Prosa
aprisa
La libertad
de prensa es para ejercerse
Arturo Reyes Isidoro
Estamos ya en la antevíspera de la
celebración del Día de la Libertad de Prensa o de Expresión. Pese a todo lo que
rodea a la fecha –protestas por acusaciones de amenazas o de represión oficial,
o por la demanda del esclarecimiento de desapariciones, secuestros o asesinatos
de compañeros; riesgos físicos (que siempre los ha habido en el ejercicio del
periodismo), o de ser cooptados por el poder o de ceder a la autocensura, entre
otros varios factores–, algo que, creo yo, ha pasado a segundo término es la
pregunta que dominó buena parte del siglo pasado sobre si hay en el país
libertad de prensa o no.
Desde mi punto de vista esa
cuestión ha sido superada porque de que hay libertad la hay, todo es cuestión
de que quien se dice de veras periodista se decida –e incluso se atreva, cabe
el término– a ejercerla, a hacerla válida. Por fortuna, hoy las condiciones del
país son otras, diferentes a las que padecieron compañeros de generaciones pasadas,
cuando el poder hegemónico de los regímenes priistas era vertical, omnipotente,
autoritario, represor, que casi no dejaba espacios para el ejercicio libre e
independiente, a pesar de lo cual hubo periodistas que con todo valor se
atrevieron a cumplir con su deber profesional y retaron al poder político,
destacándose el inolvidable “Jefe” Pagés, José Pagés Llergo, y toda la
generación que lo acompañó en la revista Siempre!,
así como el Excelsior de Julio
Scherer García, cuando entonces el periodismo mexicano se significó en el plano
internacional y ese diario ganó merecidamente un lugar entre los 20 mejores del
mundo.
La lucha para alcanzar los
niveles de libertad que hoy gozamos no ha sido fácil ni corta. Viene desde la Ley Lafragua (llamada así por su autor
José María Lafragua) o Reglamento de la Libertad de Imprenta
expedida en México el 28 de diciembre de 1855, una de las principales aunque la
más moderadas de las Leyes de Reforma, que indicaba que nadie podía ser
molestado por sus opiniones, legislación que fue elevada a rango constitucional
mediante los artículos 6° y 7° de la Constitución
de 1857. Pero no obstante el ordenamiento, la tentación de poder por
acallar las voces independientes ha prevalecido en la práctica, pudiéndose
marcar un parteaguas en especial en 1968 cuando el movimiento estudiantil
despertó conciencias y a aquel México adormilado por el llamado “desarrollo
estabilizador” que se había alcanzado –ciertamente gracias a unos gobiernos
priistas–, desarrollo en lo económico pero no en el pleno ejercicio de las
libertades como la política o la de prensa.
Hoy el riesgo es más por la
delincuencia organizada que no quiere que le afecten sus intereses cuando se
informa sobre sus actividades o personas, aunque el Estado sigue siendo el responsable
de garantizar la seguridad de los periodistas. Pero en contrapartida, la era
digital, esto es, las redes sociales permiten como nunca antes una libertad de
expresión y de manifestación de ideas que implica necesariamente a la libertad
de prensa, que sólo no se pronuncia quien no quiere, aunque, claro, dista mucho
el ejercicio profesional de quien lo hace esporádicamente o sólo por expresar
un sentimiento e incluso para desahogar algún resentimiento personal por algún
interés marcado.
Y aquí y ahora y en esa estamos.
La libertad existe, aunque los riesgos también, no obstante que el periodista
no se ocupe del tema de la delincuencia organizada, sobre todo porque el poder,
que se renueva periódicamente, cada seis años, no puede sustraerse a la
tentación de querer sujetar y amordazar a la prensa libre porque le molesta que
le señale errores, deficiencias, ineficacias, arbitrariedades, actos de
corrupción y de impunidad, abuso de poder, y, en general, atentados a los
intereses de la sociedad a la que se comprometió a servir cuando rindió protesta
legal para gobernar.
Pero las condiciones, a
diferencia de las del siglo pasado, han cambiado mucho. Aparte de las
innovaciones tecnológicas e informáticas y acaso por lo mismo, hoy existe una
sociedad más informada, concientizada, madura, dispuesta a no dejarse ni a
dejar que le falte un periodismo independiente, profesional, que le diga lo que
otros le quieren ocultar, que ayude con su denuncia verdaderamente al
desarrollo del país y del estado, por lo que queda en el periodista asumir el
papel que le corresponde, es decir, ejercer plenamente esa libertad en forma
responsable, a menos, claro, que tenga compromisos inconfesables con el poder (no
es lo mismo que le contraten publicidad en un plano estrictamente comercial y
legal, por motivos informativos y de imagen, a que acepte cobros indebidos –“en
El Dictamen se vende espacio, no el
criterio del periódico”, decía el inolvidable maestro Alfonso Valencia Ríos–)
que lo limiten y lo acallen.
Por fortuna, al margen de
vaivenes comerciales o publicitarios, esto es, de actuar conforme a algún
compromiso económico con el poder, en Veracruz ha existido un sector de la
prensa, aunque minoritario, que ha mantenido la tradición de informar en forma
libre e independiente, corriente a la que, por fortuna para el fortalecimiento
de la vida democrática del estado, últimamente se están sumando varios medios
que por alguna razón han decidido dar por terminada su relación de
entendimiento con el poder al que antes no le veían pero, situación que para la
salud pública de Veracruz debiéramos aprovechar todos: el Gobierno para hacer
bien, lo mejor que pueda y con transparencia las cosas de forma tal que no
necesite pagar para que le aplaudan (“No pago para que me peguen”, decía José
López Portillo); la prensa, para romper en forma definitiva el cordón umbilical
económico que lo mantenía sujeto al dictado del poder y desde el poder y
recobrar su independencia para beneficio de sus lectores, es decir, de la
sociedad; y los ciudadanos para exigir cada vez más un periodismo profesional,
independiente, apegado a la verdad, ético, que le informe bien, a secas, para
su toma de decisiones como actor de la vida pública del estado.
En la capital del país, hace
mucho que pasó a mejor vida la celebración del Día de la Libertad de Prensa por
parte del Gobierno federal porque no se le veía sentido y causaba sospecha esa
relación, que se consideraba que había terminado por pervertirse; en el estado
la tradición se mantiene, aunque cada vez más con menos convencimiento de que
sirva para el fortalecimiento de un ejercicio que, ciertamente, es conquista,
derecho, obligación y compromiso del verdadero periodista comprometido
ejercerlo, con o sin festejo oficial.
Pero, definitivamente, la
libertad de prensa es para ejercerse y nada mejor que eso puede constituir la
gran celebración de la fecha. Yo, por lo tanto, voy a celebrar a mi manera.
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