Prosa aprisa
Noticias del Imperio (3)
Arturo Reyes Isidoro
En el siglo pasado, hace ya
muchos años, cuando el ahora Procurador Felipe Amadeo Flores Espinosa viajó
alguna vez a Nueva York, le pregunté cómo le había hecho con el idioma.
Recuerdo muy bien su respuesta: Allá no hay más idioma que el del dólar.
Puede que entonces haya tenido
razón, pero hoy creo que ese argumento ya perdió validez. He recordado a Amadeo
cuando Martín Cuevas Grajales, un familiar residente ya hace 17 años en
California, me dice de pronto: Cómo ves. Ya reconquistamos California.
Y es que desde San Ysidro, en la
frontera con Tijuana, hasta San Francisco, está atiborrado de mexicanos
indocumentados así como de centroamericanos, que allá casi vienen a ser lo
mismo unidos por su condición de migrantes sin estatus legal, aunque la policía
ya no los moleste.
En efecto, llama la atención que
a donde quiera que uno va, no falta alguien que habla español, ya sea porque es
su idioma original, ya porque allá nació y lo ha aprendido de sus padres
migrantes, ya porque ahora en los Estados Unidos pagan más a los
norteamericanos que lo hablan, incluyendo a los policías.
Y cómo no va a ser si ellos son,
en buena medida, los que mueven la economía norteamericana, lo mismo como
trabajadores que como consumidores, 11 millones de indocumentados a los que no
se les reconoce su estancia legal pero, eso sí, se les cobra impuestos que les
descuentan de su sueldo.
Incluso, porque alguna vez leí
que allá tienen muchas tiendas, no me extrañó para nada encontrar una tienda
Chedraui en Anaheim, el condado donde se ubica Disneylandia, a unos cuantos
pasos de la parada de autobuses Greyhound, tienda en la que, no podía de ser de
otro modo, no faltan ni la panela, ni el mole, ni la tortilla y ni la hoja para
tamales.
En un viaje anterior a Los
Ángeles y a los condados y ciudades a sus alrededor estuve con varios paisanos
que, para optimizar recursos, en un departamento vivían varias personas, de tal
manera que entre todos juntaban para la renta. Esto se sigue dando en
especial entre quienes apenas están
llegando, en tanto estabilizan su situación. Pero muchos han superado esa
etapa.
En algunas ciudades de condados alrededor de Los Ángeles el alquiler
de un departamento de una recámara cuesta 1,000 dólares al mes, un aproximado
de 13 mil pesos mexicanos. El agua no la pagan, sólo el gas y la electricidad,
20 dólares de gas al mes, un aproximado de 260 pesos, y 40 dólares por la
electricidad, unos 520 pesos. Pero ya casi todas las paisanas viven la
reconversión a estufas electrónicas, por lo que han eliminado el gas. Lo
importante es que su sueldo les da para pagar todo y les sobra.
Comprar una propiedad sí les resulta casi inalcanzable. No bajan de
300 mil dólares, casi cuatro millones de pesos de los nuestros. Por una de esa
cantidad, con crédito, tienen que pagar el equivalente a 32,500 pesos
mensuales. Por una de 375,000 dólares, casi 40 mil pesos al mes. Quienes lo
intentan, rentan todo el espacio que pueden a otros migrantes. Hasta la cochera
la adaptan como recámara, para poder juntar dinero. Pero son pocos.
En mi visita, vi anuncios en
inglés de propietarios de departamentos que se nota que los necesitan rentar
con urgencia y para ello ofrecen el primer mes gratis, algo impensable en
México.
¿Y cuánto ganan los paisanos?
Ahora, el salario mínimo es de ocho dólares la hora, unos 104 pesos mexicanos,
pero un buen número de trabajadores ya gana los 12 dólares por hora, unos 156
pesos, y además muchos trabajan sólo de lunes a jueves, 10 horas diarias. El
viernes lo trabajan y les pagan “over time”, esto es, un sobresueldo: por hora
les pagan el equivalente a hora y media. Los más ambiciosos y fuertes prefieren
irse a la industria de la construcción, donde cuando tienen que mover
estructuras pesadas (mover es un decir, porque las mueven máquinas, pero hay
que estar pendientes y hay algún riesgo) les pagan a 18 dólares la hora, un
equivalente aproximado a los 234 pesos.
En el caso de Martín Cuevas y de
Ana Ortiz, la joven de Los Arrecifes, trabajan en una fábrica de etiquetas
donde se labora en dos turnos: ella de 5 de la mañana a las 3:30 de la tarde
(la media hora es con cargo al trabajador, por minutos de descanso que tiene a
lo largo de la jornada) y él de las 3:30 de la tarde a las 2 de la mañana. Las
máquinas casi no pueden dejar de producir. Así es allá.
Lo que sí es que muchos viven muy lejos de sus centros de trabajo y
recorren grandes distancias, por lo que es imprescindible tener carro propio y
en especial en muy buenas condiciones, pero los coches o camionetas también son
baratos en comparación con los precios de México. Pero esas distancias recorrerlas
se siente menos que en México porque sus autopistas (free ways) de seis carriles por lado más uno
de retorno son de primer mundo y porque las grandes ciudades están pegadas,
conurbadas una con otra, al menos en buena parte de California.
Un compañero de Martín y de Ana,
con tal de tener su propia casa la compró en 100 mil dólares, un millón 300 mil
pesos, barata, en un área de baja plusvalía pero a dos horas de su centro de
trabajo en autopista y donde la velocidad permitida para circular es de 65
kilómetros por hora.
Esta vez he vuelto al mall del condado de Brea, muy cerca de
Anaheim, donde mi hijo mayor, Arturo, cuando estudiante viajaba en sus
vacaciones para trabajar allá en un restaurante de comida asiática (“Gengis
Khan” se llama el negocio) y donde tenía un buen cargo por hablar bien el inglés que traducía a los
demás trabajadores, y he pasado por edificios donde también trabajó otro hijo
mío, Toño, Jesús Antonio, quien igual domina muy bien el inglés y que con tal
de ganar más prefería la industria de la construcción.
Oportunidades las ha habido y las
sigue habiendo. Y los paisanos progresan.
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