Prosa aprisa
La
prensa, el poder, el tiempo
Arturo Reyes Isidoro
No. No es fácil la
relación prensa-poder cuando el periodista decide optar por el ejercicio
profesional con apego a su criterio, chueco o derecho, acertado o equivocado,
tratando de interpretar los hechos, la realidad, señalando, analizando, pero
ajeno a los intereses del poder aun cuando quiera contribuir a la
gobernabilidad, pensando en los intereses de los lectores, que no son más que
los de los ciudadanos (qué curioso: finalmente la prensa y el poder tienen el
mismo objetivo, la misma finalidad: servir a los ciudadanos).
Menos se es fácil cuando
la lectura se hace desde el poder no con la serenidad, la razón y el
entendimiento, el espíritu crítico y autocrítico, sino con la víscera que hace
pensar al hombre de poder que solo él tiene la razón y la verdad y que es
infalible o que porque él está en el poder la institución es infalible o que
debe ser intocable.
El domingo pasado, en su
cartón dominical de poco más de un cuarto de plana que semana a semana publica
en el diario Reforma, el caricaturista-analista-editorialista
(un dibujo con idea es un verdadero editorial) Calderón, con el título
“Serénense”, analizó el caso de Julián Assange (el famoso personaje de
Wikileaks) perseguido, en el fondo, por el gobierno de Estados Unidos por haber
revelado miles de documentos secretos que pusieron al descubierto las sucias
maniobras con que el gobierno norteamericano interviene en asuntos de los
países del mundo y que ahora ha creado un conflicto diplomático entre Gran
Bretaña y Ecuador así como un debate internacional por haberle sido otorgado
asilo político por parte del gobierno ecuatoriano en nombre de la libertad de
expresión cuando ese gobierno en su propio país se distingue precisamente por
perseguir a los periodistas. Concluye Calderón: “Toda noticia tiene anverso y
reverso, y todo periodismo implica escepticismo. Sí, pero ante todo, los
hechos”.
El pasado 6 de agosto, el
periodista Jorge Fernández Menéndez abordó en su columna, que publica en el
diario Excelsior, un caso que ilustra
muy bien esa difícil relación prensa-poder y que deja la lección de cómo,
finalmente, el tiempo pone a cada quien en su lugar porque se imponen los
hechos. La transcribo casi en su totalidad para un mejor entendimiento:
“Fue hace mucho tiempo, en
1999. Faltaban unas semanas para que Mario
Villanueva Madrid entregara el gobierno de Quintana Roo a su
sucesor Joaquín Hendricks. Los hechos ya los hemos contado en
otras oportunidades, incluido el libro El otro poder (Aguilar, 2001). Desde
varios años atrás habíamos investigado y publicado sobre las presuntas
relaciones del entonces gobernador Villanueva
con el narcotráfico y con otros delitos, que iban desde el tráfico de personas,
sobre todo de cubanos, hasta el secuestro y el asesinato de miembros de la
inteligencia militar que estaban indagando las denuncias sobre presencia del
narcotráfico en la entidad que gobernaba.
Villanueva me había advertido que no siguiera con esas publicaciones; me había
amenazado (incluso en alguna oportunidad envió al que era entonces mi domicilio
una corona de flores con una tarjeta ‘siempre te leo, Mario’) y había
utilizado todo el repertorio de un gobernador que se vanagloriaba en esos años
de no tener piedad con sus adversarios y enemigos. Pero los últimos meses de su
gobierno habían sido de un declive terrible para su causa: se sucedían las
denuncias y resultaba evidente que no tenía apoyo ni dentro ni fuera del PRI
que, a su vez, sabía que Villanueva
era un lastre para el cercano proceso de sucesión presidencial.
Fue entonces cuando,
saliendo de una reunión en la Secretaría de Gobernación, como supe más tarde,
reconstruyendo los hechos, Mario
Villanueva decidió ir a verme a la que era entonces mi oficina
particular. Llegaron primero sus custodios que prácticamente tomaron las
oficinas y cuando pensaba que las cosas se pondrían realmente difíciles, llegó Villanueva
ensombrecido, apagado, con un tono de voz tenue y se sentó frente a mi
escritorio. Recuerdo que enrollaba con sus dedos su corbata mientras me decía
que todo lo que había publicado en los últimos años era verdad, que había
recibido dinero, que había ayudado a que ingresaran personas de Cuba, por
Cancún, y varios otros temas, pero que él no era narcotraficante. Me pidió que
lo ayudara. Le dije que no podía, que sus verdaderos acusadores no éramos los
periodistas ni yo en lo particular: que las acusaciones en su contra provenían
del gobierno federal, de la Secretaría de la Defensa, de prominentes
empresarios que habían sido extorsionados, y del gobierno de Estados Unidos,
que ya le había abierto un proceso años atrás por narcotráfico en una corte de
Manhattan y que se había indignado cuando, violando todo tipo de leyes y
acuerdos, Villanueva
había decidido ‘expulsar’ —poniéndolo a la fuerza en un avión comercial— al
cónsul de EU que estaba investigando la muerte de unos springbreakers
por consumir drogas en centros nocturnos de Cancún. Esas eran las fuentes con
las que había trabajado para hacer avanzar la investigación pese a las amenazas
de Villanueva.
El entonces gobernador me
dijo que lo entendía; se despidió en forma cortés y se fue. Nunca más lo volví
a ver, entre otras razones porque unos días después se fugó, antes de entregar
el poder, después de una visita a su entonces homólogo (y protector político) Víctor Cervera Pacheco,
en Mérida. Villanueva
estuvo huyendo en Cuba (donde la relación con Villanueva provocó la caída del canciller Roberto Robaina y del ministro de
Turismo, Osmany Cienfuegos),
en Panamá, en Costa Rica. Un par de años después fue apresado cuando regresaba
a Quintana Roo y estuvo detenido en México, de donde terminó siendo extraditado
a Estados Unidos, para hacer frente a aquellas acusaciones de mediados de los
años noventa en una corte de Nueva York.
Apenas la semana pasada,
13 años después de esa visita a mis oficinas, Mario Villanueva se declaró culpable
del delito de lavado de dinero del crimen organizado, por lo que le espera,
dicen los fiscales en Nueva York, una sentencia de 20 años de cárcel. Hubo un
acuerdo judicial porque, de otra forma, aseguran, Villanueva
hubiera podido sufrir varias condenas de 20 años acumulables por los diversos
delitos, otros 13 además del reconocido, por los que se le juzgaba en la Unión
Americana. Así se cierra, no sé si la historia, pero por lo menos el principal
capítulo del ex gobernador”.
Ha pasado el tiempo y hoy
Fernández Menéndez podría ser quien le devolviera la corona a Villanueva, allá
en donde está en la prisión (y quién sabe si salga con vida de ella) con una
tarjeta que dijera: Siempre te sigo, Mario. Hoy, el articulista de Excelsior goza de credibilidad, de
prestigio, es leído (y escuchado y visto porque participa también en la radio y
en la televisión) y es respetado y sigue haciendo opinión (él fue amigo,
cercano amigo, como pocos, de Luis Donaldo Colosio y lo acompañó siempre en su
campaña hasta el atentado), mientras que el ex gobernador se seca –y se muere–
en la sombra. En la relación prensa-poder, finalmente la cita es con el tiempo.
Sin duda alguna.
Todo esto lo publiqué el
20 de agosto de 2012. Fue mi respuesta ante la represión que un día antes se
inició en mi contra desde el poder (entonces la titular de Comunicación Social
era Gina Domínguez) sólo porque en mi columna del 19 de agosto, un día antes,
publiqué que la credibilidad oficial estaba en duda, ya que los propios medios
internacionales (El País, de España, por ejemplo, o Artículo 19), no yo, habían
puesto en duda la declaración del entonces Procurador General de Justicia,
Felipe Amadeo Flores Espinosa, de que se había aclarado la muerte de cinco
periodistas.
Casi dos años y medio
después sigo pensando lo mismo, si bien hace tiempo no he sido ya molestado
desde el poder: En la relación prensa-poder, finalmente la cita es con el
tiempo. Sin duda alguna.
Lo he traído a colación
porque, qué cosas de la vida, de aquel gobernador que se vanagloriaba de no
tener piedad con sus adversarios y enemigos, como lo publicó Fernández
Menéndez, y que como amenaza envió una corona de flores a casa del periodista
que lo señalaba con base en fuentes del propio gobierno de México como de los
Estados Unidos, hoy, nuevamente, ha recurrido a otro periodista clamando ayuda.
Ciro Gómez Leyva, en su
columna “La historia en breve”, que ahora aparece en El Universal, publicó ayer la síntesis de una carta dramática que
le envió Villanueva desde la prisión-hospital federal de Lexington, Kentucky, Estados
Unidos, donde le dice que su salud anda mal y que las enfermedades, en especial
las pulmonares, han venido empeorando.
Al final le dice: “Me
atrevo a pedirte que me ayudes, Ciro. Por favor, échame la mano. Van tres años
y ocho meses en la cárcel, y en México (seguramente se equivocó y quiso decir
en Estados Unidos) me espera cadena perpetua por algo que no hice. Los golpes
han sido muy duros y hay problemas en la casa, porque mi esposa ya no resistió
y está en una crisis nerviosa muy difícil. Estuvo a punto de la apoplejía. Pero
mi voluntad es inquebrantable, mi mente es fuerte, sigue clara y limpia y las
enfermedades no me impedirán lograr que prevalezca la verdad”.
No sólo es una frase
común, hecha. Es cierto: el tiempo no perdona, y pone a cada quien en su lugar.
El poder político es pasajero, prestado, pero luego el hombre de poder en el
poder no lo entiende ni lo quiere entender y menos aprender. La lección de
Mario Villanueva ahí está y es eso, una lección para que aprenda el que quiera
aprender.

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