miércoles, 28 de enero de 2015

La prensa, el poder, el tiempo

Prosa aprisa
La prensa, el poder, el tiempo
Arturo Reyes Isidoro

No. No es fácil la relación prensa-poder cuando el periodista decide optar por el ejercicio profesional con apego a su criterio, chueco o derecho, acertado o equivocado, tratando de interpretar los hechos, la realidad, señalando, analizando, pero ajeno a los intereses del poder aun cuando quiera contribuir a la gobernabilidad, pensando en los intereses de los lectores, que no son más que los de los ciudadanos (qué curioso: finalmente la prensa y el poder tienen el mismo objetivo, la misma finalidad: servir a los ciudadanos).
Menos se es fácil cuando la lectura se hace desde el poder no con la serenidad, la razón y el entendimiento, el espíritu crítico y autocrítico, sino con la víscera que hace pensar al hombre de poder que solo él tiene la razón y la verdad y que es infalible o que porque él está en el poder la institución es infalible o que debe ser intocable.
El domingo pasado, en su cartón dominical de poco más de un cuarto de plana que semana a semana publica en el diario Reforma, el caricaturista-analista-editorialista (un dibujo con idea es un verdadero editorial) Calderón, con el título “Serénense”, analizó el caso de Julián Assange (el famoso personaje de Wikileaks) perseguido, en el fondo, por el gobierno de Estados Unidos por haber revelado miles de documentos secretos que pusieron al descubierto las sucias maniobras con que el gobierno norteamericano interviene en asuntos de los países del mundo y que ahora ha creado un conflicto diplomático entre Gran Bretaña y Ecuador así como un debate internacional por haberle sido otorgado asilo político por parte del gobierno ecuatoriano en nombre de la libertad de expresión cuando ese gobierno en su propio país se distingue precisamente por perseguir a los periodistas. Concluye Calderón: “Toda noticia tiene anverso y reverso, y todo periodismo implica escepticismo. Sí, pero ante todo, los hechos”.
El pasado 6 de agosto, el periodista Jorge Fernández Menéndez abordó en su columna, que publica en el diario Excelsior, un caso que ilustra muy bien esa difícil relación prensa-poder y que deja la lección de cómo, finalmente, el tiempo pone a cada quien en su lugar porque se imponen los hechos. La transcribo casi en su totalidad para un mejor entendimiento:
“Fue hace mucho tiempo, en 1999. Faltaban unas semanas para que Mario Villanueva Madrid entregara el gobierno de Quintana Roo a su sucesor Joaquín Hendricks. Los hechos ya los hemos contado en otras oportunidades, incluido el libro El otro poder (Aguilar, 2001). Desde varios años atrás habíamos investigado y publicado sobre las presuntas relaciones del entonces gobernador Villanueva con el narcotráfico y con otros delitos, que iban desde el tráfico de personas, sobre todo de cubanos, hasta el secuestro y el asesinato de miembros de la inteligencia militar que estaban indagando las denuncias sobre presencia del narcotráfico en la entidad que gobernaba.
Villanueva me había advertido que no siguiera con esas publicaciones; me había amenazado (incluso en alguna oportunidad envió al que era entonces mi domicilio una corona de flores con una tarjeta ‘siempre te leo, Mario’) y había utilizado todo el repertorio de un gobernador que se vanagloriaba en esos años de no tener piedad con sus adversarios y enemigos. Pero los últimos meses de su gobierno habían sido de un declive terrible para su causa: se sucedían las denuncias y resultaba evidente que no tenía apoyo ni dentro ni fuera del PRI que, a su vez, sabía que Villanueva era un lastre para el cercano proceso de sucesión presidencial.
Fue entonces cuando, saliendo de una reunión en la Secretaría de Gobernación, como supe más tarde, reconstruyendo los hechos, Mario Villanueva decidió ir a verme a la que era entonces mi oficina particular. Llegaron primero sus custodios que prácticamente tomaron las oficinas y cuando pensaba que las cosas se pondrían realmente difíciles, llegó Villanueva ensombrecido, apagado, con un tono de voz tenue y se sentó frente a mi escritorio. Recuerdo que enrollaba con sus dedos su corbata mientras me decía que todo lo que había publicado en los últimos años era verdad, que había recibido dinero, que había ayudado a que ingresaran personas de Cuba, por  Cancún, y varios otros temas, pero que él no era narcotraficante. Me pidió que lo ayudara. Le dije que no podía, que sus verdaderos acusadores no éramos los periodistas ni yo en lo particular: que las acusaciones en su contra provenían del gobierno federal, de la Secretaría de la Defensa, de prominentes empresarios que habían sido extorsionados, y del gobierno de Estados Unidos, que ya le había abierto un proceso años atrás por narcotráfico en una corte de Manhattan y que se había indignado cuando, violando todo tipo de leyes y acuerdos, Villanueva había decidido ‘expulsar’ —poniéndolo a la fuerza en un avión comercial— al cónsul de EU que estaba investigando la muerte de unos springbreakers por consumir drogas en centros nocturnos de Cancún. Esas eran las fuentes con las que había trabajado para hacer avanzar la investigación pese a las amenazas de Villanueva.
El entonces gobernador me dijo que lo entendía; se despidió en forma cortés y se fue. Nunca más lo volví a ver, entre otras razones porque unos días después se fugó, antes de entregar el poder, después de una visita a su entonces homólogo (y protector político) Víctor Cervera Pacheco, en Mérida. Villanueva estuvo huyendo en Cuba (donde la relación con Villanueva provocó la caída del canciller Roberto Robaina y del ministro de Turismo, Osmany Cienfuegos), en Panamá, en Costa Rica. Un par de años después fue apresado cuando regresaba a Quintana Roo y estuvo detenido en México, de donde terminó siendo extraditado a Estados Unidos, para hacer frente a aquellas acusaciones de mediados de los años noventa en una corte de Nueva York.
Apenas la semana pasada, 13 años después de esa visita a mis oficinas, Mario Villanueva se declaró culpable del delito de lavado de dinero del crimen organizado, por lo que le espera, dicen los fiscales en Nueva York, una sentencia de 20 años de cárcel. Hubo un acuerdo judicial porque, de otra forma, aseguran, Villanueva hubiera podido sufrir varias condenas de 20 años acumulables por los diversos delitos, otros 13 además del reconocido, por los que se le juzgaba en la Unión Americana. Así se cierra, no sé si la historia, pero por lo menos el principal capítulo del ex gobernador”.
Ha pasado el tiempo y hoy Fernández Menéndez podría ser quien le devolviera la corona a Villanueva, allá en donde está en la prisión (y quién sabe si salga con vida de ella) con una tarjeta que dijera: Siempre te sigo, Mario. Hoy, el articulista de Excelsior goza de credibilidad, de prestigio, es leído (y escuchado y visto porque participa también en la radio y en la televisión) y es respetado y sigue haciendo opinión (él fue amigo, cercano amigo, como pocos, de Luis Donaldo Colosio y lo acompañó siempre en su campaña hasta el atentado), mientras que el ex gobernador se seca –y se muere– en la sombra. En la relación prensa-poder, finalmente la cita es con el tiempo. Sin duda alguna.
Todo esto lo publiqué el 20 de agosto de 2012. Fue mi respuesta ante la represión que un día antes se inició en mi contra desde el poder (entonces la titular de Comunicación Social era Gina Domínguez) sólo porque en mi columna del 19 de agosto, un día antes, publiqué que la credibilidad oficial estaba en duda, ya que los propios medios internacionales (El País, de España, por ejemplo, o Artículo 19), no yo, habían puesto en duda la declaración del entonces Procurador General de Justicia, Felipe Amadeo Flores Espinosa, de que se había aclarado la muerte de cinco periodistas.
Casi dos años y medio después sigo pensando lo mismo, si bien hace tiempo no he sido ya molestado desde el poder: En la relación prensa-poder, finalmente la cita es con el tiempo. Sin duda alguna.
Lo he traído a colación porque, qué cosas de la vida, de aquel gobernador que se vanagloriaba de no tener piedad con sus adversarios y enemigos, como lo publicó Fernández Menéndez, y que como amenaza envió una corona de flores a casa del periodista que lo señalaba con base en fuentes del propio gobierno de México como de los Estados Unidos, hoy, nuevamente, ha recurrido a otro periodista clamando ayuda.
Ciro Gómez Leyva, en su columna “La historia en breve”, que ahora aparece en El Universal, publicó ayer la síntesis de una carta dramática que le envió Villanueva desde la prisión-hospital federal de Lexington, Kentucky, Estados Unidos, donde le dice que su salud anda mal y que las enfermedades, en especial las pulmonares, han venido empeorando.
Al final le dice: “Me atrevo a pedirte que me ayudes, Ciro. Por favor, échame la mano. Van tres años y ocho meses en la cárcel, y en México (seguramente se equivocó y quiso decir en Estados Unidos) me espera cadena perpetua por algo que no hice. Los golpes han sido muy duros y hay problemas en la casa, porque mi esposa ya no resistió y está en una crisis nerviosa muy difícil. Estuvo a punto de la apoplejía. Pero mi voluntad es inquebrantable, mi mente es fuerte, sigue clara y limpia y las enfermedades no me impedirán lograr que prevalezca la verdad”.
No sólo es una frase común, hecha. Es cierto: el tiempo no perdona, y pone a cada quien en su lugar. El poder político es pasajero, prestado, pero luego el hombre de poder en el poder no lo entiende ni lo quiere entender y menos aprender. La lección de Mario Villanueva ahí está y es eso, una lección para que aprenda el que quiera aprender.





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