Prosa aprisa
Obsesiones que entrampan
Arturo Reyes Isidoro
El bienio que recién concluyó estuvo dominado por la obsesión del
entonces gobernador Miguel Ángel Yunes Linares contra su antecesor Javier
Duarte de Ochoa.
Creo que la buena imagen que le pudieron haber reportado algunos logros
que tuvo su administración se perdió por el ruido mediático contra el último
gobernador priista.
Duarte fue su obsesión como aspirante a la gubernatura, como
precandidato y como candidato, y luego como gobernador electo y ya como gobernador
constitucional; como exgobernador creo que todavía lo sueña.
Javier está vivito y coleando, ciertamente en prisión, pero vive como
rey en su encierro, no han podido (o no han querido) hacer que reponga lo que
malversó y está a meses (36 si es que va a salir dentro de tres años) de quedar
en libertad.
Yunes en cambio perdió la gubernatura a través de su hijo y, creo que
todavía peor, perdió el tiempo persiguiendo al gordo en lugar de procurar el
mayor bienestar para los veracruzanos (y ganar votos, de paso), cuando para eso
había autoridades competentes que podían enjuiciar y juzgar a Duarte.
Hoy pareciera que se repite la historia aunque con otros actores: Jorge
Winckler Ortiz, Fiscal General del Estado, parece haberse convertido en la obsesión
de la nueva administración morenista, en especial del Secretario de Gobierno,
Eric Cisneros.
Con
un gobierno cuyo partido avasalló y controla el Ejecutivo y el Legislativo
federal y local, es una necesidad que existan los contrapesos. En cualquier democracia
siempre es necesaria y esencial la división de poderes, así como el respeto a
la autonomía de los órganos independientes, más allá de quién los encabece.
La
pretensión es que Winckler deje el cargo señalado de no haber cumplido ni estar
cumpliendo a cabalidad con su responsabilidad, en parte presuntamente por haber
obedecido consignas del exgobernador Yunes, quien lo llevó a la titularidad de
la Fiscalía.
Para
ese propósito se han iniciado una serie de mecanismos a efecto de dotar de
legalidad su salida, aparte de una serie de descalificativos en su contra, que
lo que parecía o debió ser una disputa política ha derivado en un pleito
personal que, creo, está entrampando a los nuevos huéspedes del Palacio de
Gobierno.
Si
se hace una revisión hemerográfica y en los archivos virtuales, se advertirá
que diciembre, el primer mes de gobierno de la nueva administración, estuvo
dominado por Winckler. Lo convirtieron en la estrella del momento cuando ese
papel debió ser solo para Cuitláhuac García.
Para
cualquier buen observador se puso de manifiesto que la disputa verbal-mediática
exhibió en el nuevo gobierno la falta del más valioso de los recursos de todo buen
político: el diálogo, que debió ejercer un buen negociador político, papel
siempre desempeñado por el Secretario de Gobierno, cuyo caso no es ahora porque
el actual mantiene abierta una confrontación con el fiscal al que se pretende
que se vaya.
Si
quieren quitarse una herencia yunista, me pregunto por qué entonces no optaron
por una buena negociación, ofrecerle a Winckler una salida decorosa en lugar de
entrar en una confrontación que mediáticamente ya desgasta la imagen de la
joven administración y cuya disputa legal puede alargarse.
¿Por
qué no lo intentan antes de que pase más tiempo, esto es, cuando todavía se
está a tiempo de llegar a un mal arreglo en lugar de un buen pleito? Ya hemos
visto cómo el presidente López Obrador ha aceptado públicamente que se han
equivocado y ha procedido a corregir de inmediato, como fue el caso del
presupuesto para las universidades públicas del país.
El
mismo gobernador Cuitláhuac García corrigió a tiempo una falta política cuando
llamó a dos diputados federales veracruzanos de oposición para aclarar una
descortesía que cometieron con ellos en la primera visita que hizo al Estado el
presidente López Obrador el 2 de diciembre. Uno de ellos incluso, Héctor Yunes
Landa, del PRI, acudió invitado al Palacio de Gobierno para tomarse un café con
el titular del Ejecutivo (véase “Prosa aprisa” del 5 de diciembre pasado “Se equivocaron
y corrigió el error”).
¿Es
que no ha habido alguien de su gobierno o incluso de su bancada en el Congreso
local, el presidente de la Junta de Coordinación Política, Juan Javier Gómez
Cazarín, o el de la Mesa Directiva de la Legislatura, Juan Manuel Pozos Castro,
que se hayan ofrecido, porque sean capaces, para dialogar con Winckler a efecto
de pavimentar el camino por el que se pueda ir?
Me
llamó la atención un detalle del domingo pasado cuando el gobernador García
acudió a la guardia para conmemorar la expedición de la Ley Agraria de 1915 en
el puerto de Veracruz. Al responder a reporteros sobre grupos de autodefensa,
públicamente coincidió con el alcalde panista Fernando Yunes Márquez de que en
el municipio no existe, pero también respondió a otro cuestionamiento sobre
feminicidios aludiendo a Winckler.
Cuitláhuac
conminó al fiscal en forma respetuosa a que se ponga “las pilas”, a que se
ponga a trabajar para resolver los casos como el ocurrido a orilla de la Laguna
de Lagartos en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río, pero no lo insultó.
Hay
obsesiones que entrampan. Yunes Linares es el mejor ejemplo. ¿Por qué no se
intenta el diálogo, la negociación, en el diferendo que hay ahora con el
fiscal? Por el rumbo que han tomado las cosas, no se ve que el más idóneo para
intentarlo sea el Secretario de Gobierno. ¿Quién?
En
la naciente administración hay una persona joven, con oficio político
fortalecido por su sólida preparación académica y su experiencia en diversas
actividades y cargos que ha tenido, Salvador Patricio Millar, Director de
Política Regional, que creo que podría ser la persona adecuada. Es de lo bueno
que tiene el gobierno de Cuitláhuac, a cuya línea directa responde, y tal vez
sería un buen interlocutor con Winckler para llegar al mejor arreglo y zanjar
de una vez por todas una disputa que a ninguno de las partes conviene y cuyas
consecuencias finalmente pagan los veracruzanos pues el fiscal no procura
justicia por estar entretenido en ver cómo se defiende.
Pero
diálogo, falta el diálogo. Es muy sabio el dicho de que hablando se entiende la
gente.

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