales ciudades del mundo. En Xalapa, en los manifestantes no veo,
contrario a lo que dice el discurso presidencial, a nadie que quiera
desestabilizar al país, atentar contra las instituciones, incluso derrocar al
gobierno. Expresan su hartazgo, su cansancio por el estado de cosas; reclaman
justicia, que se acabe la impunidad, la inseguridad.
Conforme pasan los cientos y cientos de manifestantes, a quienes no les
importa la inclemencia del tiempo, pienso en la seriedad del asunto: estos no
son acarreados ni han acudido porque les van a dar dos pambazos, una naranja,
un boing y dos plátanos, o una gorra, o una playera, o un paraguas, o un
llavero. Han acudido por voluntad propia. Es una sociedad concientizada y, por
lo mismo, digna de ser tomada muy en cuenta; peligrosa por el estallido social
que representa en potencia.
La que originalmente fue una protesta sólo de estudiantes ha permeado
ya en el resto de la población y se ha extendido y crecido: aquí hay también
maestros, académicos, trabajadores, amas de casa, integrantes de organizaciones
civiles, y el pronóstico de hasta dónde va a llegar el tamaño de esta masa
humana inconforme no se puede predecir pues crece como una bola de nieve.
Desde el 68, cuando el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz masacró a cientos
de estudiantes, no había visto tanta conjunción ciudadana, incluso solidaridad
entre personas de diversos niveles sociales: todos, clase menesterosa, clase
media, clase media alta, e incluso clase alta, se sienten lastimados. Lo
preocupante es que ya no creen, o están a punto de dejar de creer, en las
autoridades, en las instituciones. No les falta razón.
México ya no es el mismo y no lo volverá a ser. Grave si no lo
entienden los gobernantes, peor si no se apresuran a cambiar para bien. A estas
alturas, cuando uno ve que con el paso de los días la inconformidad no pasa ni
se apaga sino que crece, entonces cabe empezar a tomar en serio las opiniones
de una inminente o próxima revolución.
En el año 2000, cuando el PAN le arrebató la Presidencia al PRI, se
dijo que era resultado del cansancio de la población, de la sociedad, de tantos
años de abuso del poder, de corrupción, de impunidad, de antidemocracia, de
autoritarismo. Se pensó que con el cambio vendría la solución al reclamo
popular. Triste decepción. Los panistas en nada se diferenciaron de los
priistas y en muchos casos resultaron peores. El hartazgo se mantiene latente y
ha tomado las calles de nuevo.
En la derrota, ya sin el poder
presidencial, la clase política y gobernante priista dijo que ya había
aprendido la lección y que no volvería a cometer los mismos errores. Puro
jarabe de pico. La “casa blanca” presidencial, su origen poco claro y bajo
sospecha de corrupción, demostró todo lo contrario. Por eso los mexicanos ya no
creen en promesas y menos en el discurso oficial. Tienen desconfianza. Por eso
han tomado la calle.
En Veracruz, hoy se cumple una semana del inicio de los XXII Juegos
Centroamericanos y del Caribe. Pese a todo, la justa se desarrolla con
normalidad, hasta donde puede haber normalidad en las circunstancias en que
vive el país. En medio de la neblina o de la nube que constituye y que está
ayudando a encubrir los problemas sociales, pasó el cuarto informe de gobierno
y se encima ya la XXIV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno
que arrancará dentro de 17 días.
Casi dentro de un mes, porque el gobernador Javier Duarte de Ochoa los
está impulsando y en algunos casos está cumpliendo compromisos y pagando costos
de amistades, buena parte de su gabinete se irá para buscar ser candidatos a
diputados federales. Se van los secretarios de Gobierno, de Protección Civil,
de Educación, de Desarrollo Social, posiblemente el de Trabajo, el coordinador
de Comunicación Social y el Tesorero del estado.
La coyuntura se le presenta al gobernador para hacer frente a la
situación de emergencia que se vive, armando el equipo de gobierno idóneo,
deseable, eficaz, responsable, profesional, sensible, maduro, del que ha
carecido; que entre en interacción con la sociedad, que la escuche, que vaya a
ella, que le resuelva, y de paso que lo saque en hombros en los dos años que le
restan a su administración.
El pasado martes 11 de noviembre, durante una cena en la Casa Veracruz,
le pregunté si ya tenía definido quienes serán las personas que entrarán al
relevo. Me respondió afirmativamente. También me dijo, con base en la
normatividad vigente, que los que se van, se van definitivamente, esto es, ya
no tienen la opción de pedir licencia para, si no son postulados, regresar a
sus puestos.
Su respuesta me dio la idea de que, entonces, ha madurado los nombres
de sus próximos nuevos colaboradores, o de a quienes sólo habrá de cambiar de
posición. No consideré prudente preguntarle quiénes serán, pero los nombres ya
están en boca de todos. Se trataría de un equipo con experiencia, con probada
capacidad de trabajo y de respuesta, y con sentido de lealtad.
Al inicio del sexenio, Gerardo Buganza Salmerón le decía a todo el que
lo quería escuchar que no aspiraba a ser gobernador y que lo único que le pedía
a Dios era terminar en el cargo, esto es, en la Secretaría de Gobierno. Parece
que el Señor (el de los cielos y el terrenal) lo va a escuchar. A los
resultados que ha dado, tiene un plus: no da un paso sin que se lo informe al gobernador, le cuida
bien la espalda y le mantiene una lealtad a toda prueba. Está ya probado.
Flavino Ríos ya pasó por la ahora Secretaría de Educación de Veracruz,
incluso por la Secretaría de Gobierno y la presidencia del Congreso. Es doctor de
a de veras, como suele presumir, con asistencia a clases en la UNAM y pase de
lista de asistencia, con título por exámenes aprobados y con formación
académica. Si algo necesita el sector
educativo es una persona con capacidad de negociación, pero también que al
menos sepa leer y escribir.
Es una tontería –así lo creo–, pensar que Enrique Ampudia Mello llegará
a la Coordinación General de Comunicación Social sólo porque sería el único que
podría responderle con solvencia los tuits a Miguel Ángel Yunes Linares. El
exsubsecretario de Gobierno tiene la experiencia, la sensibilidad y la
capacidad de negociación y entendimiento necesarios para dirigir el área más
compleja de toda la administración. Sabe escuchar. No es periodista pero es
comunicador, también con un plus: un mundo de relaciones en el Gobierno Federal
y en el medio político y de prensa de la capital del país, que tanto necesita
la administración estatal.
Pero ya me alargué. Luego continúo. Feliz y no tan frío fin de semana.
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