Prosa aprisa
El sacrificio de la señora
Arturo Reyes Isidoro
La mujer, una vez más, la mujer dando la cara, tratando de salvar la
situación.
Hasta donde a mí me queda claro, ante la oleada de críticas por la ya
famosa “casa blanca” presidencial, nunca nadie cuestionó a la señora Angélica
Rivera Hurtado.
Entre los viejos periodistas, columnistas y articulistas –entre los que
me encuentro–, prevalece una regla no escrita de no meterse jamás con las
esposas de los funcionarios y políticos, salvo verdaderas excepciones porque la
ocasión lo amerite.
Hasta donde yo leí a quienes publican y sigo a diario, nadie acusó nunca
a la primera dama; las baterías se enfocaron en contra del presidente Enrique
Peña Nieto. A él sí se le ha puesto en tela de duda.
Pero, además, nuevamente hasta donde me queda claro, no había motivo
para señalar a la esposa del presidente. La bronca no era ni es con ella. Es
víctima de las circunstancias.
Ayer, el caricaturista estelar del diario Reforma, Calderón, publicó un cartón que es todo un editorial: pintó
a una mujer, que bien podría ser “La Gaviota”, cayendo de cabeza, azorada, en
un pozo lleno de alimañas (se ve una hiena, una víbora cobra, un lagarto) y
preguntando, como Vicente Fox, “… y yo por qué?”, mientras desde la perspectiva
de abajo se ve todavía en lo alto, en vilo, la pierna y el zapato que le dio la
patada para que cayera.
Creo que los estrategas presidenciales –si es que los hay– hicieron
exactamente eso: echaron a la señora Rivera Hurtado a las fieras para tratar de
salvar, me imagino, a la figura presidencial, concretamente a Enrique Peña
Nieto.
Admirable –y es digno de reconocérsele– que como esposa trató y trata
de salvar a su esposo, severamente cuestionado por un escándalo que se volvió
internacional porque implica corrupción y tráfico de influencias.
Deben estar tan desesperados adentro para haber tomado una decisión que
metió de lleno en los reflectores del escándalo a la señora, quien salió a dar
la cara, a exponerse, sin la garantía de que fuera a convencer y haya convencido
a la opinión pública con su explicación.
Hasta ahora, Angélica Rivera Hurtado ha mantenido más bien un papel
discreto, si la comparamos con los excesos de Martha Sahagún de Fox, con la
excepción de cuando salió en un reportaje de una revista de las llamadas “del
corazón”, donde, deliberadamente o no, hizo gala de su mansión, hoy ya su
exmansión porque dijo que vendería los derechos que tenía.
“La señora Martha”, como la llamaba Fox, se ganó a pulso la crítica y
el golpeteo mediático por su abierto protagonismo dimensionado por su ambición
por el poder, que la mantuvo en medio del escándalo y que la llevó a soñar que
sucedería en la Presidencia a su esposo.
La esposa de Peña Nieto venía cumpliendo muy bien su rol de compañera
del hombre con más poder político en México, en forma discreta, alejada de los
reflectores y del escándalo, hasta que decidieron que ella se echara la soga al
cuello, y lo ha hecho con entereza y decisión a costa, ahora sí, de que se le
cuestione directamente y de que su imagen se haya visto dañada ya, como lo
demuestran los memes en torno a su figura, más toda la ola de críticas que cayó
sobre ella en las redes sociales.
Peña Nieto me tenía sorprendido y admirado por el arranque de su
gobierno, y creo que lo reflejo en varias columnas que sobre él y su gobierno
publiqué, en especial cuando lo comparé con el papel de sus antecesores
panistas. Hoy, si ya me ha decepcionado por su pasividad cuando le están
incendiando el país y cuando Aristegui Noticias lo ha desnudado con la “casa blanca”,
su figura se me ha acabado de caer cuando autorizó que se involucrara
directamente a su esposa, que no la
protegiera. No se vale.
El presidente tiene todos los recursos para haber armado otra
estrategia de defensa y de posible explicación y por ello debió haber cuidado
hasta lo último a su compañera. En principio, el vocero de la Presidencia había
salido a tratar de frenar la ola de críticas con una declaración que si bien no
convenció a nadie marcó un posible camino a seguir, que pudo haber culminado
con la explicación directa de Peña Nieto de cara a la nación, en cadena
nacional, lo que se hubiera visto bien.
Los mexicanos esperábamos de él, no de ella, una explicación
suficiente, convincente. Optó por guardar silencio en torno al tema. Rehuyó su
responsabilidad de mantenernos informados y de ser transparente.
Como mujer, como esposa, como compañera, mis respetos para la señora
Angélica Rivera. Ojalá y su esposo valore, en todo lo que vale, el sacrificio
que acaba de hacer por él. Para las mujeres, en general, mis respetos.
Por lo demás, el tema desnudó por completo a los llamados partidos de
oposición, en particular al PAN y al PRD cuyo silencio, como escribió ayer
Carlos Puig en Milenio, fue
estruendoso; pero también a un sector de la llamada gran prensa de la ciudad de
México (López Dóriga y Televisa guardaron silencio y sólo se ocuparon de la
defensa de la señora Rivera).
Carlos Puig, en su columna “Duda razonable”, apunta que no es producto
de la casualidad que sean las reformas que tienen que ver con la corrupción las
que se han quedado olvidadas en el cajón del Pacto por México y que sería muy
tonto culpar sólo al gobierno de ese olvido.
La tragedia
mexicana –apunta– tiene parte de su
origen en que lo que une a nuestros partidos es la facilidad con la que se han
corrompido cuando tienen posiciones de poder. Nadie se ha salvado. “Hay
matices, pero no muchos. Lo único que se ha democratizado es la pasión de
políticos y funcionarios por el dinero del erario”.
Cierro con esto
que escribió ayer María Amparo Casar en Excelsior:
“… los partidos de
oposición han callado: ni condena ni exigencia de aclaración ni demanda de
apertura de una investigación. Los liderazgos partidarios en cualquiera de sus
manifestaciones –presidentes de las cámaras, líderes de las bancadas,
presidentes de los comités ejecutivos nacionales o jefes de los ejecutivos
locales– guardan un silencio cómplice. Un silencio que dice mucho del talante
de nuestros políticos, particularmente de la oposición. Vaya, cómo estarán las
cosas que ante la oportunidad de lucrar electoralmente con un presumible acto
de corrupción al más alto nivel, han preferido no hacerlo”.
La única explicación es que todos están coludidos, todos
tienen cola que les pisen y por eso todos se tapan con la misma cobija: la del
silencio, la de la corrupción, la de la impunidad.
Peña Nieto ofreció ayer hacer pública la totalidad de su
declaración patrimonial. No lo pudo ocultar. Dijo que lo haría para tratar de
“realmente ganar la confianza de la sociedad”. Lo necesita y le urge. Lo
cuestionable es por qué ha tenido que esperar un escándalo que lo señala para
hacerlo.
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