Prosa aprisa
La gran lección de
Dostoievski
Arturo
Reyes Isidoro
El
22 de diciembre de 1849, Fiódor Dostoievski fue sometido a un simulacro de
fusilamiento en la plaza Semiónovskaya. Ahí, a él y a otros 25 jóvenes
intelectuales les habían leído la sentencia de muerte. Les permitieron besar la
cruz, nos “rompieron las espadas sobre nuestras cabezas y nos ataviaron con las
camisas blancas para recibir la muerte”.
Amarraron
a los primeros tres a un poste, y al entonces joven escritor (tenía entonces 28
años) le tocaba en el segundo grupo, pues los llamaban de tres en tres y él era
el sexto. En eso estaban cuando se oyó un toque de retirada. Los que estaban
amarrados al poste fueron devueltos a su lugar y les comunicaron a todos que su
Majestad Imperial (el Zar Nicolás I) les concedía la vida.
Ese
terrible momento lo narró en una carta a su hermano Mijaíl (Misha). Fue devuelto a la fortaleza de San Petersburgo donde
permaneció encerrado ocho meses, reclusión que aprovechó para escribir El pequeño héroe. Finalmente fue
deportado a Siberia condenado a trabajos forzados y para su traslado le
pusieron grilletes en los pies. Estuvo preso desde el 23 de enero de 1850 hasta
el 15 de febrero de 1854 (la sentencia era de ocho años) cuando salió gracias a
una amnistía decretada por Alejandro II.
¿Qué
delito había cometido? Un “crimen literario”: había leído públicamente la
famosa “Carta a Gógol” escrita por Visarión Bielinski en 1847 en la que
declaraba, a modo de manifiesto político:
“Rusia
no necesita sermones (¡ya ha escuchado bastantes!), ni rezos (¡bastante los ha
repetido!), sino el despertar en el pueblo de un sentimiento de dignidad
humana, durante tantos años perdido en la suciedad y en el estiércol, y de
derechos y leyes conformes no con las enseñanzas de la Iglesia, sino con un
sentido racional y justo (…) Las cuestiones nacionales de más viva actualidad
en Rusia son, en este momento, la liquidación del régimen de servidumbre, la
supresión de los castigos corporales, la aplicación, según las posibilidades,
del cumplimiento estricto siquiera de las leyes ya existentes.”
Los
jóvenes inconformes sentenciados a muerte y finalmente perdonamos formaban
parte del llamado Círculo de Petrashevski. Para ellos (¡oh, sorpresa, ya desde
entonces!) la libertad de prensa, la emancipación de los campesinos y la
reforma de la justicia eran las vías necesarias para hacer progresar a Rusia
hacia un régimen democrático. Entonces, la literatura y la crítica literaria
rusa constituían una tribuna para la manifestación del pensamiento político y
una influyente fuerza social.
Hoy,
165 años después, podemos decir que aquel simulacro de fusilamiento no fue más
que un calambre, aunque muy cruel, ordenado desde el poder para tratar de acallar las voces que pedían cambio y un
mejor estado de cosas, situación similar a la que se vive actualmente en muchos
lugares aunque en otra época y en otras circunstancias. Nunca pudieron
silenciar a Dostoievski. Vivió con gran intensidad su encierro en el presidio
militar de Omsk y de su experiencia nos legó una excelente joya literaria sobre
la vida en reclusión: Memorias de la casa
muerta, uno de los textos más reveladores de las condiciones infrahumanas
en que vivían los delincuentes rusos, sí, pero también los luchadores sociales
(ahí conoció a los personajes que le inspiraron otra joya de la literatura
universal de todos los tiempos: Los
hermanos Karamazov).
(Memorias de la casa muerta se los
recomendé, un día comiendo, a dos mujeres cultas, lectoras, inteligentes: a la
doctora Mireya Toto Gutiérrez y a la licenciada Consuelo Lagunas Jiménez –¿ya
maestra, ya doctora también?)– y les comentaba que debía ser un texto
obligatorio para todo custodio o carcelero, para todo director de prisión, para
toda autoridad de Centros de Prevención y Reinserción Social –je je–, para todo penalista, para integrantes de comisiones
de derechos humanos –ja ja–, para jueces penales –y también venales– y para los
reporteros de la llamada nota roja.)
Las
prisiones, los encierros, también pueden ser espacios, o más bien dicho, uno los
puede convertir en espacios para la escritura interior, la que se graba en el
disco duro del cerebro, en la cabeza, para después, ya en libertad física,
vaciarla en el papel, en la pantalla y publicarla, ya en forma de artículo
periodístico, ya en texto literario, ya en forma de memoria, y puede quedar
para siempre como el testimonio de una época y de cómo se trataba a quien se
atrevía a disentir.
Aparte
de su prosa, de su testimonio histórico, esa fue una de las grandes enseñanzas
que nos legó el celebrado escritor ruso: hacer de la adversidad un momento
provechoso que puede dejar un fruto hermoso, una lección provechosa para toda
la vida y para todo el tiempo.
Hablando
de libros, en las vacaciones pasadas de julio me topé con otro, ameno y
sugerente: La banda que escribía torcido. Una historia del nuevo periodismo de
Marc Weingarten, un escritor, editor y cineasta norteamericano.
Hablando
de Tom Wolfe, quien acuñó el feliz término “nuevo periodismo”, dice que los
nuevos periodistas (el mismo Wolf, Jimmy Breslin, Gay Talese, Hunter S.
Thompson, Joan Didion, John Sack, Michael Herr, Truman Capote y Norman Mailer,
estos dos últimos ya para entonces escritores consagrados) se constituyeron en
una suerte de amenaza al orden establecido, algo que ya estaba presente en los
albores de la prensa escrita.
Así,
Weingarten recuerda que durante la era de los Tudor, en la Inglaterra del siglo
XV, la monarquía británica comenzó a aplicar un rígido control sobre la
difusión de la información pública (lo que se hace hoy no es nada nuevo), y que
“La historia del periodismo es en muchos sentidos una historia de opresiones y
censuras”.
Trae
a colación que numerosos decretos gubernamentales en el Reino Unido –el
desempeño del papel de censor por parte del Consejo Privado, la supresión de la
prensa por Oliver Cromwell en 1655– sumieron a los periódicos en la
clandestinidad, ante lo que surgió un mercado negro de distribución clandestina
de pliegos sueltos para informar sobre determinados sucesos.
La
lucha, pues, entre el poder por someter y acallar a la prensa, y la prensa por
hacer valer el derecho a la libertad de expresión, viene con el surgimiento del
periodismo mismo. Los poderosos insisten. La prensa aguanta y, pese a todo,
publica. Hoy, por fortuna, ya no hay necesidad de que surjan mercados negros
como en el siglo XVII pues las redes sociales los han sustituido. ¿Quién va
ganando? De Dostoievski no sólo nos acordamos todos sino que lo tenemos
presente, sabemos quién es, dialogamos con él cada que abrimos uno de sus
libros, su sombra es de un gran peso moral contra la mano censora y
represora, nos alienta, nos estimula y
nos dice que no hay que darse por derrotados, que la lucha no es infructuosa
porque al final la verdad y la justicia emergerán. Del poderoso ni quien se acuerde
(yo tuve que ir al archivo para saber su
nombre). La historia colocó a cada uno en el lugar que se merecían.
Cárdenas, Pepe,
Héctor
Vaya
fin de semana. Este viernes Cuauhtémoc Cárdenas participará en el foro “Los
efectos de la Reforma Energética” organizado por la Universidad Veracruzana a
través del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales. Será a las once de
la mañana en la sala de video conferencias de la USBI campus Xalapa. Se espera un lleno total.
Mañana
sábado el senador José Francisco Yunes Zorrilla expondrá una conferencia
magistral sobre procesos electorales. Igualmente la organiza la UV a través del
Programa de Formación en Gestión Municipal. Será a las 10:30 de la mañana en la
misma sede de la USBI.
Por
su parte, el senador Héctor Yunes Landa, estará viernes, sábado y domingo en
los municipios de Ignacio de la Llave, Amatlán de los Reyes, Cuichapa, Córdoba,
Cardel, Huatusco y Tuxpan. En el itinerario que nos envió da cuenta que a todos
los lugares se trasladará en helicóptero.
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