Prosa aprisa
Una muy buena noticia y otra muy
mala
Arturo Reyes
Isidoro
Hay noticias que verdaderamente no sabe uno si ponerse a
reír o a llorar; dicho de otro modo, para Veracruz hay una verdadera noticia
buena, muy buena, que también puede ser mala, muy mala.
La buena, que en su territorio tiene lo que uno de los
diarios en español más importantes del mundo, el más importante en España, El
País, califica como “La joya de la corona petrolífera en México”: Chicontepec.
La mala, que puede llegar a ser muy mala, es que su
explotación, por la apertura a la inversión privada propiciada por la reforma
energética, que puede ser extranjera, constituye un riesgo medioambiental
porque “la intervención que se necesita es sumamente agresiva”.
Tal vez la magnitud del inminente boom petrolero que le
espera a Veracruz, con su respectivo desastre, lo refleje el encabezado que el
diario español puso a su nota: “México ofrece a las multinacionales la región
petrolera más rica”.
En realidad, la noticia sobre la riqueza petrolera de
Chicontepec no es nueva, así como tampoco la del riesgo que conlleva su
explotación; lo que impacta hoy es que ahora sí, por fin, viene la perforación
en serio y con ello la destrucción del medio ambiente.
Era yo un joven reportero cuando, si no mal recuerdo –si
me equivoco por favor que alguien me corrija– en una gira de trabajo que
realizamos por aquella sierra de la huasteca veracruzana, el entonces
presidente José López Portillo (era gobernador Rafael Hernández Ochoa) nos
anunció el gran potencial de oro negro que yacía bajo esas tierras y habló por
primera vez de su explotación. (La nota dice que esa mina de petróleo fue
descubierta desde 1926 y que se comenzó a trabajar en ella 30 años más tarde.)
En aquella época (finales de los años 70) la noticia
inquietó a investigadores de la Universidad Veracruzana –arqueólogos,
antropólogos, etnólogos, pues el medio ambiente era un tema que no se ponía de
moda ni sus especialistas– por la destrucción de la riqueza cultural que
causarían los trabajos si se llegaban a efectuar.
Más de 40 años después, por fin, el destino nos ha
alcanzado. La nota de El País señala que de los 169 campos energéticos que la
Secretaría de Energía en México ofrecerá a los nuevos participantes de la
industria petrolera a partir del próximo año, 90 están localizados allí.
Para dar una idea de la magnitud del desastre
medioambiental que supone la explotación, así como de la destrucción de la
cultura de esa rica región, el diario español señala que se trata de un área de
3,800 kilómetros cuadrados –comprende también parte de Puebla– cuyo subsuelo
alberga el 40% de las reservas de hidrocarburos del país.
La zona, agrega el periódico, estará disponible casi en
su totalidad para la instalación de compañías privadas en su suelo tras la
aprobación de la reforma energética que permite por primera vez en 76 años la
inversión privada en la industria petrolera de México.
El País señala un detalle relevante: “Chicontepec podría
considerarse el tesoro de 139,000 millones de barriles de crudo que más dolores
de cabeza ha dado al Gobierno mexicano” por su complejidad geológica, pues se
trata de un enorme yacimiento donde el crudo se halla en rocas con poca
porosidad y permeabilidad en el suelo con poca presión para extraer numerosos
barriles de petróleo.
Aquí se presenta el gran peligro para el medio ambiente:
según el abogado energético Dante San Pedro –siempre de acuerdo al diario–, son
reservorios muy pequeños que requiere nueva tecnología, “muy probablemente fracking (fracturación hidráulica)”, que
sólo una compañía con experiencia y conocimientos del tema podría realizar
(quién dudaría que las transnacionales están preparadas para ello).
Para nadie es desconocido que Chicontepec es hasta ahora
una zona verde, rural, agrícola y ganadera, en la que viven varias etnias que
dominan diferentes idiomas originales, si bien la llamada modernidad la alcanzó
hace varios años y ha sufrido ya importantes pérdidas culturales, pero nada que
tenga que ver con lo que le espera.
El fracking, por mucho que se
diga que se va a indemnizar a los dueños originales de esas tierras, afectará a
miles de chicontepecanos por los daños que van a sufrir sus propiedades, pero
también desaparecerá vastas áreas verdes y muchas especies animales (en Estados
Unidos está comprobado que esa técnica de extracción ha causado contaminación
de las aguas superficiales y subterráneas, contaminación del aire, afecciones a
la salud humana, alteraciones del paisaje y el terreno, contaminación de suelos
al cerrar los pozos, y riesgo sísmico).
Por
el lado bueno, el hecho constituye una esperanza, casi una seguridad de miles
de empleos para veracruzanos y no veracruzanos, lo que implica otro riesgo: la
pérdida de los vestigios originales, de las costumbres y hábitos y el
surgimiento de los problemas sociales que acarrean las inmigraciones.
Va
a haber dinero, lo bueno, pero se va a incrementar el alcoholismo, la
prostitución, la delincuencia, acaso la drogadicción y con ello la violencia,
los secuestros, las desapariciones. La zona será un nuevo botín que se querrán
disputar los grupos delincuenciales.
Por
el lado positivo, me extraña que nadie del Gobierno del Estado salió a cacarear
el huevo tan pronto dio la noticia El País el lunes pasado; a decir que gracias
a las reformas de Peña Nieto Veracruz pronto será un paraíso petrolero y
económico y bla bla bla (se nota que los Centroamericanos los trae muy
apendejados).
Porque
viendo la otra cara de la moneda, ciertamente ese puede ser un elemento clave
para disminuir la delincuencia común, pues muchos jóvenes y muchas personas han
terminado por delinquir o caer en manos de la delincuencia organizada porque no
encuentran trabajo y, por lo tanto, sustento para sus familias.
Ya
pronto vamos a saber las consecuencias de la noticia. Lo cierto también es que
esa riqueza va a impactar a la zona norte del estado, a toda la huasteca
veracruzana, y eso explica también por qué el interés de Peña Nieto por
impulsar el nuevo puerto de Tuxpan y por qué la conclusión del último tramo del
Corredor México-Tuxpan, recién inaugurado.
Pues
ya está. Resulta que somos ricos, muy ricos, pero, qué ironía, con un Estado
pobre, muy pobre, que tiene las arcas vacías y una enorme deuda pública, que le
debe a medio mundo y no puede pagar. Qué cosas: el próximo gobernador se va a
rayar. A él le tocará ver los primeros frutos de este tesoro de oro negro.
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