Prosa aprisa
La visión de un religioso sobre la violencia
Arturo Reyes Isidoro
Cuando alguien puede
decir las cosas tan bien, mejor que como uno pudiera hacerlo; cuando tiene
autoridad moral; cuando incluso asume autocríticamente la parte de
responsabilidad que le corresponde o le pudiera corresponder, esto es, que
actúa con honestidad; y cuando sus palabras no están afectadas por ningún otro
interés que no sea el de la preocupación por los fieles bajo su responsabilidad
espiritual y el de la institución que representa, vale la pena retomarlas,
reproducirlas y difundirlas, porque en el fondo no llevan más que la intención
de mover conciencias y procurar un mejor estado de cosas; al menos así lo
considero.
El presbítero José
Juan Sánchez Jácome, ex vocero de la Arquidiócesis de Xalapa, actualmente
párroco de la iglesia de San Antonio de Padua en la capital del estado,
regularmente me comparte sus artículos, que se publican en el portal referente.com. Por los días que hemos vivido
y vivimos en el estado debido a la inseguridad y violencia recupero su artículo
del domingo 31 de agosto que tituló “Una sacudida de conciencia ante los brotes
de violencia”. Creo que vale la pena leerlo y reflexionarlo. Se los comparto:
“Formo parte de esas generaciones que
crecimos sin las balaceras, los operativos, los decapitados, los desaparecidos,
las extorsiones y los secuestros. También había dificultades, problemas y
sobresaltos en nuestros tiempos, pero nunca un ambiente de descomposición
social como el presente donde parece que se ha quedado instalado el flagelo de la
violencia.
Pueblos que daban de
qué hablar por su expresión vernácula, sus tradiciones, fiestas y bellezas
naturales ahora están en la boca de todos por sus hechos violentos y delictivos.
Xalapa tan coreada y reconocida internacionalmente por su exquisita cultura,
ahora da la nota por sus hechos de inseguridad. Lo mismo pasa en otros pueblos
tan queridos y reconocidos en Veracruz y en México.
La tradición de un
pueblo alegre, hospitalario, pacífico, que sabe reír y cantar ha quedado
comprometida por este clima de inseguridad. Nos entristece que nuestros pueblos
se conviertan en noticia nacional e internacional no por sus playas, ni por la
chispa de su gente; no por sus encantos naturales, ni por el sabor tan especial
de estas tierras, sino por hechos de violencia e inseguridad.
La majestuosidad de
este paraíso que Dios nos ha regalado y la belleza de los corazones de tanta
gente buena, sencilla y entusiasta contrastan completamente con este ambiente
de miedo y de zozobra que provoca la inseguridad.
El luto, la tristeza,
el sufrimiento y la indignación que está dejando este clima de inseguridad
reclama una acción conjunta de parte de todas las fuerzas sociales, así como
una reacción y sacudida de conciencia de parte de las instituciones que
representan una esperanza en la vida de este pueblo injustamente sometido al
miedo, la pobreza y la inseguridad.
Como cristianos, cada vez que
acudimos al Señor, oramos de manera especial por las víctimas de la violencia y
la inseguridad. Le compartimos al Señor nuestra indignación por tantas vidas
truncadas de manera desalmada y por tantos corazones que han quedado sumidos en
la tristeza y la desesperanza.
Frente a las irrupciones de la
violencia quizá nuestra primera reacción es cuestionar a Dios al grado de
gritarle: ¿Dónde estás? ¿Por qué suceden estas cosas? ¿Por qué nos has dejado
solos? Pero la fe nos ayuda a centrarnos y nos hace ver que estas preguntas, en
el fondo, buscan evadir nuestra propia responsabilidad.
La fe nos ilumina y nos hace caer en
la cuenta que nosotros somos los que hemos tomado la decisión de construir
nuestras vidas al margen de Dios; nosotros somos los que hemos decidido dejar
de apoyar a la familia; nosotros somos los que hemos olvidado los ideales nobles
de la juventud; nosotros somos los que nos hemos ido apartando de los valores
fundamentales que profesa la humanidad, consintiendo leyes injustas e
inmorales; nosotros somos (en la Iglesia) los que no hemos anunciado con pasión
y entrega los valores del Evangelio; nosotros somos los que hemos permitido que
la ambición y el egoísmo formen el corazón de los jóvenes; nosotros somos los
que hemos permitido que crezca la corrupción, especialmente en las estructuras
de gobierno; nosotros somos los que hemos permitido, so pretexto de ser
modernos, que otras culturas vengan a desplazar los valores de la cultura
mexicana basados en la tierra, la familia, la paz, la fraternidad y la
solidaridad.
Por eso, estamos llamados a reaccionar
y a comprometernos en la transformación de esta realidad penosa, lacerante y
denigrante que nos sigue teniendo sometidos. En la Iglesia nos toca acompañar en
la fe a las personas que han perdido a sus seres queridos porque fueron
asesinados o porque están desaparecidos; a las familias que sufren a
consecuencia de las secuelas que han dejado los secuestros y las extorsiones; y
a todos los que buscan sinceramente a Dios para encontrarle un sentido a su
vida en medio de este clima tan adverso.
La Iglesia conoce, a lo largo de su
historia, lo que significa luchar y salir adelante en situaciones adversas, no
porque tenga el poder para hacerlo sino porque cuenta con la gracia de
Jesucristo que prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del
mundo. Esta es la convicción que la Iglesia quiere compartir a todos los que
están sufriendo: Dios está del lado de los pobres y de los que sufren; el mal
no tiene la última palabra en esta historia porque Dios ha decidido actuar a
nuestro favor a través de su Hijo Jesucristo.
Mientras se apodera de nosotros esta
convicción, que al mismo tiempo nos lleva a comprometernos en la transformación
de la sociedad, no dejemos de animar en la fe y hacer oración por los hermanos
que están llorando por sus muertos y desaparecidos”.
Desde el punto de vista religioso y
según la creencia de cada quien se puede o no compartir el sentido pastoral de
sus palabras, pero es indudable que reflejan muy bien el sentimiento de su
feligresía, que por extensión es el de la mayoría de los veracruzanos, que
católica es la mayoría. Queda como un testimonio de nuestro tiempo, que ojalá y
en el futuro se pueda contrastar con otro que ofrezca una visión alentadora,
esperanzadora y positiva de que las cosas van bien, mejor, o que ya lo están.
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