Prosa aprisa
Nuevo reto para la oposición
Arturo
Reyes Isidoro
En
las últimas fechas he venido comentando el reto que tendrá la oposición
política (partidos ya constituidos y por constituirse) para librar con éxito la
elección de 2021, dentro de 18 meses, cuando se elegirán diputados y
presidentes municipales.
Una
pregunta obligada es qué tienen para ofrecer al electorado, para los que votan,
población de clase media para abajo, con un alto porcentaje de personas en
pobreza o en pobreza extrema.
Todavía
estamos muy lejos de una democracia como la de los países desarrollados, pues a
lo largo de sus más de setenta años en el poder el PRI pervirtió el libre
ejercicio del voto con malas prácticas como la de inducir el sufragio con
despensas compradas con recursos públicos o de plano comprar el voto el mero
día de las elecciones. El PAN lo imitó después.
La
papeleta, pues, se mercantilizó y el electorado quedó habituado a recibir algo
a cambio de favorecer a algunas de las opciones políticas, a la que más da,
aunque aceptando también lo que le ofrecen las otras.
¿Bastará
con los discursos de los candidatos? ¿Será suficiente solo el nombre de los
aspirantes con su respectiva trayectoria? ¿Convencerán al electorado solo con
promesas como las de siempre? ¿Serán garantía de triunfo las siglas y colores
de su partido?
Morena
no resultó mal alumno en eso de manipular el voto pero, opino, lo está haciendo
en forma más refinada y efectiva: entregando dinero en efectivo en programas
sociales en lugar de despensas (tengo entendido que ya rebasó con mucho el
millón de beneficiados en todo el Estado).
Se
enfrentarán, pues, en 2021, discursos y promesas contra dinero en efectivo.
Y
a medida que corre el tiempo ya con el gobierno de la llamada Cuarta
Transformación (4T) en el poder, parece vislumbrarse que el próximo año la
oposición a Morena enfrentará un nuevo elemento: la comparación que hará el
elector entre las prácticas de unos y otros y cuáles, las de quiénes, les
reportan beneficios o más beneficios, o les parecen mejor.
Un
ejemplo a la mano: ayer vinieron al municipio de Papantla dos secretarios de
Estado, la de Bienestar (antes Sedesol, María Luisa Albores González) y el de
la Sedatu (Román Meyer Falcón), así como el Procurador Agrario (Luis Hernández
Mirón), para entregar títulos de propiedad a dos núcleos ejidales, así como
para visitar dos comunidades a una hora y a una hora veinte minutos de la
cabecera municipal, respectivamente. Los acompañó el delegado de programas para
el Desarrollo en el Estado (Manuel Huerta).
Los
funcionarios del gobierno de López Obrador viajaron por tierra de la Ciudad de
México a Papantla, llegaron directamente al edificio de la Ganadera a trabajar
y luego se fueron a las comunidades Benito Juárez y Los Solteros (así se
llama), viaje en el que constataron las pésimas condiciones del camino, una
parte pavimentada y otra de terracería, en partes casi intransitable.
Viajaron
sin mayor aparato, sin secretarios, “ayudantes”, “auxiliares”, asesores ni
guaruras. En Los Solteros comieron con los pobladores mole con carne de
guajolote y arroz y tomaron agua de carambola. De ahí regresaron al parque
Takilhsukut en El Tajín para luego retornar a la CDMX por tierra, como
vinieron, y sin hacer mayor ruido.
(El
único que se vio mal, porque llevó escolta y patrulla, fue el titular de la
Sedesol estatal, Guillermo Fernández Sánchez, mientras que el gobernador
Cuitláhuac García Jiménez estuvo ausente casi toda la jornada hasta la tarde en
que llegó a El Tajín.)
Si
se hubiera tratado de funcionarios de gobiernos del PRI o del PAN, los
secretarios hubieran viajado en avión oficial al puerto de Veracruz, luego se
hubieran ido al café de La Parroquia a disfrutar de lecheros, canillas y
tirados con cargo al erario, hubieran hecho mucho ruido mediático y después
hubieran ido a abordar un helicóptero para viajar a Papantla y de ahí a las
comunidades, siempre rodeados de guaruras, “ayudantes”, “auxiliares”, asesores
y quizá hasta de edecanes, además de que hubieran mandado “avanzadas” y los
hubieran escoltado policías estatales y federales, así como escoltas
personales, y se hubieran hecho acompañar por su “fuente” de prensa, todo con
los respectivos gastos que ello hubiera implicado. De ahí hubieran retornado en
helicóptero al puerto jarocho para comer en algunos de los más caros
restaurantes de carnes o mariscos, para después retornar a la CDMX en avión.
Tal
vez ahora no se note mucho pero llegará el momento en que el ciudadano compare
la austeridad de unos y el dispendio de otros y eso decida el sentido de su
voto. La oposición tendrá que ir pensando cómo superar ese reto, si es que los
morenos mantienen su forma de conducirse.
Sentencia amaga libertad de expresión
Me
pregunto si alguien de quienes están al pendiente de la vida política del país duda
que el exgobernador de Coahuila y exlíder nacional del PRI, Humberto Moreira, fue
un verdadero corruptazo a su paso por la función pública.
Hace
cuatro años, en enero de 2016, fue detenido en Madrid acusado de lavado de
dinero. Entonces, el académico y articulista del diario Reforma, Sergio Aguayo Quezada, publicó acertadamente:
"Humberto Moreira se enfrenta, finalmente,
a una justicia: la española, que con ese acto muestra que las instituciones
mexicanas son virtuosas en la protección de los corruptos". Decía una gran
verdad.
Puntualizó: "Moreira es un político que
desprende el hedor corrupto; que en el mejor de los escenarios fue omiso ante
terribles violaciones a los derechos humanos cometidos en Coahuila, y que,
finalmente, es un abanderado de la renombrada impunidad mexicana".
Protegido entonces del presidente Enrique Peña
Nieto, el coahuilense se dio por ofendido y en julio de aquel año demandó a
Aguayo Quezada por daño moral.
Para sorpresa de todos, en octubre de 2019 la
Sexta Sala Civil del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México lo
encontró culpable y lo sentenció a pagar 10 millones de pesos a su demandante,
y ahora, el lunes, el juez 16 de lo Civil, Francisco Castillo González, lo
requirió para que depositara una fianza de 450 mil pesos o de otra forma le
embargaría sus bienes para obligarlo a pagar la suma millonaria.
Ayer mismo la oficina de la ONU para Derechos
Humanos en México, Amnistía Internacional, Artículo 19 y la misma Jefa de
Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheimbaum, expresaron su preocupación
y pidieron que se investigue a jueces y magistrados del caso por conflicto de
intereses. La sentencia, alertaron, puede afectar seriamente la libertad de
expresión en el país pues de lo que se trata es de acallar la crítica
periodística.
El influyente diario El País “cabeceó” la nota respectiva con el siguiente título: “Una
sentencia contra un periodista y académico golpea la libertad de expresión en
México” y en la entrada de su nota dijo que la sentencia “ha despertado los
peores fantasmas sobre la vulnerabilidad de la libertad de expresión en México”.
Desde este espacio me sumo a la condena por la
medida, pues constituye una amenaza para quienes ejercemos el derecho a la
libertad de expresión con nuestras publicaciones diarias y le expreso toda mi
solidaridad a Sergio Aguayo, una de las mentes más lúcidas de México y de
lectura imprescindible.
¡El colmo! Ahora resulta que un juez determina
que Moreira es una blanca paloma.

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