Prosa
aprisa
Noticias del
Imperio (2)
Arturo
Reyes Isidoro
Don Isaías Arias y su esposa
Amada Arias han visto cumplido lo que para ellos es su sueño americano: tener
su casa propia, nada más y nada menos que en Las Vegas, Nevada.
Nacidos en México, él en el
estado de Oaxaca, en San Andrés Laguna, distrito de Tepezcolula (ya rumbo a la
cuenca del Papaloapan), ella en Puebla, no pierden su esencia mexicana aunque
en realidad casi son ya ciudadanos estadounidenses.
Tanto que, como es propio de los
“gabachos”, para poder tener su ID (identificación) ella tuvo que perder su primer apellido y adoptar
el de su esposo (en México ella es Amada García).
Eben, su hijo menor, es jazzista,
nacido en San Diego, California. Al haber cumplido 21 años les dio el derecho a
ser ciudadanos de los Estados Unidos (ahora tiene ya 23); Isaías, el mayor,
aunque de niño y adolescente vivió con ellos en la Unión Americana, se regresó
a Puebla, donde nació y vive ahora.
Casi recién nacido, me platica
don Isaías, se lo llevaron a Puebla. Ahí creció y se hizo hojalatero. Un día,
ya casado, decidió emigrar al vecino país cuando no había problemas para cruzar
la frontera, en 1989, cuando él tenía 35 años.
Vivieron en Seattle, estado de
Washington, hasta que la recesión económica que inició en 2008 les abrió la
oportunidad de ver cumplido el sueño americano, cuando la crisis golpeó a los estadounidenses
que de un día para otro se quedaron casi en la ruina, algo similar a lo que nos
pasó cuando el gobierno de José López Portillo.
Él, me dice, para poder trabajar
en empresas y luego por su propia cuenta fue a una escuela especializada en
hojalatería en Riverside, California (hermosa ciudad, por cierto), donde lo
certificaron. Y se puso a trabajar y se puso a ahorrar.
Así, al llegar la recesión tenía
los 50 mil dólares en que remataron una propiedad que valía 200 mil dólares en
Las Vegas. “Hubiera usted visto como de un día para otro los gringos se
quedaron casi en la calle. Vendieron sus casas, vendieron sus coches y a muchos
sólo les quedó para comprarse una bicicleta y poder transportarse”.
Ellos son un ejemplo, el mejor
ejemplo de que, como establece el Gobierno de los Estados Unidos, el sueño
americano o el sueño estadounidense consiste en lograr los objetivos en la vida
de cada quien únicamente con el esfuerzo y la determinación. Ellos han tenido
las dos cosas, y han triunfado.
Sus rasgos originales no los
pierden y se conducen con una gran sencillez. Viéndolos, nadie imaginaría que
han logrado lo que tal vez muchos quisiéramos: tener una propiedad en los
Estados Unidos, tener trabajo y vivir bien y ajenos a las carencias y
penalidades de la inmensa mayoría de los mexicanos.
Además, con alegría, porque don
Isaías, como creo que todos o casi todos los oaxaqueños, es un músico lírico:
toca el piano y el acordeón, vena que le heredó Eben, que ¡domina todos los
instrumentos! (él trabaja como músico, da clases de música y estudia a la vez
en Las Vegas), de lo cual tuve una probadita cuando en su estudio se improvisó
una jam session en una velada por demás inolvidable que para qué les cuento.
Aparte del disfrute del paseo,
una de las cosas más provechosas y productivas del viaje fue el acicate que
constituyó para mí conocerlos allá, en su realidad, y su ejemplo de que no
importa el origen ni la pobreza en que se nace para lograr las metas que uno se
propone si se esfuerza y lo hace con determinación. Esto es que si uno quiere,
sí se puede, al menos en un país como en los Estados Unidos, que verdaderamente
ofrece oportunidades sin excepción y que de joven estudiante tanto critiqué.
El día que yo partía de Las
Vegas, en un restaurante de un casino de Santa Fe, afuera de la lujosa zona
hotelera, no salía de mi admiración verlos disfrutar, y yo con ellos, los seis
grandes bufets (bufets en serio, no como los huevos todos mantecosos que
ofrecen la mayoría de los restaurantes de Xalapa, y además más baratos)
dispuestos en un gran espacio.
Reconfirmaba por qué los
centroamericanos y muchos mexicanos que viven en sus países en las peores
condiciones humanas dejan todo atrás para ir en busca de ese sueño americano,
su sueño americano, aun a costa de su propia vida.
Nunca pensé, las vueltas que da
la vida, que un día la familia Arias sería mi anfitriona, como lo he sido en
Xalapa cuando los dos jóvenes han asistido al Festival Internacional de Jazz
que organiza cada año la Universidad Veracruzana y a quienes conocí y recibí
por petición de mi hijo Toño, Jesús Antonio, quien me acompañó en el viaje. Sólo
tuve atenciones.
Lógicamente, gracias a Eben conocí
no sólo Las Vegas que conocen los turistas, la de los inmensos hoteles,
casinos, tiendas, sino también la de a ras de tierra –Armando Méndez de la Luz
dixit–, y por momentos me dio la impresión de estar en Cancún con su lujosa
zona hotelera y la ciudad aparte donde viven los que van a trabajar a la zona
hotelera.
No faltó la parte triste: hablar
de la realidad que se vive en Veracruz y en México el país. Don Isaías ha
tenido la intención de volver e instalar un moderno taller de hojalatería en
Puebla y, también, me platicó, le han ofrecido en venta un rancho en Yucatán.
Con su hijo Eben terminamos
coincidiendo: para qué arriesgar todo lo que ya logró, él un migrante mexicano
quién sabe entre cuántos miles o millones que ya tiene casa propia, trabajo, reconocimiento
(ya tiene su propia clientela), estabilidad, seguridad y confort en los Estados
Unidos, que vendría a invertir en su país bajo el riesgo latente, siempre, de
ser amenazado, extorsionado, secuestrado e incluso descuartizado si lo ven
próspero y si no accediera a las condiciones que le impusiera la delincuencia…
o la policía misma. Triste pero cierto.
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