Prosa aprisa
La
Liga: pelean restos
Arturo Reyes Isidoro
Desde el 21 de julio pasado, un grupo de supuestos
campesinos tomó el edificio de la Liga de Comunidades Agrarias, primero para
exigir la salida de la entonces dirigente estatal Bertha Hernández Rodríguez,
lo que ya lograron, aunque lo retienen con el propósito de hacerse del control
del organismo.
Bertha no merecía una salida como la que tuvo, por su
trayectoria y luego de los muchos y muy valiosos servicios políticos que prestó
al sistema que al final prácticamente la abandonó, así como por la presión de los
que alguna vez fueron sus compañeros, aunque cometió el error de no haberle
puesto el carácter de irrevocable a su renuncia que vino presentando varias
veces y de haber escuchado las peticiones de que aguantara mientras se decidía
su relevo.
Debió haberse ido desde hace mucho, pues era claro que la
utilizaban, además de que estaba a disgusto porque el presupuesto del organismo
últimamente se lo habían reducido a nada, además de que su influencia política
también se la habían acotado al mínimo. Disciplinada y fiel a sus jefes
políticos se aguantó en el cargo a costa de su imagen.
Los que tienen tomado el edificio y los que aspiran a la
dirigencia (trece en total, según el diputado Adolfo Ramírez Arana, uno de los
interesados) en realidad pelean restos, pues como organismo de lucha agraria,
con el ideal con el que la fundó Úrsulo Galván el 22 de agosto de 1925 hace
mucho tiempo que murió.
El pasado 6 de marzo, con el encabezado “Pieza de museo”,
abordé el tema. Retomo algunos párrafos por la vigencia que tienen y la actualidad
que ha cobrado el asunto.
“Político no tradicional, no al estilo de los políticos
priistas, aunque él lo era del tricolor, el gobernador Agustín Acosta Lagunes
con la irreverencia política que lo caracterizaba (en realidad él era más
tecnócrata que político) en corto expresó alguna vez, cuando tenía que resolver
un relevo de la dirigencia de la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos
Campesinos CNC, que a la Liga Agraria, como mejor se le conoce, se le debía
poner una bomba y desaparecerla.
Lo dijo metafóricamente. El argumento, no falto de
sustento práctico, era que la vieja casona de Alcalde y García en Xalapa
albergaba a un organismo que no servía para nada. Él lo veía como un aparato de
estorbo, burocrático, por el que se fugaba una buena cantidad de dinero, pero
que no ayudaba en nada a la que fue una de sus dos grandes aspiraciones como
gobernador: hacer de Veracruz el granero de la nación (la otra era hacerlo el
yunque, laboralmente hablando).
En aquella ocasión, Don Agus, como también lo conocíamos,
para reforzar su argumento preguntó: A ver, ¿cuál es el principal país
productor de granos y alimentos del campo en el mundo? Los que estábamos cerca
respondimos de inmediato y casi al unísono: Estados Unidos. Volvió a la carga,
¿y el número dos?: La URSS (que entonces existía liderada por Rusia), le
dijimos. Y entonces se fue a fondo: ¿Y allá tienen Liga de Comunidades
Agrarias?
Acaso fuera de esa vieja raigambre histórica y de lucha
en su tiempo, en realidad para ese entonces, cuando Acosta Lagunes gobernaba,
la Liga ya nada más estaba convertida en el brazo electoral del Gobierno en el
campo, en un ente corporativo al servicio del PRI, en una fábrica de votos y de
candidatos dizque del sector agrario porque en realidad muchas veces o la mayor
parte de ellas servía como colchón para que ahí cayeran políticos totalmente
ajenos al agro pero que el PRI, el Gobierno, los quería convertir en
presidentes municipales o en diputados por un distrito mayormente rural.
Pero el tiempo la ha matado ya casi de muerte natural, e
incluso en lo político, salvo para mantener el corporativismo tricolor en el
campo de la entidad, la Liga ya ni siquiera conserva su cuota de posiciones
políticas, y en especial en el sexenio pasado y en lo que va del actual perdió
cargos en los ayuntamientos, en la Legislatura y en el Congreso federal como
nunca. Para ayudar a producir o a producir más en el campo, ya poco sirve; como
organismo político, está acotada, disminuida, casi acabada.
De la importancia que le otorga el sistema del que fue y
ha sido sustento habla la revelación que acaba de hacer su dirigente saliente,
Bertha Hernández Rodríguez (ya se despidió y dijo que sólo está a la espera de
que le llegue su relevo), quien declaró que el presupuesto anual que se le
asigna a ese histórico organismo es de apenas 800 mil pesos, igual o menos de
lo que gana un secretario de despacho en un año.
Se podría decir que con la salida de la también ex
diputada local y federal, el organismo agrario casi pasará a mejor vida como
instrumento de lucha agraria que fue. Ya no hay tierra por repartir, que
lograrlo a favor de los campesinos y en detrimento de los terratenientes era
uno de sus principales objetivos; los ejidos ya prácticamente están todos
regularizados; ya no hay lucha contra los capitalistas como proclama su himno;
el crecimiento de las manchas urbanas ha desaparecido los ejidos; los programas
para el campo los manejan la Sagarpa a nivel federal y la Sedarpa a nivel local
aunque a veces de las dos no se hace una, e incluso en el estado también la
Secretaría de Desarrollo Económico.
La Liga, en realidad, ya nada más casi queda como un
brazo electoral del PRI. A sus forjadores las nuevas generaciones prácticamente
ya no los conocen ni saben quienes fueron y sólo se les recuerda cada 6 de
enero en el tradicional acto agrario. Su símbolo señero como lo es la hoz hace
mucho que es sólo pieza de museo, e incluso me atrevo a afirmar que los propios
dirigentes actuales sólo conocen los caballos porque los han visto en un
tiovivo (carrusel) de feria ya que nunca se han subido en uno de ellos.
Sólo para unos cuantos interesados que se pelean la
dirigencia porque dizque van a rescatar a los campesinos y al campo del olvido
en que lo tienen, aunque en realidad ven a la Liga como un botín electoral, la
verdad es que el organismo hoy es ya una pieza digna de museo”.
Las preguntas que hice entonces y que completo ahora
tienen vigencia: Fuera de su simbolismo histórico, ¿en realidad tiene razón de
ser la Liga? ¿Sostenerla al final no le cuesta al erario, esto es, a los
contribuyentes? ¿Si no obstante sus 89 años de supuesta lucha la mayoría de los
campesinos vive en la pobreza aunque ciertamente ya no en la miseria, con sus
excepciones en algunas zonas indígenas, si continúa de qué le servirá a los
hombres del campo? ¿No llegó ya la hora de colocarla en su nicho y cantarle el requiescat in pace? ¿Quién la
extrañaría? ¿O acaso habría que llegar al extremo y hacer lo que proponía
Acosta Lagunes de ponerle una bomba y desaparecerla?
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