Prosa aprisa
Guízar y Valencia; el terremoto de
1920
Arturo Reyes Isidoro
Oficiaba en
Cuba cuando falleció monseñor Joaquín Arcadio Pagaza. Debido a ello, el 1 de
agosto de 1919, Rafael Guízar y Valencia fue preconizado obispo de Veracruz.
Eran
tiempos difíciles en México, y en Veracruz. Estaba en su apogeo el conflicto
entre el Estado mexicano y la Iglesia. El hoy santo, originario de Cotija,
Michoacán, se hacía llamar entonces Rafael Ruiz.
Por fin, el
1 de enero de 1920, después de que el cañonazo en el castillo de el Morro en La
Habana marcara la media noche, Guízar y Valencia partió hacia el puerto jarocho
a bordo del vapor estadounidense “Esperanza”.
Cuatro días
después, miembros de la oligarquía del puerto y de Xalapa, dignatarios de la
jerarquía eclesiástica de esas ciudades y de Córdoba así como devotos fieles lo
recibieron en el muelle del puerto de Veracruz.
Pero un día
antes, el 3 de enero de ese año, 1920, un devastador terremoto de 8 grados en
la escala de Richter destruyó la región central de Veracruz y miles de casas,
iglesias y escuelas se derrumbaron.
El sismo
afectó particularmente Cosautlán de Carvajal, Coscomatepec, Teocelo y Xico. Un
reporte oficial situó el epicentro en Quimixtlán, lugar de donde ahora viene el
agua que surte a Xalapa, en el estado de Puebla, que también sufrio daños.
El maestro
César Luna Bauza, un gran meteorólogo de quien guardo gratos recuerdos, hizo
una descripción de los daños y citó la cifra de tres mil personas fallecidas.
Todo lo que
aquí digo y comento está contenido en el libro Olor de santidad, de un gran investigador que tuvo la Universidad
Veracruzana (UV) y entrañable amigo también, Félix Báez-Jorge, publicado por la
Editorial de la UV.
Dejaré de
lado los aspectos históricos para centrarme en lo que me interesa comentar, por
la oportunidad del tema.
Al
desembarcar en el puerto, Guízar y Valencia recibió las noticias del desastre
causado por el terremoto en la región central de la diócesis en la que lo
acababan de nombrar como pastor.
Su primera
medida, que anunciaba ya lo que sería su comportamiento personal, fue ordenar
telegráficamente (el telégrafo era el Twitter o el correo electrónico de hoy;
actualmente ya no existe) al vicario capitular que suspendiera el festejo
organizado en Xalapa para celebrar su llegada, indicándole que guardara el
dinero colectado para tal fin, con objeto de destinarlo al auxilio de los
damnificados.
Según
documentó Báez-Jorge, al día siguiente de su arribo irrumpió en la Lonja
Mercantil de Veracruz solicitando auxilio para las víctimas. Sus palabras
cálidas y convincentes motivaron a los presentes gracias a lo cual reunió
alrededor de veinte mil pesos (de aquellos tiempos, toda una fortuna).
El
diplomático Francisco Cuevas Cancino, quien falleció siendo catedrático de la
Universidad Anáhuac en Xalapa, registró el siguiente testimonio: “Reunió a los
adinerados del Puerto y, con un gesto que muchos tildaron de teatral, puso,
para empezar la recolección, su cruz y anillo episcopales”.
Del puerto
viajó en ferrocarril a Xalapa y su primera misión oficial en tierras
veracruzanas fue ocuparse de la devastación causada por el terremoto.
Cito al
autor de Olor de santidad: “Cinco
días después de tomar posesión del obispado inició un largo recorrido por los
poblados afectados. Este notable esfuerzo (en el que llegó a peligrar su vida)
fue realizado en un mes”.
El
investigador registró que cruzó caudalosos ríos, maltrechos puentes; que
transitó pésimos caminos de herradura y peligrosas sendas, sorteando el
inclemente clima invernal de la región montañosa central de la entidad.
El canónigo
Justino de la Mora, uno de sus alumnos, dejó testimonio de que visitó Teocelo,
Cosautlán, Xico, Ixhuacán de los Reyes y Ayahualulco en el estado de Veracruz y
Patlanalá, Chilchotla, Saltillo de Lafragua y Chalchicomula, pertenecientes a
la diócesis de Puebla.
De este
último lugar se trasladó luego en el ferrocarril de Orizaba a Córdoba,
Coscomatepec y Huatusco.
“En todos
estos poblados predicaba, confesaba, visitaba a los enfermos y lesionados,
administraba el sacramento de la confirmación, ministerio que realizó en
humildes viviendas y aún en la vía pública, ante la destrucción de los
templos”.
En el
trayecto de Patlanalá a Chilchotla, que lo hizo pasar por el epifoco, ante las
pésimas condiciones del camino, además de que fue recibido por los vecinos
“llorando cual si fueran niños”, fue tanto el esfuerzo que realizó que sufrió
una afección cardiaca que lo puso al borde de la muerte.
No obstante
haber sido trasladado al hospital de San Andrés Chalchicomula, Puebla, convocó
a benefactores e instituciones caritativas y organizó a obreros voluntarios,
logrando canalizar víveres, medicinas, ropas y madera a los miles de damnificados,
además de que numerosos sacerdotes fueron nombrados jefes de las obras de
reconstrucción, reubicándolos temporalmente fuera de sus parroquias.
El canónigo
De la Mora, citado por Félix Báez-Jorge, registró:
“Reconstruyó
la parte derruida de Xalapa, Xico, Cosautlán, Ixhuacán de los Reyes,
Ayahualulco y multitud de rancherías pertenecientes a las cabeceras municipales
enumeradas. Tuvieron los pobres casas donde albergarse; ropa con que cubrir su
desnudez; alimentos para la subsistencia; medicinas para sus enfermedades;
yuntas para sus labores campestres; tierras para quienes la inundación había dejado
sin parcela o ranchos”.
Otro
testimonio, éste de Joaquín Antonio Peñalosa, registra que en Xalapa el obispo
encomendó al sacerdote José María Flores reconstruir la parte derruida de la
ciudad, en la que se gastaron 231 mil pesos (¡de aquellos!), para lo que se
contrataron obreros especializados en Puebla y Guadalajara.
Otro autor,
Eduardo J. Correa, citado por Félix, cita que cuando Guízar y Valencia regresó
a Xalapa, “la ciudad entera, sin distinción de credos ni de clases, se entregó
a su Pastor en un movimiento grandioso de admiración y respeto, en un día de
júbilo general”.
Ayer como
hoy, no se vio la mano oficial en apoyo a los damnificados.
Cito a
Báez-Jorge: “El auxilio que Rafael Guízar y Valencia prestó a los damnificados
contrasta con la escasa (o nula) atención que recibieron de las autoridades
gubernamentales”.
Su recuento
registra que al producirse el sismo Armando Deschamps ocupaba la gubernatura en
forma interina. En el lapso en que el hoy santo realizó su misión se sucedieron
además Cándido Aguilar y Juan J. Rodríguez. Esa circunstancia de inestabilidad
política hace que no se tengan informes oficiales sobre la participación
gubernamental en las tareas de auxilio y reconstrucción de los poblados
afectados.
Hasta ahí
esa parte de la historia religiosa de Veracruz.
La quise
traer a cuento por la situación que vive parte del país a causa de los sismos
del 7 y del 19 de septiembre que causaron víctimas mortales y daños materiales
cuantiosos que tienen en la desgracia a cientos, miles de familias mexicanas.
Pero
también para significar cómo igual que ahora hubo ausencia o negligencia por
parte de las autoridades, aunque a diferencia de estos días, la iniciativa de
auxilio y apoyo partió de un religioso hombre bueno que terminaría siendo convertido
en Santo.
Y para tratar
de saber qué tanto la jerarquía eclesiástica de Veracruz ha seguido el ejemplo
e imitado a Guízar y Valencia; qué medidas ha dictado a los sacerdotes de los
obispados y de la Arquidiócesis; qué movilización ha realizado predicando,
confesando, visitando a los heridos en hospitales, viviendas o incluso en la
vía pública en auxilio de los sacerdotes de los lugares dañados.
Aunque en
Veracruz, más pertinente sería saber qué han estado haciendo con los afectados
por los huracanes, y también por los sismos aunque en menor medida, así como
por las inundaciones de los últimos días.
Seguramente,
como Guízar y Valencia, en forma anónima, discreta, han donado su cruz o anillo
episcopales o sacerdotales, han hecho a un lado sus lujosas camionetas (los que
las tienen y usan) para hacer tierra, han dejado la comodidad y el confort de
sus aposentos y se desviven por auxiliar a los damnificados en auxilio de sus
pares de Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, Estado de México, Guerrero y Ciudad
de México.
En el
futuro sabremos quiénes se ganan la santificación por su obra caritativa.
Sinceramente deseo que Veracruz dé muchos más Guízar y Valencia. Ojalá y mi
ignorancia sobre la acción de los religiosos contraste con su acción efectiva a
favor de los feligreses, en especial de quienes sufren las consecuencias de los
fenómenos naturales. Pido, ruego a Dios que así sea.


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