Prosa
aprisa
Miércoles de ceniza
Arturo
Reyes Isidoro
Dios por algo es Dios. Al menos el Dios de los católicos, el
mío, o sea, el de la inmensa mayoría de los mexicanos, entre los que se
incluye, por supuesto, a los políticos y gobernantes, cuya mayor parte profesa
la religión aunque no cumpla sus preceptos. Claro, si son políticos, no puede
ser de otro modo, pues no hay político que se digne de serlo que no falte nunca
a su palabra. Promesas, promesas, promesas, mentiras, mentiras, mentiras,
¡aleluya, aleluya, aleluya!
Cuando Dios hizo a los políticos (algunos llegan a
gobernantes), supo la especie que creaba. La Biblia no lo dice en ningún libro,
pero trascendió, su rumoró, se supo, se dijo en fuentes extraoficiales, se
filtró, se pudo investigar, lo dijo un evangelista a condición de que no se
revelara su nombre, que ante la inminencia del Diluvio universal, Noé construyó
el arca, salvó a su familia y tomó siete parejas de animales limpios y una
pareja de animales no limpios, macho y hembra de cada especie, siendo los
únicos supervivientes en todo el mundo.
La pareja de animales no limpios era la de los políticos
(recuérdese que también se salvaron las víboras, que como la otra especie
también se arrastra), pero nuestro Señor es tan, tan generoso que sabiendo que
de todos modos después del Diluvio seguirían con las mismas, les creó el
Miércoles de Ceniza, un día como hoy, en que les da la oportunidad de hacer
penitencia por tanto que chingan al pueblo, de convertirse o reconvertirse
(pobre mi Dios, si supiera que estos cabrones nunca van a cambiar) y de
arrepentirse de todos sus pecados (como el del aumento de impuestos y la
creación de otros nuevos, el aumento de precios a los productos básicos, la
rebaja de sueldos, el incumplimiento del pago de aguinaldo y las quincenas,
etcétera, etcétera, etcétera).
Pero –y he ahí la sabiduría de mi Dios, su grandeza– tal vez
imaginando, pensando, previendo que estos hijos suyos, los políticos a los que
salvó Noé, seguirían pecando por los siglos de los siglos y estarían dispuestos
a morir siempre en el pecado (robarse lo que no es suyo, delinquir y quedar
impunes, abusar de su poder, etcétera y otra vez muchos etcéteras), también
dotó al miércoles de Ceniza de otra significación, la de recordarles que polvo
son y en polvo se convertirán –“Acuérdate de que eres polvo y al polvo
volverás”, dice el sacerdote–, que vienen del polvo (¿o del lodo?), o sea, que
de nada les servirá el poder a la hora de la verdad (como dirían nuestros
siempre dinámicos cronistas deportivos).
Cuenta Heródoto, en su “Historia”, que Creso, un rey griego
que llegó a ser considerado el hombre más rico de su tiempo merced a sus
conquistas, mandó a sus sirvientes a que guiaran y mostraran todos sus tesoros
a Solón el ateniense, tal vez el más sabio griego entre los sabios de su
tiempo, a quien, de visita en su reino, alojaba en su palacio real. Luego le
preguntó Creso si había visto a algún hombre que fuera el más feliz de todos,
pues él creía que lo era merced a sus riquezas.
Solón no sólo no lo aduló sino que le dijo la verdad (no era
periodista, si no hubiera mandado a pedir que lo corrieran de su trabajo). Le
dijo que había visto a Telo de Atenas, quien había terminando su vida en forma
espléndida, pues los atenienses le habían rendido honras fúnebres públicamente
en el mismo lugar donde había caído muerto en combate contra el enemigo a los
que había puesto en fuga heroicamente.
No le gustó a creso escucharlo, pero le preguntó entonces a
quién veía más feliz en segundo lugar, pensando, nuevamente, que era él. Solón
le dijo que eran los hermanos Cléobis y Bitón, quienes tenían lo suficiente
para vivir y estaban dotados de un gran vigor corporal. Le contó que un día se
celebraba la fiesta de Hera y su madre tenía que ser conducida hasta el templo
por medio de una yunta. Como los bueyes no habían llegado a tiempo, ellos
mismos se uncieron el yugo y tiraron del carro. Cumplida su misión, los argivos
los felicitaron así como a su madre por tener unos hijos así. Entonces su madre
pidió a la diosa que les concediera a sus hijos lo que fuese mejor para un
mortal. Luego del banquete ritual, ellos, fatigados, se acostaron en el mismo
templo y ya no despertaron más. Les dedicaron estatuas.
Creso se sintió ofendido por no ser considerado siquiera en
segundo lugar y reclamó a Solón. La historia es larga y hermosa pero resumo:
Solón le recordó a Creso que en el hombre todo es puro azar, pero le dijo que
no le podía contestar a su pregunta antes de saber si había concluido su vida
con felicidad, “Pues el muy rico no es más feliz que el que sólo dispone de lo
que necesita para el día, a no ser que el destino le tenga dispuesto que pueda
morir felizmente, en posesión de todo lo bello”. Con el tiempo, Creso cayó
prisionero de Ciro, el famoso rey persa Ciro El Grande, cuyos soldados, sin
saber quién era, se dispusieron a quemarlo vivo. Entonces sobre la leña Creso
recordó las palabras de Solón, “recobró por completo su lucidez (se le bajaron
los humos, se le acabó la soberbia, se diría ahora) y gimiendo casi como en un
éxtasis gritó tres veces ‘¡Solón!’”. Eso intrigó a Ciro, quien al escuchar la
historia que le narró su enemigo, ordenó que lo bajaran y le perdonó la vida y lo
convirtió en su sirviente.
Religión y paganismo. Historia y leyenda. Fragilidad del
hombre, por muy rico y poderoso que sea. No somos más que polvo. No somos nada.
Pero siglos y siglos después, los poderosos, los políticos, no aprenden.
Tengo curiosidad por ver, me pregunto cuántos políticos de
todos los partidos y colores, cuántos gobernantes irán hoy, arrepentidos por
tantas chingaderas que cometen, a tomar ceniza pero, más que eso, a hacer
penitencia, a convertirse en hombres de bien, honrados, a arrepentirse por el
estado en que tienen a sus pueblos y por el sufrimiento que les provocan; me
pregunto cuántos y quiénes, con cara de compungidos así sea de mentiritas,
siquiera para taparle el ojo al macho de que alguna vez en su vida se
arrepintieron de tanto mal que causaron.
Con la llegada del Miércoles de Ceniza inicia la Cuaresma,
tiempo de arrepentimiento, cuarenta días para que nuestros políticos y
gobernantes se arrepientan, para que cambien algo para que sean mejores; vamos,
ya sin pedir mucho, siquiera para que ayunen no yéndose a gastar nuestro dinero
en El Cacharrito, El Azafrán, Vinísimo y tantos y tantos otros restaurantes
caros a los que van a dejar nuestros impuestos. Por lo menos eso, Señor, haznos
el milagro.
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