Prosa aprisa
“Los
diarios ya no vertebran la opinión pública”
Arturo Reyes Isidoro
Me pregunto a partir de cuándo la prensa escrita, tradicional, en su
mayoría en el país y en el estado, se desvió de su objetivo primordial de
informar, sin ninguna restricción, sobre el acontecer diario, ocultando o
sesgando la información para servir a un interés primordialmente publicitario, acaso
personal, en detrimento del derecho de la sociedad, de los lectores, a estar
bien informados.
Yo soy producto de esa prensa escrita en máquina de escribir manual, en papel
con tinta, y pasé por varios medios en el estado, lo mismo como reportero que
como directivo de redacciones, y aún recuerdo que en mi época el manejo
informativo se balanceaba, atendiendo, es cierto, el interés publicitario,
comercial, que daba ingresos al periódico, pero también el de los lectores,
dándole la noticia que esperaba ver publicada.
El inolvidable maestro Alfonso Valencia Ríos, maestro de generaciones de
estudiantes de periodismo y amigo de los jóvenes de entonces, yo uno de ellos,
con respecto al diario El Dictamen de
Veracruz, al que entregó su vida periodística con pasión, cuando había intentos
sobre por parte del gobierno de que se ocultara o manipulara información, decía
que se vendía espacio pero no el criterio editorial del periódico. Su principio
se veía reflejado en la edición publicada, donde al lado de la versión oficial,
normalmente pagada, aparecía también la versión del reportero que se había
ocupado del hecho tema de la noticia, con lo cual se daban dos versiones y se
dejaba que el lector optara por la que más le convenciera y que sacara su
propia conclusión.
En el Distrito Federal, donde está la llamada “gran prensa” mexicana, en su
mayoría los diarios tenían también como principio jamás vender las ocho
columnas, que eran sagradas y espacio única y exclusivamente para manejo
informativo bajo criterio del periódico, sin permitir ningún otro interés que
no fuera informar a los lectores.
Hace ya un buen tiempo, no tengo preciso cuánto, esa independencia de
criterio editorial, con contadísimas excepciones, se fue perdiendo poco a poco,
hasta llegar a la actualidad, cuando se advierte total o parcialmente un
sometimiento solo al anunciante, con la publicación solo de boletines o de
información trivial que no dicen nada o que no interesan a nadie y el
ocultamiento o el manejo parcial de alguna información sobre alguna noticia que
todos saben que ocurrió, a raíz de lo cual nace y se fortalece, cada vez más y
más, el descrédito y la desconfianza tanto en el anunciante como en el medio
que lo secunda.
A mi juicio, como columnista ahora
pero habiendo trabajando también muchos años en la prensa oficial, hace
falta, ha llegado la hora de hacer, tanto por parte del gobierno, el principal
anunciante, como de los medios, una revisión profunda de esta relación que daña
tanto a uno como a otro, pero sobre todo a la fortaleza del Estado, además en
aras de adaptarse a la nueva realidad, a la sociedad red como le llama el
sociólogo e investigador español Manuel Castells –es el académico de
Tecnologías de la Información y Comunicación más citado del mundo; su último
libro Comunicación y poder es de
lectura imprescindible–, caracterizada por el poderío de las redes sociales para
las cuales ya no hay, literalmente, nada nuevo bajo el sol, nada que se pueda
ocultar por más que se quiera ocultar.
Hombre de medios, por experiencia propia y diaria, no tengo ninguna duda que
hoy solo interesan a los lectores unos cuantos periódicos que no han perdido ni
vendido su independencia y línea editorial, y que el interés está centrado en
los portales informativos, virtuales, donde por fortuna hay total libertad o
más libertad para informar, para denunciar, en un proceso irreversible
fortalecido además por las redes sociales sobre todo por el uso del Twitter.
El pasado 22 de abril, en Cadiz, España, ante 300 editores y directores de
medios, en el marco de la asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa
(SIP), el director-fundador del diario EL PAIS, Juan Luis Cebrián, dijo que en
el nuevo entorno de la Internet, el papel del periodista ha cambiado, para
degradarlo. Afirmó que el periodismo tal y como se ha entendido hasta ahora ha
muerto. Para él, el cambio “bestial” que se ha dado ha llevado a los medios de
comunicación a dejar de ejercer el cuarto poder. “Los diarios ya no vertebran la opinión pública. Y eso
genera gran vértigo. Siguen teniendo un papel, pero ya no ese cuarto poder de
los años cuarenta o cincuenta”. De la influencia y poder de las nuevas
tecnologías, puso un ejemplo: “Si el Rey ha pedido perdón (por haberse ido de
caza a África subrepticiamente y a un alto costo para el erario público
español, de lo que se supo solo porque se accidentó), no ha sido por los medios
sino por lo que se reflejaba de él en las redes sociales”. En su opinión, se ha
producido una pérdida del papel de intermediación de la prensa entre la
sociedad y el poder. Hasta el punto de que “la pérdida de prestigio de la
democracia tiene que ver con la de los medios y viceversa”.
Me da tristeza ahora, producto yo de los medios escritos
tradicionales, escuchar la opinión de la gente de la calle sobre los
periodistas (no me excluyo y asumo la parte que me corresponda) y sobre los
periódicos. Está desencantada, ya no nos cree, ya no les creen, se dan cuenta
que solo aplauden a una parte, que ocultan información, que manipulan, que
agreden a actores sociales o a políticos por interés, que “no traen nada”. Este
descrédito arrastra también al anunciante. Nadie se pone a pensar, o no quiere
hacerlo, que al lector, que al ciudadano, ya no se le engaña.
Un día antes de
ese mensaje de Cebrián, el periodista y maestro de periodismo, Luis Velázquez
Rivera, escribió y publicó –transcribo y con eso cierro–: “Hay un momento,
entre más pronto mejor, cuando el reportero necesita definir su camino ante la
vida, los hechos y las circunstancias. Si está, por ejemplo, del lado de los
ricos y los pudientes, o está del lado de los pobres, jodidos y miserables. Si
está del lado del político y el funcionario, o si está del lado de los
campesinos, indígenas, trabajadores, mujeres, clase media y clase baja. Si su
pluma está para tirar agua bendita al paso del político, o si por el contrario,
su palabra está para denunciar la desigualdad social y económica, política y
cultural. Si su tecleada en la computadora está para publicar los boletines de
prensa con su nombre, o si en contraparte, está para rastrear los hechos que el
político suele ocultar por naturaleza. Si en cada nuevo amanecer se levanta
para ponerse al servicio del político que lo maicea, o si por el contrario, en
cada nuevo día sale a la calle a reportear el país y el Veracruz miserable que
vivimos, poblado de injusticias. Si su condición periodística está para creer a
ciegas en el discurso del político y del funcionario, o si en contraparte, está
hecho para cuestionar, para evidenciar, escudriñar, dudar de todas y cada una
de las palabras del político en el discurso oficial, en la rueda de prensa, en
el anuncio de las obras que algún día, pronto, quizá, construirán. Así, cada
reportero elige con libertad su camino. Y por la ruta preferida, camina sin
dudar, sin echar marchas atrás”.
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