Prosa
aprisa
Sobre trolls
y bots
Arturo Reyes Isidoro
Si el joven colega Aurelio
Contreras Moreno no lo hubiera explicado con toda claridad en una de sus columnas periodísticas el pasado 30 de mayo,
no lo tuviera suficientemente claro, yo que, lo confieso, soy de la generación
de la máquina de escribir manual, del siglo pasado, en la que me formé y
aprendí a escribir en letra de molde.
Habla Aurelio de dos figuras que
en el ciberargot se conocen como “troll” y “bot”, figuras que seguramente son
de uso corriente en el lenguaje de las nuevas generaciones, las generaciones de
la internet, pero que para los viejitos como yo son una verdadera novedad.
El periodista comenta algo fuera
de toda duda: que con la aparición de las redes sociales, la socialización de todo
tipo de información de manera libre y masiva ha revolucionado las
comunicaciones en todo el mundo y en todas las áreas.
Pero apunta que al mismo tiempo
se han convertido en un problema para los poderes formales y para los fácticos
que, afirma, acostumbrados a dirigir de acuerdo a sus particulares intereses
los flujos de información pública, se han encontrado con un fenómeno que no
sabían (y hasta la fecha no saben) cómo controlar.
Dice entonces que la respuesta
que han encontrado los “expertos” contratados por los círculos de poder para
contrarrestar las voces críticas es combatir el fuego con fuego, y es ahí donde
surgen el “troll” y el “bot”, para contestar y atacar a quienes se considera
adversarios o que simplemente no gustan sus opiniones públicas.
“Los trolls y los bots publican
mensajes para provocar y enfrentar y, con ello, desviar la atención sobre el
tema que originalmente se estaba tratando en un foro público por Internet”.
Explica que estos singulares
personajes (entendería yo que son francotiradores, mercenarios, personas que se
escudan en el anonimato para provocar y agredir pagados por alguien)
generalmente se presentan con perfiles falsos (“aunque a veces mandan a los
empleados de las oficinas que los manejan a cumplir de frente con esa función”),
los cuales son manipulados desde un mismo organismo e incluso hasta por una
misma persona, y que son utilizados ya sea para promover la política de un
gobierno como para defenderlo de las críticas y, sobre todo, para monitorear lo
que se dice sobre éste y reportar esos datos.
Aurelio escribió sobre el tema
porque —me imagino que esa fue la causa– sufrió la embestida de trolls y bots oficiales
por haber reenviado por las redes un artículo del diario español El País que
hablaba sobre la situación de la prensa en el estado.
Escribió: “En Veracruz, las
oficinas de Comunicación Social de varias dependencias, consultorías, e incluso
ciertos ‘medios’, tienen sus cuadrillas de trolls y bots, que igual espían a
los periodistas críticos y a los políticos de oposición, que los atacan
directamente y hasta los intentan amedrentar con insinuaciones o amenazas
veladas”.
Pero afirma que esta estrategia
es muy pobre, si no es que nula, ya que las más de las veces las provocaciones
de los trolls mueven a risa, aunque a pesar de ello se siguen utilizando, junto
con otras más “disuasivas”, como el hackeo de cuentas y amenazas más directas.
(Aparte de los trolls y los bots
también están las viudas, afirmo yo, que si uno hace crítica de algún personaje
del pasado, como la llorona loca pegan de gritos, se desgarran las vestiduras y
nos llenan de injurias, otra estrategia también muy pobre, prácticamente nula
que, en mi caso particular, sólo me causa risa.)
Me gustó mucho la forma madura
con que remata su columna Aurelio, no obstante su joven visión de periodista.
Transcribo textualmente:
“Lo cierto es que la crítica es
necesaria para mantener los equilibrios democráticos en una comunidad. Una
sociedad con criterios unificados es propia de regímenes totalitarios.
“De la misma forma, los gobiernos
necesitan estar bien informados y operar sistemas de inteligencia (que ojalá
fueran inteligentes) para identificar posibles riesgos o responder en momentos
de crisis.
“Ambos, periodistas y
autoridades, tenemos que cumplir cada quien con nuestras funciones. Así que
tendremos que seguir conviviendo”.
Cuánta razón le asiste. La
crítica es necesaria, más en especial en esta época que nos toca vivir cuando
el Legislativo está sometido, subordinado al Ejecutivo y no cumple más que una
función de títere en lugar de ser factor de equilibrio, función que cumple la
prensa crítica, aunque la mal vean, aunque la rechacen, aunque la combatan y
aunque la repriman. Pero es necesaria.
Pero una prensa con compromiso
social, con apego estricto a la función del oficio y de la profesión,
responsable, no puede bajar la guardia. El poder tiene que hacer lo suyo, pero
el periodista también.
Triste y lamentablemente en la
mayoría de los casos no se entiende así. Pero es saludable la función de la
prensa crítica, para el propio gobierno, para la sociedad, para la democracia.
El troll y el bot encarnan hoy
los nuevos instrumentos con que se pretende continuar con la cultura de la
represión disfrazada a la prensa crítica, porque en su origen no están
concebidos para tal fin, entendería yo. La tentación de reprimir desde el poder
es ancestral y va a continuar por los siglos de los siglos. Hay que blindarse
con la indiferencia a esas agresiones y con la fortaleza de la convicción.
Hoy en México, el 7 de junio está
dedicado a conmemorar y a festejar el Día de la Libertad de Prensa. Esa
libertad, pienso y creo, es inherente a cada quien. Por una convención social
se le da especial significación, aunque me llama la atención que, por ejemplo,
el Gobierno federal dejó atrás esa práctica, práctica que devino a partir de aquella
proclama de José López Portillo de “no pago para que me peguen”, en alusión a
la prensa crítica a la que retiró la publicidad durante su gobierno, como si el
dinero de las arcas públicas fuera de su propiedad y no producto del trabajo y
del pago de impuesto de todos los mexicanos, que tenían y siguen teniendo el
derecho a saber la verdad.
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