Prosa aprisa
Un año y nueve
meses después
Arturo Reyes Isidoro
El 30 de
septiembre de 2011, con el título de “¿Y la juez qué?”, publiqué en “Prosa
aprisa” el siguiente comentario:
“Lo que yo todavía me continúo preguntando es si la juez tercera de primera
instancia, Beatriz Hernández Rivera, duerme tranquila y puede sentarse a la
mesa de su hogar y escuchar y ver de frente a sus familiares luego de que
estuvo a punto de condenar hasta 30 años de prisión a dos inocentes.
“Ella fue la que el 31 de agosto pasado dictó auto
de formal prisión en contra de Gilberto Martínez Vera y María de Jesús Bravo
Pagola, usuarios de redes sociales, tuiteros, al considerar que, según su
obtuso e irresponsable criterio, existían suficientes elementos para
responsabilizarlos de terrorismo equiparado y sabotaje.
“Qué triste
papel jugó esta mujer al prestarse a una injusticia seguramente para agradar y
servir a algún interés particular dejando de lado su integridad, su ética, su
criterio legal y su independencia jurídica.
“A esta mujer le
tocó recibir la consignación por parte del procurador de Justicia Reynaldo
Escobar Pérez y o no ve bien –no sé si usa lentes–, o no conoce las leyes, o
quiso y aceptó ponerse de tapete para quedar bien, pues no fue capaz o no quiso
ver que no había sustento legal no sólo para la consignación sino para el
encarcelamiento de los ya célebres tuiteros.
“Al declararles
la formal prisión puso en duda la integridad de todo el aparato judicial y
mueve a preguntar cuántos inocentes no estarán purgando condenas a causa de
jueces venales como ella. En el caso de
los tuiteros, no siguió su infame condena sólo porque la propia
Procuraduría se desistió ante el inminente fallo de la justicia federal a favor
de los acusados.
“Hoy sería bueno
saber si el Tribunal Superior de Justicia impondrá una sanción y castigará a
esta mala servidora pública o si de plano la cesará pues, no cabe duda, como lo
demostró en el caso que nos ocupa, constituye un serio riesgo para las
garantías de cualquier ciudadano veracruzano.
“El día de la
liberación de los tuiteros, luego de 29 días en que injusta e ilegalmente
estuvieron detenidos, la citada juez Beatriz Hernández Rivera ni siquiera fue
capaz de ofrecerles una disculpa a las víctimas pero tampoco tuvo la entereza
por no decir que la vergüenza para darle una explicación al pueblo de Veracruz
de su desastrosa actuación.
“No es posible
que esta mujer continúe en funciones como si nada hubiera pasado, pues a todas
luces queda bajo sospecha de no dar a cada quien lo suyo lo que en justicia
corresponde, como recomendaba Ulpiano, jurisconsulto romano, considerado uno de
los más grandes de la historia del Derecho, sino de bailar según el son que le
toquen, es decir, en función de un interés particular e interesado.
“De alguna
manera, ella reeditó el sonado caso del documental fílmico ‘Presunto Culpable’,
que recién ganó un Emmy, donde, no obstante no existir pruebas, un juez, Héctor
Palomares Medina, que lamentable y tristemente continúa en su cargo, condenó a
un joven, José Antonio ‘Toño’ Zúñiga, a 20 años de prisión por un homicidio que
no cometió, y fue sólo el interés de dos jóvenes abogados que se interesaron en
su caso y lograron reabrirlo lo que finalmente logró que recuperara su
libertad.
“Habría que
revisar las sentencias de esta juez para ver cuántas más dictó no guiada por el
estricto apego a las leyes sino por algún otro interés inconfesable, y los
acusados (y sus familiares) cuyos casos caen en sus manos, de ahora en adelante
deberán comparecer ante ella pero ya ante Dios confesados.
“¿Dura lex, sed lex? (¿La Ley es dura
pero es la Ley?), no necesariamente, no cuando un juez o una juez ni siquiera
aplica con rigor la ley sino que sentencia con base en elementos
extrajudiciales. Maruchi más que Gilberto salió afectada de su reclusión. Y
pensar que la juez Beatriz Hernández Rivera la pudo haber condenado a estar
muerta en vida, a pasar hasta 30 años a la sombra. Pero esa es la justicia en
Veracruz”.
Un año y nueve
meses después, el pasado jueves 20 de junio, la máxima autoridad judicial del
país, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, declaró inconstitucional la
ley que se aplicó entonces, que tipificaba el delito de “perturbación del orden
público”, que si bien ya no tiene vigencia pues se reformó, confirma la
venalidad de la autoridad judicial que encarceló a dos inocentes.
¿Es irrelevante,
a estas alturas, la resolución final de la Corte? Considero que no. Lava por
completo, de cara a la sociedad, el nombre de dos inocentes, demuestra la
arbitrariedad e ilegalidad del órgano encargado de procurar (se supone)
justicia en el estado, que consignó; la injusticia y venalidad del órgano
impartidor de justicia en Veracruz, que decretó la formal prisión; y la
complicidad atentatoria contra los intereses ciudadanos del órgano legislativo
que avaló y sancionó una ley a todas luces represiva, como lo acaba de
demostrar la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
El colofón ahora
es que, triste y preocupantemente, la juez Beatriz Hernández Rivera continúa
“impartiendo” justicia como si nada hubiera sucedido; que se sepa nunca fue
siquiera amonestada y quién sabe a cuántos inocentes más habrá sentenciado por
algún interés inconfesable. Su triste papel ha quedado registrado ya en la
historia de la judicatura veracruzana y la sombra de su deshonestidad
profesional la habrá de perseguir mientras viva.
De todos modos,
la condena de la Suprema Corte de Justicia de la Nación es para todo un sistema
de poder, en especial del Poder Judicial del estado, ninguno de cuyos miembros
ha dicho antes y ahora nada al respecto.
A quienes en su
momento protestamos por y denunciamos la injusta detención de Maruchi y de
Gilberto, nos reconforta saber que al final, tarde o temprano, siempre termina
por imponerse la verdad y la justicia y que el tiempo pone a cada quien en su
lugar y da a cada quien lo suyo, lo que le corresponde.
Hoy, pienso que,
en nuestro caso, valió la pena obrar conforme a nuestra convicción y cumplir
con nuestra responsabilidad profesional y con la sociedad, y que un acto de justicia
renueva el compromiso para continuar denunciando cualquier acto arbitrario e
injusto venga de donde venga. A la sociedad la debe estimular saber que es
posible esperar actos justos de las instituciones, que por fortuna todavía
existen en las que se puede confiar, que no todo está perdido en nuestro país.
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