Prosa aprisa
Peña no destituye, sustituye
Arturo Reyes Isidoro
Una propensión muy arraigada entre los
mexicanos es presumir lo que no se tiene, lo que no se es. Acaso los estudiosos
del ser del mexicano tendrían una explicación para esta cultura del “apantallamiento”.
Pero si a esa cultura se le agrega ahora la facilidad para acceder a las redes
sociales, para difundir una falsa imagen y para utilizarla a conveniencia,
entonces se puede convertir en un coctel explosivo de dimensiones
inimaginables.
Esto es lo que acaba de pasar con Alex
Wartenweiler, un modesto, modestísimo trabajador de Seguridad Pública, quien
cometió la inocentada de retratar a su niñito sentado en el asiento del
copiloto de un helicóptero del Gobierno del estado, subir la foto a Facebook y
además alardear que le había dado un paseo por las nubes a su esposa Ana
Sánchez Caraza. “Espero que les haya gustado la vuelta que dimos en
helicóptero”, posteó.
Pero no sólo eso: en noviembre pasado
presumió también en su muro que había sido el encargado de transportar al
secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong y a varios gobernadores con
motivo de una cumbre de seguridad en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río:
“Misión cumplida con todo y la presión de Osorio Chong (nótese el tratamiento
familiar que da al alto funcionario) y sus seis gobernadores”.
La foto del helicóptero le ha provocado al
gobierno de Javier Duarte una madriza mediática (oootra más) acusándolo de
hacer mal uso de los recursos públicos, poniendo como ejemplo el caso concreto
del “piloto” Wartenweiler. Acaso su apellido (él es de Ixhuacán de los Reyes) se
ha prestado para darle verosimilitud a la historia periodística, pero nada más
falso. Ni siquiera es “aviador”.
Se trata de un trabajador administrativo del
más bajo nivel, similar al de un policía raso, a quien el domingo enviaron a
dejar unos equipos de radiocomunicación al aeropuerto de El Lencero, donde
además todos lo conocen y por eso le permitieron la toma de fotos. Como era
domingo aprovechó para llevar a su familia. Pero en su vida se ha subido
siquiera a un avioncito de feria de pueblo (conozco a su hermano, con quien he
convivido). Y jamás lo han enviado a un acto de Osorio Chong.
Ahora, por su grave error de alardear para
“apantallar” a la mapachada, se ha hecho acreedor a una cagotiza por parte de
sus jefes y pesa sobre él la amenaza de enviarlo como castigo a la Siberia
veracruzana, a Huayacocotla, e incluso de que esta será su última quincena en
el Gobierno del estado. Por supuesto, ya eliminó su cuenta en Face y tiembla
por las consecuencias.
Mientras, Duarte toma té de tila y aguanta
vara.
***
“Duarte supera los días difíciles”, titulé la
“Prosa aprisa” del miércoles 15. Dije que los primeros signos de este año
parecen indicar que, por fin, este será su mejor año como gobernador, dadas las
crisis que vivió en los primeros tres de su gestión que le provocaron un gran
vapuleo mediático incluso de alcance internacional que le debilitó su imagen.
En una
reunión con un grupo de columnistas, alguna vez llegó a comentar en petit
comité que, en efecto, vivió días de mucha presión, en parte, opino, por los
rumores que se desataron entonces de que dejaría el gobierno para ir a una
dependencia federal. Sus enemigos y malquerientes lo hacían ya fuera de
Veracruz.
Dos
hechos fuera de lo normal ocurrieron entonces: en julio de 2012, cuando apenas
iba año y medio de administración, llegó de la capital del país Enrique Ampudia
Melo como subsecretario de Gobierno, y, luego, en abril de 2013, nueve meses
después, lo hizo el poblano Manuel Alberto Amador Leal como coordinador estatal
de la Secretaría de Gobernación.
El
arribo de Ampudia fue repentino, mientras Duarte estaba en España en una visita
no oficial, tanto que tuvo que ser el entonces secretario de Gobierno, Gerardo
Buganza Salmerón, quien le diera posesión y cesara fulminantemente a Tomás
Carrillo Sánchez, quien ocupaba el cargo y fuera el primer gran sorprendido de
que ya estaba afuera del Gobierno sin que le hubieran avisado previamente.
La
llegada de Amador Leal, igualmente, fue inusual. No se esperaba. E incluso, sin
ser miembro del gabinete estatal, en el Salón de Banderas del Palacio de
Gobierno, ante Duarte como testigo, Alejandro Zuno Rivera, representante
personal del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, le tomó
protesta y aprovechó para decir que el gobierno del presidente Peña Nieto había
instruido “el apoyo y la disposición a la administración del estado de
Veracruz”.
¿Se
trataba de un acto velado de intromisión del Gobierno federal en la conducción
del Gobierno del estado?
Recién
llegado, en un prolongado desayuno, Ampudia me dijo desde un principio que sus
intenciones no eran venir a desplazar a nadie y que además no venía con
intención de echar raíces en el estado, que estaría mientras fuera necesario,
que acataba instrucciones porque su gran deseo era incorporarse al gabinete
presidencial, que por entonces todavía no entraba en funciones.
Por
eso, por el trato que le dispensó y por el contenido y el tono del mensaje del
secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, el pasado martes durante
la graduación de policías estatales y municipales, todo indica que Duarte ya
superó los días difíciles, que pasó la dura prueba a la que fue sometido por el
Gobierno de Peña Nieto, que recuperó la confianza y consideración del peñismo,
y que gracias a su aplicación incluso ahora mereció su estrellita en la frente.
De “mi
amigo” no lo bajó el hidalguense y dijo que “Hoy
Veracruz está haciendo un gran trabajo, un trabajo para regresar la
tranquilidad, la seguridad a todos los veracruzanos. Yo tengo que reconocerlo públicamente
y me da mucho gusto que así sea”.
Fue más allá: “Hoy
quiero aquí hacer un reconocimiento público al señor gobernador, está
trabajando, está haciendo realidad el anhelo de todo el pueblo de Veracruz de
tener mejores cuerpos de seguridad, está cumpliendo la palabra. Señor
gobernador Javier Duarte, nuestro reconocimiento desde el Gobierno de la
República”.
Se siguió de largo: “El
presidente Enrique Peña Nieto hoy me ha instruido para hacer público el apoyo
con recursos económicos para el fortalecimiento de la seguridad de todos los
habitantes del estado de Veracruz. Habremos de disponer de recursos de la
propia Secretaría en apoyo al gobernador, en apoyo a todos los habitantes de
este gran estado”.
Y remató: “Hoy aquí en
Veracruz deben saber que hay un gobierno responsable en el gobierno del estado”.
Por eso dije que Duarte debió haber dormido esa noche, por fin, luego de tres
aciagos años, a pierna suelta, ronquidos y hasta silbidos de por medio.
Siendo presidente,
Carlos Salinas de Gortari quitó a 19 gobernadores. A algunos los invitó al
Gobierno federal y a otros de plano los destituyó e incluso varios no se
salvaron de ser perseguidos. Enrique Peña Nieto, por lo que se ve, también se muestra
intervencionista en los gobiernos estatales, pero con otro estilo: no
destituye, pero sustituye, como lo acaba
de hacer ahora en Michoacán.
En su columna
“Itinerario Político”, en El Universal de ayer, Ricardo Alemán lo explica muy
bien. El nombramiento de Alfredo Castillo como comisionado federal en Michoacán
tiene un claro mensaje político más allá de que vaya a buscar la pacificación
ante los hechos de violencia.
“¿Por qué? Porque si
bien el PRI se negó a la desaparición de poderes en Michoacán –gobierno en
manos del PRI– el gobierno federal manda allí como enviado del centro al
operador político más cercano al presidente Peña. Dicho de otro modo, si bien
no han desaparecido los poderes en esa entidad, el político de mayor confianza
de Peña será el encargado de la reconstrucción de ese estado”. “Fausto Vallejo
es un gobernador de utilería… y el verdadero gobernador se llama Alfredo
Castillo”. El estilo de Peña Nieto.
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