Prosa
aprisa
La lección del Papa
Arturo
Reyes Isidoro
¿Te imaginas lector, que un buen día, sin decir agua va,
nuestros políticos, los que consideraran que han cumplido su ciclo, anunciaran
que se retiran porque ya no son capaces de servir como debieran?
Más allá de cualquier consideración espiritual o religiosa,
creo que eso, exactamente, con toda honestidad y ética, es lo que acaba de
hacer el Papa Benedicto XVI.
Cuánto favor le harían a la sociedad los políticos si, como lo
hizo el Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, realizaran ante Dios (o ante su dios
político) un examen reiterado de conciencia y llegaran a la certeza de que por
su avanzada edad (como Benedicto) o por su incapacidad, ya no tienen fuerzas o
de plano no pueden ejercer la función para la que fueron designados o elegidos.
Como servidor de la Iglesia Católica, me gusta cómo resolvió
su retiro el todavía Papa. “Soy muy consciente –dijo al Consistorio– de que
este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no
únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y
rezando”.
Me llama mucho la atención su argumento para considerar que
debía irse del cargo:
“Sin
embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por
cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San
Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo
como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal
forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me
fue encomendado”.
¡Carajo,
Papa, qué bien! ¡Cuánta honestidad personal! ¡Qué lección le dejas a la
humanidad, en especial a nuestros políticos gobernantes –me centro en ellos,
porque tienen la conducción y el destino de pueblos enteros, como la Iglesia
Católica, a los que muchas veces suman en la desgracia a causa de su
incapacidad o de su deshonestidad, pero no se van con tal de seguir medrando en
el presupuesto y gozando de todas las canonjías.
Benedicto
no dejó de considerar para su gran decisión el mundo de hoy tan cambiante,
sujeto a rápidas transformaciones, argumentó. Sin duda, era un Papa con los
pies bien puestos en la tierra, que se mantenía al tanto de la realidad. Quizá
eso fue lo que lo llevó a abrir una cuenta de Twitter, la que empezó a usar
hace apenas dos meses, el 12 de diciembre de 2012.
¿Acaso,
precisamente, fue el uso de esta herramienta lo que lo puso a reflexionar de
que debía irse y usó la palabra vigor metafóricamente, es decir, que ya no
estaba para la nueva feligresía, para el nuevo mundo que ha hecho del Facebook
y del Twitter su forma de comunicarse?
En
lo personal, debo confesarlo, Benedicto nunca me entusiasmó, nunca me cautivó.
Acaso lo vi muy terrenal y, para mí, no tenía el halo de su antecesor Juan
Pablo II, quien siempre me cayó muy bien. En el aspecto terrenal, insisto en
destacar su honestidad. Pero tan pronto leí la noticia, me asaltó una duda: ¿No
debió agotar, hasta el último aliento de su vigor, su entrega a Dios, a la causa
de su Iglesia (mi Iglesia), de su pueblo? ¿Si Cristo se sacrificó por nosotros,
no debemos nosotros hacerlo por su causa? Que haya decidido renunciar, me lo
hace más ser humano. Pero menos guía espiritual. Qué Dios lo guarde en vida
muchos años. No cabe duda, la Iglesia también cambia.
De
nuevo: si el Heredero de San Pedro, el representante del reino de Dios en la
Tierra, renuncia, se va, porque ya se siente cansado, porque ya no tiene vigor,
porque considera que no puede gobernar más como se debe, el que se supone que
es infalible porque está iluminado por la Gracia Divina, ¿por qué no deben
hacerlo los simples mortales, falibles, pecadores, hoy en el poder terrenal,
algunos aunque ya hayan disfrutado y hecho mal uso del poder? De ésos, Dios,
apártanos, ponnos a salvo, bendícenos, agárranos confesados. Amén.
***
He
aprovechado el puente de descanso (dos días laborables) que tenemos en Xalapa
por el Carnaval de Veracruz para subir al altiplano (alguna autoridad debería
llenarse de valor y acabar con ese absurdo, es una verdadera huevonería; en
Coatepec, Banderilla y Dos Ríos, municipios conurbados con la capital, sí hubo
clases y todos trabajaron).
Mi
acompañante al volante, apenas saliendo, me propone irnos hacia Perote por la
carretera libre. Le digo que no se preocupe, que yo pago los cien pesos de
caseta por la autopista. Me dice que no, que si acaso nos haremos diez o quince
minutos más pero que no tendremos ningún problema por la vieja vía. Sale.
Acepto.
Antes
de entrar a Perote, tomamos el entronque con la autopista y seguimos nuestro
trayecto hacia Tlaxcala, Puebla. Lo mismo hacemos de regreso a Xalapa. En
realidad, es cierto, no sufrimos mayor problema.
Cuando
vamos bajando por Las Vigas me recuerda que me ahorré 200 pesos. Le digo que
sí. Entonces me recomienda que con eso mejor me compre unos buenos y sabrosos
quesos de La Joya. Cuánta razón tiene. Compro fresco (de esos que rechinan
hasta los dientes cuando uno se los come), de trenza tipo Oaxaca o quesillo
dicen en Puebla, ahumado, botanero con jamón y botanero con epazote y fresco
para asar. ¡Qué tesoro para el paladar!
La
experiencia me ha gustado. Salvo en caso de verdadera extrema necesidad, he
decidido no volver a utilizar la autopista Perote-Banderilla, ahorrarme ese
dinero, no alimentar a los pillos estos concesionarios extranjeros que nos
quieren sangrar asaltándonos cobrándonos un dineral por pocos kilómetros y
hacer causa común con los queseros de La Joya que verdaderamente lo necesitan y
que nos ofrecen verdaderas delicias.
Pero
creo que no sólo lo he decidido yo. Por la carretera libre me encuentro con que
sube el transporte pesado, autobuses, unidades de conocidas empresas, familias
en sus camionetas o sus coches, quienes también hacen un alto en La Joya. Que a
este pueblo no le pase lo que a Rinconada.
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