Prosa
aprisa
Cuba II
Arturo
Reyes Isidoro
La Habana, Cuba. Nos movemos
por las calles de La Habana en un compacto coreano automático. Con Héctor como guía
optimizamos tiempo y vamos para todos lados. Conoce la ciudad como la palma de
su mano. Nos da repaso de historia, de anécdotas, de personajes. Conoce los
restaurantes a los que hay que ir para tener la mejor muestra gastronómica. Nos
guía a lo mejor de los centros nocturnos y espectáculos de La Habana.
En la zona del Vedado, una tarde, de pronto veo una figura que creía
desaparecida: la de un vendedor de maní. Trae en la mano un puñado de
cucuruchus, de cucuruchitos hechos con hojas de papel bond (o parecidas), que
enrollan y en la oquedad que queda la rellenan con pequeños cacahuates,
pelados, chiquitos pero de muy buen sabor, muy distintos a los industrializados
que venden en México.
Lo llamamos, corre a vernos antes de que se quite el rojo del semáforo.
Le preguntamos cuánto cuestan, pero no hay tiempo para más: se ha puesto el
verde. Le damos un CUC, que seguramente para él es una fortuna, y nos da toda su mercancía. Toda la tarde
será comer cacahuates para nosotros y yo evocar el famoso “Manicero”, un ritmo
que todavía bailo porque es infaltable en las fiestas tropicales de Veracruz.
Pasamos una y otra vez, recorremos la Quinta Avenida, que cruza el
exclusivo sector de Miramar, donde está la embajada de México y casi todas las
embajadas, avenida que imita la de Manhattan porque fue diseñada por el
arquitecto norteamericano John F. Duncan, autor del monumento al presidente
Grant en los Estados Unidos. En dos ocasiones, fuera de lo común, veo policías
apostados en las esquinas de la larga avenida –17 kilómetros–. A mi extrañeza
la medio responde Héctor, el guía, diciéndome que seguramente van a pasar funcionarios
cubanos.
Entonces hago las únicas preguntas que, ahora creo, estuvieron fuera de
lugar: ¿dónde queda la residencia oficial?, ¿dónde vive Fidel Castro?, ¿dónde
Raúl Castro? Es la única vez que Héctor hace como que no me escucha. Reacciono,
recuerdo y entiendo. Nadie sabe. Nadie debe saberlo. Los gobiernos
norteamericanos siempre quisieron eliminar en especial a Fidel. Muchos agentes
deben seguir en su intento. Traidores nunca faltan. Cambiamos de tema.
En esa misma avenida, un domingo, me toca presenciar una protesta de
las famosas Damas de Blanco, un movimiento ciudadano que reúne a esposas y
otros familiares de presos cubanos, considerados generalmente como presos
políticos. Marchan también pidiendo más
libertades. Nadie se mete con ellas. También, por lo que advierto, el resto de
la población las ignora.
Pero igual veo transitar por aquí los viejos pero lujosos coches de los
años 50 venidos de los Estados Unidos que ahora los rentan sus dueños o los
alquilan como taxis y son los preferidos por los turistas. Sorprende ver, por
ejemplo, que las calaveritas de entonces todavía encienden y están intactas.
Pero también he ido a la Marina Hemingway, un sector de actividades
náuticas, donde encuentro que en especial es un área de hoteles y departamentos
para turistas, sobre todo canadienses, que viajan con sus veleros hasta este
paraíso tropical. Aquí encuentro otro centro comercial, aunque es más para los
visitantes, con más productos.
--- o ---
Los empresarios hoteleros españoles apostaron bien. Cuando decidieron
invertir en Cuba y construir sus hoteles, el gobierno norteamericano los
emplazó y los amenazó: si venían a la isla les cancelarían los permisos que
tenían en Estados Unidos. Prefirieron Cuba. Hoy tienen 26 hoteles en todo el
archipiélago, uno de ellos el Meliá Cohiba donde paro. Cuando llegue el flujo
de turistas norteamericanos su negocio seguramente se les incrementará, aunque
es casi seguro que tengan competencia de las grandes cadenas hoteleras
transnacionales.
Forma parte del Meliá el famoso Habana Café, donde uno vuelve a los
años 50 por su decoración vintage.
Aquí se ha detenido el tiempo y es la sede, cuando estoy en La Habana, de toda
la banda musical Buena Vista Social Club, dirigida por Jesús “Aguaje” Ramos,
donde todavía tocan Manuel “Guajiro” Mirabal o Barbarito Torres, unas leyendas
de la música cubana. Decía, he venido a tiempo y en el mejor momento, porque
luego de que en agosto de 2014 dieron por concluidas sus presentaciones en el
extranjero, en Estados Unidos (la última en México fue el pasado 5 de febrero
), en este 2015 cerrarán su ciclo en La Habana.
He preguntado por Omara Portuondo, conocida aquí como la Edith Piaf
cubana, tan buena como Celia Cruz. Me dicen que está actuando en Barcelona,
aunque ya lo hace con dificultades a sus 83 años, pero esperan que esté para el
fin de ciclo. Mientras, canta Idania Valdés, hija de Amadito Valdés, a sus 31
años digna sucesora de aquéllas, quien me tiene boquiabierto durante toda su
actuación: por su voz, por su gracia, por su cuerpo, por su sensualidad, por
sus movimientos cuando da unos pasos de baile.
Acá evoco y agradezco entonces a mi joven maestra de baile de salsa, la
bailarina de Jarocho, Perla Hernández. Sentado a pie de pista no sólo me pasan
el micrófono para hacer un solo y entonar parte de Bésame Mucho, sino que me
doy el lujo de subir al escenario a bailar nada más y nada menos que con Buena
Vista Social Club y con una cubana que no ha querido que lo haga yo solo.
Recuerdo las lecciones, los consejos de Perla y me aplico. Estoy seguro, eso
pienso, que he estado a la altura. En este mismo escenario, el día 20 de
diciembre, ha actuado Pablo Milanés.
Como si eso no hubiera sido suficiente, a la noche siguiente sigo mi
parranda en Le Parisien, el famoso cabaret del legendario Hotel Nacional, donde
ofrecen un show “Cubano, Cubano” , en donde muestran la fusión de las culturas
indoamericanas, hispanas y africanas y cuyo repertorio musical incluye ¡el
Rey!, de José Alfredo. No podía ser de otro modo. Está totalmente transformado.
Lo conocí en 1988.
Continúo en mi tercer noche en el Tropicana, que ya también conocía,
pero ahora me parece mejor el servicio y con suficiente comida y bebidas, a
diferencia de hace 26 años cuando se agotaba todo, hasta el hielo, antes que
terminara el show.
Aquí he visto cómo funciona la camaradería. Por alguna razón no han
respetado la reservación y cuando llegamos está casi lleno, de turistas,
lógicamente. Entonces entra en acción Héctor. Les dice que somos no sé quiénes,
él se identifica como amigo y aliado de Cuba, y pum, nos llevan a una mesa a
pie de pista. Para qué.
Tantas y tantas bailarinas, hermosas cubanas, con cuerpos esculturales,
llenas de gracia, me aturden. A mi edad. Nuevamente me acuerdo de Perla
Hernández, de la salsa casino, de sus pasos (ella llegó tras de mí a La Habana
para tomar un curso de baile cubano). Me tranquilizo de ver tantas bellas
mujeres juntas cuando, en medio de ese bosque convertido en escenario natural, de
pronto se queda a oscuras porque apagan todos los reflectores multicolores, se
hace el silencio y como un quejido irrumpe de pronto y rebota de árbol en árbol
hasta llegar a nuestros oídos, el solo de un sax que interpreta Bésame Mucho,
que enmarca la actuación de dos contorsionistas cubanos, que nada piden a los
que uno ve en París o en Las Vegas.
A mis amigos les causa risa cuando les hago notar que cerca de nosotros
está un chino con su familia, con chico puro en su boca. Seguramente, les digo,
lo hace por imitación, porque, claro, venir a Cuba y no probar y disfrutar de
un buen habano es como no haber venido; porque él seguramente en su país le
pega duro pero al opio, les agrego.
--- o ---
Aún disfruto el daiquirí del bar del Floridita, bar restaurante que
data de 1817. Aquí he pasado una tarde inolvidable que si por mi hubiera sido y
no hubiera tenido otra cosa mejor que hacer aquí me hubiera quedado para
siempre, con su ambiente, con su música, con sus bebidas, con sus visitantes.
Le pido al barman un daiquirí a la Hemingway y no necesito decirle más.
Le llaman así porque no le ponen azúcar, ya que el escritor norteamericano no
la tomaba por su diabetes. Es una delicia. Me acodo en la barra de madera donde
se acodaba Hemingway, en medio de su decoración Regency que estrenara en los
años 50. Entiendo porqué era uno de los lugares preferidos del autor de El viejo y el mar. Su estatua en el
interior, de todos modos, sigue marcando su presencia.
(En 1953 la Revista “Esquire” lo reconoció como uno de los siete bares
más famosos del mundo y en 1992 se le concedió el Premio Best of the Best Five
Star Diamond Award de la Academia Norteamericana de Ciencias Gastronómicas como
el Rey del Daiquirí y Restaurante especializado en pescados y mariscos más
representativo.)
Me tomo otro y otro daiquirí mientras los soneros no dejan bajar la
guardia. El bullicio semeja una Torre de Babel. Se escuchan muchos idiomas, que
hablados no los entendemos, no así los lenguajes corporales, musicales.
He pasado primero por La Bodeguita del Medio, el restaurante cubano más
famoso del mundo, creado en 1942 y donde se ideó el famoso mojito, en el que se
disfruta de un buen habano y del sabor de la música (uno de los souvenirs que
aquí todavía se venden son aquellas charolas metálicas que en los años 50
regalaban las cerveceras mexicanas en la compra de sus productos y que uno
encuentra todavía, como nuevas, en el mercado de Los Sapos, en Puebla).
Aquí compruebo que no hay mejor idioma para entenderse que el de la
música. Vemos a unas mujeres jóvenes muy bellas, que por una traductora
española nos enteramos que son servias. No nos entendemos al habla pero sí a la
hora de bailar el son cubano. El ambiente contagia. Revive hasta a un muerto.
Y sucede casi lo increíble. Le hemos pedido a los soneros que toquen
“Cuba que linda es Cuba”, cuya letra es de Carlos Puebla, un verdadero himno
cubano. Sólo una ventana de madera con rejas que permiten ver de adentro hacia
afuera y viceversa dividen la calle de La Bodeguita.
Cuando apenas comienza la canción y unos cuantos la estamos cantando,
como cuando un panal atrae a muchas abejas, quién sabe de dónde salen tantos
niños cubanos, que desde la calle, asomados a la ventana, irrumpen y hacen un
gran coro y la cantan con fuerza, con alegría, con entusiasmo, que nos
sorprende. Así como llegan, de pronto desaparecen.
Oye, tú que dices que tu patria no es tan linda
Oye, tú que dices que lo tuyo no es tan bello
yo te invito a que busques por el mundo,
otro cielo tan azul como tu cielo.
Una luna tan brillante como aquella,
que se infiltra en la dulzura de la caña
Un Fidel que vibra en la montaña.
Un rubí cinco franjas y una estrella
Cuba que linda es cuba
quien la defiende la quiere más
--- o ---
Veintiséis
años después he vuelto al Hotel Nacional. Está remozado. Está lleno. Realmente
es un hotel museo. En la parte trasera, en su jardín terraza, las amplias y
cómodas butacas de mimbre hacen rememorar los años 30, 40, 50 del siglo pasado.
Casi parece uno ver a las mujeres vestidas elegantemente con los atuendos de
las grandes estrellas del cine y el espectáculo norteamericano: con vestidos
largos, guantes y sombreros.
Por
aquí pasaron Jack Dempsey, Tom Mix, Winston Churchill, Errol Flynn, Jorge
Negrete, Dolores del Río, Cantinflas, Johnny Weismuller (Tarzán), Tyron Power,
Rita Hayworth, María Félix, John Wayne, Mickey Mantle, pero también los famosos
mafiosos Charles Lucky Luciano, Santos Traficante (padre) y Mayer Lansky y
Amadeo Barletta, quienes coordinaron con Batista los negocios de los casinos de
juego.
A
diferencia de 1988, la terraza ha sido ampliada y tiene una hermosa zona
jardinada paseo de cara al mar donde estuvieron las baterías antiaéreas que
esperaban el desembarco norteamericano durante la Guerra de los Misiles.
La
zona es un verdadero paraíso. Bajo una sombrilla veo sentada a una familia, dos
jóvenes acurrucados que se llenan de caricias mientras disfrutan un “picadero”
(unas botanas), beben ron, disfrutan la brisa marina, la tranquilidad de la
tarde, otean el horizonte, la mirada perdida en la lejanía mientras, a su lado,
escuchan a un grupo de soneros. La pura vida.
No
dejo de volver al bar donde se guardan recuerdos y fotos o imágenes de los
famosos. Se respira historia, leyenda.
--- o ---
Antes
de que se diera a conocer el restablecimiento de relaciones diplomáticas con
Estados Unidos, Héctor, el guía, ya me había advertido que estaba por darse a
conocer al anuncio. Acaso, platicamos con Héctor, a los gringos los ha
acicateado la presencia de los chinos en la isla: han construido un muelle y
una gran terminal-bodega en el puerto de
Mariel, desde donde distribuirán mercancías para el continente, con lo que, de
alguna forma, rompen el bloqueo económico. Si se duermen los gringos, los
chinos les quitarán este gran mercado en potencia de más de diez millones de
habitantes.
Salvo
tener sojuzgado a este heroico y ejemplar pueblo, el bloqueo les ha hecho lo
que el viento a Juárez. Los cubanos se sienten orgullosos de su independencia.
Tienen un gran sentido de pertenencia. Como religión practican la solidaridad
internacional con las mejores causas.
Siguen
teniendo carencias y necesidades, pero se bastan a sí mismos. No les falta lo
elemental. Sorprende por las noches ver que sólo tienen focos estrictamente
donde son necesarios, que hay muchas áreas en penumbra porque les cuesta
producir energía, pero no necesitan más iluminación nocturna porque hay
seguridad, mucha seguridad, de tal forma que uno se puede pasear por donde
quiera a cualquier hora sin mayor problema. Es un pueblo alegre, sano,
amistoso, que trabaja y se supera. Tienen una de las mejores medicinas del mundo
y uno de los más elevados índices de educación. Destacan en el terreno
deportivo. Sus cuerpos de inteligencia y seguridad son tan bueno como la CIA y
el FBI juntos, o como el Mossad israelí, o acaso mejores, tanto que mantienen a
salvaguarda al comandante Fidel.
Los
vínculos con México, en especial con Veracruz, desde la Carrera de Indias,
entre los siglos XVI y XVIII, se mantienen firmes. Venir a Cuba es sentirse en
Veracruz, en casa.
La
Unión Nacional de Periodistas de Cuba, a través de Héctor, me ha invitado a
regresar. Me han despedido con una caja de puros Cohiba de los auténticos, de
los que no dejan sacar más de una caja. Me han dicho que la próxima visita será
mejor. Que me estará esperando una sorpresa. Que me va a ir muy bien. No tengo
dudas de que preferiría volver aquí antes que ir a los Estados Unidos, a donde
he continuado mi viaje. Héctor me animó a que no dejara de escribir mi
experiencia. Aquí dejo constancia. Pronto, esta Habana, esta Cuba, habrá
desaparecido.



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