Prosa aprisa
Que este
año sí se acaba la inseguridad
Arturo Reyes Isidoro
Miguel
Ángel Yunes Linares gobernador se fijó un plazo de seis meses para recuperar la
seguridad para los veracruzanos.
El
4 de abril de 2016, como candidato, al presentar en Coatzacoalcos un decálogo
con las acciones para enfrentar la emergencia en materia de seguridad pública,
aseguró que tenía la experiencia suficiente para lograrlo y la “mano dura” para
actuar contra los delincuentes. Fracasó rotundamente (ese mismo día anunció que
designaría como secretario de Seguridad Pública a un militar de alto rango, lo
que al asumir el cargo de gobernador no cumplió).
Cuitláhuac
García Jiménez se planteó un plazo de veinticuatro meses, dos años, para lograr
el mismo propósito. Está por verse.
Optimista,
el fin del año 2019 aseguró que siendo Veracruz uno de los estados más poblados
del país es también de los más seguros.
Reiteró
su ofrecimiento de que al final de este 2020 se “concluirá” con su promesa de
campaña de garantizar la seguridad para los veracruzanos.
Este
año, pues, será crucial para que el Estado deje atrás la etapa de zozobra en que
vive desde hace ya un tiempo considerable (el gobernador lo cifra en diez años
atrás) con un saldo que se puede medir en ríos de sangre, montañas de cadáveres
y una gran nebulosa de desaparecidos.
Al
término del año recién pasado el gobernador insistió, lo mismo en las llamadas
Mesas de Construcción para la Paz que en un video en las redes sociales así
como en una declaración a Radio Televisión de Veracruz (RTV), que el índice
delictivo bajó.
Qué
no quisiéramos los veracruzanos. Estoy seguro que no hay uno solo que no desee
que el mandatario estatal tenga éxito en su tarea de pacificar al Estado.
Pero
su optimismo choca con la realidad y con la percepción que tiene la población.
Preocupa que se atenga a cifras de organismos nacionales y que no lleve su
propia numeralia en materia de seguridad con base no solo en las denuncias
formales que se presentan sino en lo que van registrando a diario los medios de
toda la entidad.
Porque
los porcentajes en los que se basa para pregonar su buena nueva de que han
bajado los delitos se sustenta solo en las averiguaciones previas y en las
carpetas de investigación iniciadas, en el caso de Veracruz, por la Fiscalía
General del Estado.
Pero
resulta que las víctimas prefieren no presentar denuncias porque desconfían de
las propias autoridades o porque saben que solo van a perder su tiempo sin
resultado alguno.
El
propio gobernante da la impresión de no tener certeza de las cifras que maneja pues,
por ejemplo, en su comparecencia en el Congreso local con motivo de su Primer
Informe de Gobierno el 10 de diciembre citó que el índice delictivo bajó 20 por
ciento, pero días después, al final del año, insistía en que era de 10 por
ciento: de 28 a 18 por ciento.
Es
preocupante, pues, que esté esperando lo que indiquen los organismos nacionales
como el Centro Nacional de Información del Secretariado Ejecutivo del Sistema
Nacional de Seguridad Pública y no que se atenga a la información de primera
mano que un buen equipo de asesores le vaya documentando con registros diarios
de todos los rincones de la entidad.
Por
ejemplo, al mismo tiempo que presumía una baja en la incidencia delictiva, en
Coatzacoalcos el último día del año ocurrían los dos últimos cortinazos de
2019, el asalto a una farmacia a unos metros del palacio municipal y el asalto
al periodista Carlos Velasco Jara, más conocido allá como Cevejara, en su
domicilio, a quien dejaron amarrado junto con su esposa.
En
total, tan solo en diciembre los delincuentes arrancaron por la fuerza con
vehículos las cortinas de dieciséis negocios para robarlos. Llama la atención
que ante el ruido que seguramente produce un delito así ningún vecino denuncie,
también seguramente por temor, y que la policía no se percate de nada.
Me
tocó estar en ese puerto el día de uno de los cortinazos y escuché el llanto de
impotencia de una de las víctimas mientras hacía declaraciones a la radio, así
como, circunstancialmente, que el hermano de otra víctima tuviera que
entrevistarse conmigo.
Me
platicó que no era el primer robo que sufría el negocio de su hermana. Antes
habían intentado secuestrar a su cuñado, no lográndolo pero sí se habían
llevado la mercancía. Prácticamente huyeron hacia Mérida. No cerraron el
negocio con la intención de ver si se recuperaban para pagar lo que deben. El
cortinazo del 27 de diciembre los derrumbó por completo.
Dos
mil diecinueve cerró sin que se aclarara la masacre del bar Caballo Blanco en
esa misma ciudad y que en otro punto de la entidad no se supiera nada de los
comerciantes de Ixtaczoquitlán desaparecidos luego de ser detenidos por la
policía municipal, ni que se aclarara el secuestro de una familia completa en Isla,
en noviembre. Y como esos, cientos, acaso miles, de casos más.
Pero
en el caso de Coatzacoalcos, el 24 de diciembre el gobernador presumió que
había sacado a ese municipio de entre los cincuenta más violentos del país.
Ningún porteño del sur lo cree.
Hasta
septiembre, cuando echaron “temporalmente” del cargo al fiscal general del
Estado, Jorge Winckler, a él lo culparon de todos los delitos. La situación no
ha mejorado pero guardan silencio ante la sustituta de manera provisional o la
elogian no obstante los pobres resultados y la impunidad que prevalece en grado
superlativo.
En
su última declaración de 2019 a RTV, Cuitláhuac aseguró que hay mayor
seguridad, que el nivel delictivo ha bajado a nivel general, que falta por
hacer pero que ya se “marcó el rumbo” y que sus colaboradores ya entendieron
“de qué se trata”.
Corre
el tiempo ya del segundo año que se marcó para acabar con la inseguridad.
Démosle el beneficio de la duda aunque se ve muy aventurado. Pero confiemos.
Solo faltan doce meses para comprobar que estaba en lo cierto.
Ya
no se puede seguir culpando a Winckler, o a Yunes, o a los del pasado. La
responsabilidad es toda y únicamente suya. De nadie más.

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