Prosa aprisa
De libros y sucedidos
Arturo Reyes Isidoro
Hurgaba yo entre cientos de
libros en una librería “de viejo” o de libros usados en Xalapa cuando, ¡zas!,
me topé con un ejemplar que reunía artículos del entonces diputado federal
Fidel Herrera Beltrán.
Movido por la curiosidad lo saqué
del estante para hojearlo y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que estaba
dedicado, con su puño y letra y con su firma, por el ya entonces gobernador a
una persona que se suponía era su amigo y que para ese entonces era delegado
federal en la entidad de asuntos indígenas.
Fuera de eso no me interesó y lo
devolví a su lugar (lo vendían en 10 pesos). Casualmente esa noche en las
inmediaciones de Palacio de Gobierno encontré al funcionario y le empecé a
hacer preguntas acerca del libro de artículos hasta que se intrigó y le
platiqué mi hallazgo horas antes.
“¡No me chingues!”, me dijo ya
para entonces con una gran preocupación y dándose con la palma de la mano en la
frente. “¡¿Dónde está la librería?!”, me preguntaba insistentemente porque a esa hora quería ir a
rescatarlo antes de alguien más se diera cuenta.
Lo calmé. Le dije que no se
preocupara, que a esa hora ya estaba cerrada, que fuera al día siguiente y le
di una orientación sobre qué espacio de la librería podía encontrar el ejemplar
que con tan afectivas palabras le había entregado su “amigo” cuando entonces no
estaba en la cúspide del poder. ¡Pero ahora era el Gobernador y seguramente
quien lo había llevado al puesto en el que estaba!
En toda la noche no durmió –me
platicaría después– y prácticamente amaneció en la puerta del negocio esperando
a que abriera. Cuando eso ocurrió, entró despavorido ante la sorpresa de los
empleados y se dio a la tarea de empezar a revisar ejemplar por ejemplar hasta
que horas después por fin lo halló. Lo compró, lo rescató y pudo respirar
aliviado. Debo decir que al menos me dio las gracias por el “norte”.
Indudablemente, cuando Fidel le
dedicó y le regaló el ejemplar, aquél no le dio importancia, seguramente ni
siquiera lo hojeó y debió haberlo tirado al bote de la basura. Alguien lo
recogió y fue así como paró en la librería.
Moraleja para todo político: no
desdeñes a ningún autor, por muy rascuache que te parezca, más si es político.
Puede llegar a ser gobernador y de por medio puede estar tu suerte política,
puedes quedar fuera de la nómina, cancelar tu futuro, irte al exilio.
***
No lo podía creer. Buscando
alguna joya bibliográfica de las que suelen hallarse en las librerías
“de viejo”, tenía frente a mí un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman, el llamado padre del verso libre, poeta norteamericano considerado el centro del canon estadounidense.
“de viejo”, tenía frente a mí un ejemplar de Hojas de hierba de Walt Whitman, el llamado padre del verso libre, poeta norteamericano considerado el centro del canon estadounidense.
Era la tercera edición completa (de
1972) publicada por la entonces Organización Editorial Novaro, de Barcelona,
España, con traducción del ecuatoriano Francisco Alexander, a juicio de Borges
la mejor (el año pasado la reeditó el Fondo de Cultura Económica en México). No
lo pensé dos veces y compré el ejemplar, que prácticamente lo regalaban en 29
pesos.
El trabajo de Whitman en su tiempo
fue muy controvertido en especial por Hojas
de hierba descrito como obsceno por su abierta sexualidad, y el mismo poeta
acusado de gay. Pero es una obra imprescindible.
Conforme fui leyendo algunos
poemas, recorriendo las páginas del libro, de pronto me empezó a llamar la
atención el subrayado de algunos versos o de algunos poemas completos, una
abierta declaración o manifestación de amor, un amor limpio, puro, total,
sincero, apasionado.
De pronto me sentí un intruso en
la vida de dos personas ajenas para mí, pero más me apenó entrar en sus intimidades
dichas con el canto de Whitman, porque ocurrió lo que no me imaginé ni
esperaba: con el paso del tiempo, un día se despegó la primera página impresa
que había sido pegada al reverso de la portada, en la que había una
dedicatoria. Y entonces el secreto se desveló todo. Se puede leer completa y
bien, así como los nombres de los protagonistas, hombres los dos.
Un subrayado es del poema “Del
dolor de los ríos contenidos”: “Oh, huir tú y yo de los demás, irnos de una
vez, libres y sin ley, / Dos gavilanes que atraviesan el aire, dos peces que
nadan en el mar no tienen menos que ley que nosotros); / La furiosa tormenta
que a través de mi ser se desata: yo tiemblo de pasión, / El juramento de la
inseparabilidad de dos seres, de la mujer que me ama y a quien yo amo más que a
mi vida: me ligo a ese juramento / (¡Oh, de buena gana lo arriesgo todo por ti!
/ ¡Aniquilarme, si es preciso! / ¡Oh, tú y yo, ¿qué nos importa que hagan o
piensen los demás? / ¿Qué nos importa nada? Gocémonos el uno en el otro y
agotémonos si es preciso)…”.
El ejemplar lo atesoro y no dejo
de preguntarme cómo fue que se deshicieron de él. Los libros tienen vida propia
y siempre nos sobrevivirán con toda su fuerza, su aliento, su mensaje, su
testimonio.
***
Era mi conocido, originario de
Alvarado. Un día lo encontré en una librería de viejo en Xalapa y notó cómo se
me iban los ojos en unos ejemplares que estaban tirados en el piso, cómo los
empecé a revisar, a hojear. De pronto se me acercó y me preguntó si me
interesaba alguno. Le dije que varios. “Llévatelos –me dijo–, te los voy a dar
baratos, son míos”.
Le respondí que no me parecía
bien porque ya se los había ofrecido al librero, pero me insistió que mientras
no se los pagara eran suyos. Y los compré, y como pesaban en conjunto me ayudó
a llevarlos. Ya en el camino me platicó que se acababa de cambiar de casa
porque a su esposa la nueva le parecía más bonita, pero que era más chica que
la que tenían y ya no cabían; que por eso había ido a vender sus libros.
Meses después supe que murió. A
un amigo común le platiqué lo de los libros, pero me contó que no era cierto lo
de la casa, sino que le habían detectado una enfermedad incurable y no tenía
para su tratamiento. Necesitaba dinero. Me dio mucha tristeza. No me sentí
exento de que pudiera pasarme algún día lo mismo. Cada vez que veo sus libros
lo recuerdo con gratitud por el valioso legado que me heredó y me esmero porque
los ejemplares estén bien cuidados como seguramente él hubiera procurado que lo
estuvieran si viviera y siguieran siendo suyos.
***
Lector, hoy 12 de noviembre se
celebra en México el Día Nacional del Libro instituido el 31 de octubre de 1979
por el gobierno federal. La fecha es porque se celebra también el natalicio de
Sor Juan Inés de la Cruz. Para mi trabajo periodístico han sido determinantes
la lectura y los libros. Con estos textos, a mí manera, me sumo a la
celebración.
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