Prosa aprisa
El Papa da la razón
histórica a Juárez
Arturo
Reyes Isidoro
Fue el 12 de julio de 1859 cuando Benito
Juárez promulgó en el puerto de Veracruz la Ley de Nacionalización de los
Bienes Eclesiásticos, una de las Leyes de Reforma que sirvieron para completar
la separación de la Iglesia y el Estado y establecieron las competencias de
ambas instituciones.
El
artículo 3º establecía: “Habrá perfecta independencia entre los negocios del
Estado y los negocios puramente eclesiásticos. El gobierno se limitará a
proteger con su autoridad el culto público de la religión católica, así como el
de cualquier otra”. De hecho, con ello se marcó el nacimiento del Estado laico
mexicano que ha permitido a lo largo de la historia del país, el reconocimiento
y protección por parte del gobierno de cultos distintos al católico.
El
pasado 27 de julio de 2013, 154 años y 15 días después, en Río de Janeiro, al
reunirse con la clase dirigente de Brasil, sin mencionarlo por su nombre, el
jefe máximo de la Iglesia en el mundo, el papa Francisco, reivindicó a Juárez
al defender abiertamente el Estado laico.
“La
convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la
laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional,
respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad”, dijo este
sorprendente argentino hoy en buena hora al frente de una de las instituciones
religiosas más importantes y poderosas en la historia de la humanidad.
Quién
lo dijera. Aquellas leyes de Juárez llevaron a la ruptura diplomática entre
México y El Vaticano. El Papa Pío IX no sólo condenó las Leyes de Reforma sino
incluso apoyó la invasión francesa a México. Hoy, Jorge Mario Bergoglio da la
razón histórica al indígena de Guelatao, que también fue seminarista, quien
esta vez, de haber podido, seguramente desde su tumba hubiera pedido brindar
por el papa Francisco con Jesús Reyes Heroles como concelebrante de por medio.
Una
vez más, el tiempo, la historia, hacen lo suyo. Por asociación, en lo personal,
sin conocerlo físicamente, por amigos y amigas tengo la mejor referencia de un
jerarca religioso, progresista, y me da gusto que en el Arzobispado de Xalapa
haya un presbítero como José Juan Sánchez Jácome (por el apellido debe ser de por
el rumbo de Huatusco), quien semana a semana, dominicalmente, vocero de la
Iglesia católica en nuestra demarcación, fija la postura de esa gran
institución universal con ese espíritu abierto que los nuevos tiempos reclaman.
En
esa corriente de Jorge Mario Bergoglio no puedo dejar de incluir a mi maestro
de Filosofía en Humanidades, en la Facultad de Letras de la UV, a otro
religioso ejemplar, querido, admirado y para quien a Dios pido que me lo
conserve con salud, el padre José Benigno Zilli Mánica, pero también para el
arzobispo Sergio Obeso Rivera, ambos progresistas.
La prensa:
deficiencias profesionales
En
su número correspondiente al mes de agosto, la revista Nexos publica, como tema
central, un dossier dedicado a la prensa mexicana, ensayos a cual más
interesantes. Uno de ellos, el de Fernando Escalante Gonzalbo (“Bartleby en la
redacción”) me llama la atención porque lo enfoca a las deficiencias
profesionales.
Afirma
tajantemente: “La prensa sigue siendo provinciana, periférica, mediocre y
aburrida –y nadie ha pensado nunca que pueda ser diferente”.
Esto
último lo dice para reforzar su planteamiento inicial en el sentido de que
ningún periódico mexicano se ha planteado nunca la posibilidad de convertirse
en un equivalente del New York Times (Estados
Unidos), de Le Monde (Francia) o El País (España), esto es, convertirse
en un periódico que tuviera verdadero interés para el resto del mundo, fuera de
México, “un periódico con información propia, nueva, importante, digna de
crédito, un periódico serio”.
(El
autor, investigador y catedrático de El Colegio de México debe ser joven pues,
por lo que advierto, no recuerda el caso del Excelsior del maestro Julio Scherer, que, en el siglo pasado, llegó
a convertirse en uno de los 20 mejores periódicos del mundo por su calidad
informativa, por su reporteo propio, por sus exclusivas, por la revelación de
documentos lo mismo de la Casa Blanca, de Washington, que de las dictaduras
sudamericanas. Fue el único del mundo que pudo sacar información de Chile
durante el derrocamiento del presidente Salvador Allende aquel 11 de septiembre
de 1973 porque tenía allá como enviado al reportero veracruzano, de Tierra
Blanca, Manuel Mejido, información que alimentó a todos los periódicos del
planeta.)
Escalante
Gonzalbo recuerda que don Daniel Cosío Villegas decía hace medio siglo que la
nuestra era una prensa libre que no usaba su libertad; que era una prensa
frívola, mezquina, superficial y un poco tonta. “Lo explicaba Cosío por una
combinación del autoritarismo del régimen y la actitud pusilánime, pragmática y
pancista de los editores, que no querían problemas. Los periódicos eran buen
negocio, y esa grisura pareja, vacía, garantizaba que lo siguieran siendo, sin
sobresaltos para nadie”.
Hace
entonces una afirmación que, a mi juicio, no tiene discusión: 40 o 50 años
después podrían decirse cosas muy parecidas. “Y, según el caso, también otras,
bastante peores”.
Apunta
que el descuido, la incuria, la desatención llega a la redacción de los
titulares de primera plana y pasan como si fuesen noticia “cosas que habría
descartado a la primera un estudiante de periodismo”.
A su
juicio, la nuestra es una prensa mucho más libre, capaz de desplantes
inimaginables en el antiguo régimen, pero no mejor.
“Puede
ser estridente, escandalosa, intensamente política, beligerante hasta el
insulto, insidiosa, agresivamente partidista y, a la vez, superficial,
irresponsable y a fin de cuentas irrelevante. Quiero decir, irrelevante para
todo, salvo el pequeño negocio del ruido: amagar, insinuar, extorsionar”.
Para
el investigador, el mayor problema de la prensa mexicana es que no está
organizada para informar. “Por eso informa mal, poco, de manera sesgada,
confusa, superficial y tramposa”.
No
para ahí su argumentación. Para él, eso no es lo suyo, es decir, no se lo toma
en serio e incluso “Se diría que preferiría no hacerlo”.
¿Qué
se puede cuestionar al respecto? Por lo menos, yo trato de asimilarlo y tomo
nota. Ante la realidad que vivo, ¿qué puedo argumentar en contra? Al contrario,
me da vergüenza profesional saber que en mucho, o en todo, tiene razón.
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