Prosa aprisa
La casa de Peña; indignante
Arturo Reyes Isidoro
Si estuviera frente a un uruguayo, como mexicano me moriría de
vergüenza: su presidente José Mújica y su esposa la senadora Lucía Topolansky
viven en su “chacra” de siempre, en Rincón del Cerro, un área rural de
Montevideo, “tres piecitas, una cocina”, y se trasladan en unos viejos
vochitos. No más. “No me disfrazo de presidente y sigo siendo como era”, dice a
la prensa internacional, a la cual tiene asombrado por su austeridad.
El 24 de marzo pasado, el escritor y periodista español, Juan José
Millás, hizo un reportaje-entrevista sobre Mujica para la revista “El País
Semanal” del diario El País, de España. “Se ha dicho de ella que es una casa
modesta. Falso. Es pobre”, escribió. El fotógrafo que lo acompañó, Jordi
Macías, publicó una foto de la fachada de la casa de Pepe, como lo conocen los
uruguayos (para mis seguidores en Twitter y en Facebook la reproduzco). Qué
vergüenza para nosotros los mexicanos, de veras.
El domingo por la mañana, cuando escribo estas líneas, como mexicano,
como ciudadano, me invade un sentimiento encontrado: el de la indignación y el
de la admiración y la esperanza.
Me ha devastado –por la impotencia de no poder hacer nada más que
volcar mi rabia en este escrito– ver y escuchar el video completo del reportaje
especial “La casa de Peña Nieto de 7
mdd, en las Lomas”, de Aristegui Noticias (aristiguenoticias.com).
La investigación del grupo periodístico comandado por Carmen Aristegui
puso al descubierto, con pelos y señales, que el Presidente posee una casa en
Las Lomas, del Distrito Federal, que vale aproximadamente 86 millones de pesos,
un equivalente a 7 millones de dólares, que no ha incluido en su declaración
patrimonial, pero que su esposa Angélica Rivera ostenta como su “residencia
familiar”.
Si eso ya fuera escandaloso en un país con millones de pobres y
miserables, deja a uno estupefacto enterarse que la mansión fue construida por
una de las empresas que ganó la licitación del tren México-Querétaro, una de
las consentidas para la adjudicación de obras por el entonces gobernador del
Estado de México, Enrique Peña Nieto.
De botepronto, cabría pensar que la residencia fue construida por la
Constructora Teya, que pertenece a Grupo Higa, y que se la dieron a Peña en
“agradecimiento” por los millonarios contratos que le adjudicó como gobernador
a Juan Armando Hijonosa Cantú, el dueño del corporativo.
Eso explicaría por qué de forma sorpresiva, repentina y hasta
histórica, Peña revocó el jueves 6 el fallo de la licitación para construir el
tren de alta velocidad México-Querétaro, cuyo proyecto ganador la Secretaría de
Comunicaciones y Transportes había dado a conocer apenas el lunes 3, y que
implicaba un contrato por un monto de casi 59 mil millones de pesos, 4,800
millones de dólares.
El contrato había sido asignado a un
consorcio integrado por las empresas GIA+A, de Hipólito Gerard, cuñado del ex
presidente Carlos Salinas de Gortari; Constructora Teya (vinculada a otra
empresa que rentó aviones para la campaña de Peña Nieto), de Juan Armando
Hinojosa Cantú, ambas mexiquenses; Prodemex, de Olegario Vázquez Aldir, del
Grupo Imagen, que ha guardado silencio; GHP Infraestructura Mexicana, y los
expertos China Railway Construction Corporation International, CSR Corporation
Limited y la francesa Systra, filial del Sistema Nacional de Ferrocarriles de
Francia.
Ahora cabe pensar que Peña se enteró de la investigación de Aristegui y
de que estaría por darse a conocer, y antes de que estallara el escándalo que
implica a la Constructora Teya, la que le construyó su casa, como una de las
ganadoras del contrato, dio marcha atrás pues hubiera acabo por enterrarlo tras
el caso de los 43 normalistas de Guerrero desaparecidos.
El más que excelente trabajo profesional de Aristegui Noticias (lo replican
también la revista Proceso y el
diario Reforma, los más influyentes y
leídos del país) no deja dudas: estamos ante un caso de corrupción y tráfico de
influencias de grandes proporciones, de igual magnitud o más que el que
acompañó al de la “Colina del Perro”, del entonces presidente José López
Portillo.
Por la tarde del mismo domingo, la Presidencia tuvo que reaccionar e
informar que la casa es de Angélica Rivera y da una posible explicación, pero eso
y cualquier otra cosa que se nos diga no tendrá mayor credibilidad en tanto no
sea con documentos probatorios, con testimonios personales, como los que nos
ofrece el trabajo periodístico de primer mundo. Pero aun si se probara
fehacientemente lo que dicen, la ostentación en la que viven es una ofensa para
la mayoría del pueblo mexicano.
Al estilo del mejor periodismo de investigación norteamericano,
Aristegui Noticias investigó durante meses con el apoyo de la plataforma de
periodismo latinoamericano Connectas y el International Center For Journalists,
y, aparte, contrató a una empresa especializada para que le hiciera un avalúo
independiente de la propiedad.
La investigación comprueba que miembros del Estado Mayor resguardan la
mansión en la calle Sierra Gorda número 150; presenta y remite a los planos (archdaily.com);
contrasta las imágenes de la residencia con las que aparecen en la página web
del arquitecto que la diseñó, Miguel Ángel Aragonés (quien curiosamente la
mantenía ayer, acaso por la fama que le acarreará el escándalo y los contratos
que le caerán); recoge una declaración del arquitecto a TV Azteca, donde
confirma que el matrimonio Peña-Rivera participó en el diseño; recupera un
reportaje a la señora Angélica Rivera posando en los interiores del inmueble;
describe la distribución de las piezas y el material del que están hechas;
señala que está pintada de blanco pero con luces para cambiar de tonos (rosa,
naranja y violeta) y crear ambientes; presenta documentos testimoniales
recogidos en el Instituto de la Función Registral del Estado de México; presenta
copias de los trámites de obras hechos en la Delegación Miguel Hidalgo; en fin,
Aristegui tuvo acceso al expediente de la obra a través de personas vinculadas
con la construcción.
El presidente Peña nos debe una explicación a los mexicanos. Más, tiene
que aclarar suficientemente el asunto porque de por medio está la escasa
credibilidad que le queda.
Tomo de Wikipedia: “Conforme a las cifras del Banco Mundial, México
poseía en 2010 una tasa de incidencia de pobreza del 51.3%. Según el Consejo Nacional
de Evaluación de la Política de Desarrollo Social el 46.2% de la población
mexicana se encontraba en situación de pobreza, de los cuales 11.7 millones de
personas se encontraban en pobreza extrema, es decir, no cuentan con los
recursos para adquirir los alimentos necesarios para una vida sana”.
Prospera, Cruzada Nacional contra el Hambre, bla, bla, bla. Imposible creer
en el discurso oficial cuando no se predica con el ejemplo. ¿En qué consiste
toda esa prosperidad: en láminas de zinc, en colchonetas, en cobertores de los
más corrientes y baratos, en despensas con lo mínimo indispensable. ¿Cuánto
costará el mantenimiento de una residencia valuada en 7 millones de dólares?
¿Y así piensan los candidatos del PRI que van a ganar en 2015?
Pero decía líneas arriba que me embarga también el sentimiento de
admiración y de esperanza. De admiración por Carmen Aristegui, por el
periodismo profesional, ético, que se niega a claudicar, y de esperanza, porque
mientras haya periodistas como ella tendremos un aliciente para recuperar el
país que nos pertenece y que queremos y nos merecemos, diferente y mejor.
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