Prosa
aprisa
Un típico
día jarocho
Arturo
Reyes Isidoro
Que si patatín o que si patatán.
Que si hay guardias comunitarias o no. Que la violencia y la inseguridad.
Declaraciones, aclaraciones, conferencias de prensas explicativas. Enojos. En
fin.
Creo que Veracruz, el estado, no
es ni puede ser una ínsula. De que hay violencia, ni quien lo dude, aunque no
trascienda. Que hay inseguridad, siempre la ha habido, antes, de la
delincuencia común y ahora ésa más la de la delincuencia organizada. De que hay
guardias comunitarias, a lo mejor no las hay de pleno aunque podría caber la
posibilidad de que, en efecto, hubiera brotes, intentos, pues creo que si la
propia población pudiera organizarse, armarse y cuidarse a sí misma, lo haría. Nadie
se quiere a sí mismo como uno mismo.
Pienso, sin embargo, que
Veracruz, no obstante todo, por fortuna no vive la situación de otras entidades
del país. No tenemos la vida pública y en especial la educativa desquiciada
como la han tenido en Oaxaca varias semanas por paros y protestas de maestros.
No vivimos la situación de Guerrero, Oaxaca o Michoacán donde, ahí sí,
comunidades enteras se armaron de valor y de armas rústicas y se constituyeron
en su propia policía ante la evidente incapacidad de las autoridades para
garantizarles su seguridad, lo que aprovechó la delincuencia organizada para
infiltrarse. Nada de eso tenemos y vivimos en el estado, por fortuna.
Sería una mezquindad y una
injusticia también no reconocer el trabajo que hacen las autoridades en sus
tres niveles de gobierno para tratar de que vivamos en la normalidad, con paz
social y seguridad. Creo que ahora, ya con el gobierno de Enrique Peña Nieto,
el trabajo de Javier Duarte de Ochoa se fortalecerá y tendremos mejores niveles
de seguridad, lo que se deberá traducir necesariamente, esperemos, en
tranquilidad.
Es cierto, siempre hay la
posibilidad de ver el vaso medio lleno o medio vacío, según la actitud personal
de cada quien. Pero hay hechos incontrovertibles que, a mi juicio, no se deben
ignorar y que nos ayudan a ubicarnos sobre cómo vamos o cómo estamos.
Cada que puedo dejo Xalapa y me
voy los fines de semana al bendito puerto jarocho. Me lleva el deseo, la
necesidad de divertirme, de bailar, cantar, tocar música, olvidarme, así sea
por unas horas, de los problemas cotidianos, salir de la rutina, dejar el
encajonamiento mental en que caigo involuntariamente por estarme ocupando de los
políticos y sus cosas –saber que sea Pedro o Juan el candidato, que se estén
dando hasta con la cubeta adentro del gobierno aunque lo nieguen o aunque no
les gusta que se diga, si cambian a algún funcionario o quién lo sucede porque,
a final de cuentas, no veo ningún beneficio para el pueblo, en fin–. Voy al
puerto porque encuentro un ambiente propicio para disfrutar.
En el puerto, más que en
cualquier declaración, que en cualquier boletín de prensa, veo el mejor reflejo
de que una buena parte de la población vive su vida con toda normalidad, con
tranquilidad, con alegría, sin duda garantizado todo por la seguridad de que
gozan.
En un típico día jarocho de fin
de semana, voy al medio día al tradicional Río de la Plata, donde se tiene que
pasar a comer la famosa ensalada de caracol. Todo es bullicio. Los bullangueros
jarochos disfrutan sin ninguna preocupación. Me gusta el ambiente y me contagia.
Más tarde, por ejemplo, en la
casa particular del profesor José Berber Solís, una institución en el puerto
pues fue maestro de natación de más de medio mundo, hombre respetado, querido,
se reúnen a comer los amigos, los de la peña del café, los de la peña del
dominó, los de la peña del bar, profesionistas muchos, hombres de mar, de
negocios. Los festines son un verdadero agasajo. Llegan amigos de Tabasco,
llega toda la dirigencia petrolera de Las Choapas, de donde es oriundo el
anfitrión. Invitan a amigos de Xalapa. Son tardes inolvidables acariciadas por
la fresca brisa del mar y amenizadas por un grupo de soneros. Ahí no se habla
de política, ni de gobierno, ni de inseguridad, ni de candidatos. Ahí se vive
la vida como Dios manda, o quizá mejor que como Dios manda.
Al caer la tarde, en el bar Los
Amigos, en pleno centro histórico, religiosamente viernes y sábado se reúnen
familias enteras, matrimonios, amigos de la vieja guardia, hombres y mujeres
solteros, típicos veracruzanos fieles a sus tradiciones, bailadores de boleros,
de son, de salsa, de verdadero abolengo. Casi es un club de la tercera y de la
cuarta y de la quinta edad, personas adultas, mayores, que se sobreponen con
una gran alegría a sus dolencias, a sus enfermedades, a sus penas. Son gente
respetada del puerto, muchos de ellos profesionistas que hacen de la fiesta una
forma de vivir. Ahí lo menos que les interesa es quién va a ser el candidato o
qué partido va a ganar. Viven para vivir con mucha alegría. Con ellos
disfrutamos lo es que vivir sin sobresaltos. ¿Inseguridad? Ninguna. Desde por
la tarde hasta la media noche vivimos una jornada plena de alegría como sólo en
el puerto se puede vivir. Más, ver bailar salsa al “sobrino” –así me lo han
presentado– a sus 83 años de edad, un hombre alto pero encorvado ya por el peso
de los años, con claras muestras de artritis en las manos, o al Wama (así se le
conoce), a sus 82, es espolearnos para saber que tenemos toda una vida por
delante si no queremos que nada nos derrote. Y si alguien piensa que se
necesita dinero para divertirse, se equivoca. Hay quien se la pasa toda la tarde-noche
con un refresco o las señoras con una copa de vino o con un “periquito” que no
es más que la mitad de una ración de whisky con agua.
Y ya si se quiere, remata uno en
el bar del hotel Diligencias. Qué ambiente. Qué bullicio. Cuánta diversión. El
público ya es más joven. Es otro nivel. Igual, departen familias, amigos,
conocidos Mucha gente del puerto (este
fin de semana me dio gusto saludar ahí a Aracely “Cheli” Baizábal, conductora
estelar de uno de los noticiarios de Telever) que prácticamente amanece, que
canta a coro con excelente cantantes jóvenes de grupos que ahí actúan o que,
igual, entre mesas y sillas bailan salsa, merengue, son.
Sí, sin duda Veracruz tiene
problemas. Pero compruebo que también hay otro Veracruz que, creo y espero no
equivocarme, es el de la mayoría, que ha recuperado su vida normal y que vive
con tranquilidad garantizada por su seguridad, la que le brindan sus
instituciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario