Prosa aprisa
Enfermarse en fin de
semana
Arturo Reyes Isidoro
Es viernes –el pasado viernes–
por la noche. La ciudad se ve animada, según por donde voy transitando. El
bullicio del fin de semana se palpa. Yo me dirijo al Centro de Especialidades
Médicas (CEM). Un hijo mío, Jesús Antonio, Toño,
me ha convencido de que más vale que me chequen pues he estado sintiendo
dolores fuertes en el estómago, lo que atribuyo a que finalmente me ha dañado
medicamento que he estado tomando para los bronquios.
Pienso que ya no es una simple
gastritis sino que se me ha abierto una úlcera. Con Riopan y ranitidina me he
estado ayudando y mantengo la esperanza de que me van a aliviar. Pero le doy la
razón a mi hijo porque además no se me quita una tos cuata que durante toda la
semana me ha estado afectando y que casi no me ha dejado dormir. Voy con la
esperanza de que el médico por lo menos me calme los dolores y las molestias
para pasar bien la noche que ya luego iré con el especialista.
Llego a urgencias (como
trabajador de la Universidad Veracruzana tengo derecho también al servicio
médico, para lo cual nos asignan un área especial con un médico dedicado al
personal de la UV, pero para esto ya es muy tarde) y me encuentro con otro
bullicio, el típico de los hospitales con muchos familiares esperando noticias
o al pendiente de sus enfermos, pero también los que van por sí o por algún
familiar a consulta de urgencia.
Se ve que hay mucho movimiento.
Las butacas están llenas. En un pasillo ya hay algunos hombres con aspecto de
campesinos o indígenas durmiendo en el piso. Afuera hay grupos, corrillos de
otros más. Algunos cenan pan y toman atole, otros café. Todo indica que van a
velar toda la noche y se preparan para una larga jornada.
Por fin me formo en la cola que
va al módulo de recepción de documentos y no es ninguna sorpresa que me
encuentre a conocidos, uno de ellos un viejo publicista que lleva una nieta
porque tiene mucha diarrea, vómito y fiebre. Pasamos uno a uno y cuando me
llega mi turno muestro mi talón de cheque de la UV y mi credencial y solicito
el servicio.
Una empleada, una mujer de
mediana edad me atiende. Me pongo a pensar lo pesado que debe ser pasar un fin
de semana toda la noche trabajando como ella. Pero me sorprende hallarla de
buen talante. Me trata con mucha amabilidad y hasta con una sonrisa. Ve lo que
le muestro, me pide datos, llena alguna forma y me pide que espere porque no
hay médicos.
¡Cómo!, reacciono. ¿No hay
médicos disponibles? Sonriente me vuelve a decir que no, que lo que pasa es que
no han llegado y que quién sabe si lleguen. ¡Cómo!, vuelvo a exclamar. Sí, mire
(se ve el reloj que trae en la muñeca) qué horas son y no han llegado. ¿Pero
cree que lleguen?, insisto. De buena manera me responde que es que debieron
estar desde las ocho de la noche y para esto ya van a dar las diez. ¿O sea que
podría ser que no llegaran?, vuelvo a preguntar. Resignada me dice que sí.
Decido no ponerme a esperar. Como
que el rostro de la mujer me ha dicho: sabe qué, no van a llegar. Mi hijo me
propone entonces llevarme al servicio médico del ISSSTE (él es derechohabiente
y yo su beneficiario), pero me quedo pensando en mi viejo amigo con su nieta y
todos los que antes y después que yo han ido en busca de servicio médico. Yo
tengo otra opción por lo menos, ¿pero ellos?
Ya se sabe que está prohibido
enfermarse un fin de semana y sobre todo por la noche. Es dificultoso hallar a
algún médico particular disponible, menos a un especialista. Me pregunto si el
director y el subdirector del CEM sabrán lo que pasa en la institución bajo su
responsabilidad; si alguna vez por curiosidad se han ido a dar una vuelta para
conocer de cerca y en directo lo que vive la población; si estarán enterados de
la irresponsabilidad del personal, de las anomalías en el servicio; de lo mal
que por culpa de unos cuantos pone en entredicho a todo un sistema de salud y
al gobierno al que pertenecen.
En el servicio médico del ISSSTE
hay menos gente pero también son bastantes personas las que solicitan consulta.
Mi hijo solicita el servicio (llevamos documentos de identificación) porque
tememos que como no he entregado una copia para quedar plenamente afiliado me
digan que no se me puede atender. Pero no. Quiero creer que anteponen el
sentido humano y me enlistan.
Tardo en pasar pero me atiende de
la mejor manera la doctora Martha Castillo. Habiéndome escuchado y checado (me
explora la espalda con el estetoscopio y me toman la presión) y hecho el
diagnóstico ordena que me apliquen chica inyección (una ampolletota y una
agujota) en la vena, para calmar el dolor de mi estómago, me explica cuando le
pregunto para qué. Me receta, me hace recomendaciones y me voy al menos con el
alivio de haber sido atendido.
Lamentablemente yo no tengo las
posibilidades económicas de al menor síntoma tomar el avión e irme a Nueva York o a Houston o a alguna ciudad importante
de los Estados Unidos a ver a médico que me hayan recomendado o a
hospitalizarme. Pero como yo, millones tampoco. Y esa es nuestra triste
realidad.
Anoche, este domingo en la noche,
todavía me persiste el mal de mi garganta, la tos seca, pero me han cesado
totalmente los dolores en mi estómago y siento que evoluciono mejor aunque
todavía me siento medio apendejado e incluso durante el día no me he sentido
con ánimos ni con la claridad para escribir hasta por la noche cuando decido platicarle al lector lo que vive un
ciudadano cualquiera, común y corriente, cuando de repente en fin de semana y
por la noche enferma él o algún familiar y se requiere médico de emergencia.
Me pregunto si el propio personal
del CEM habrá pasado algún reporte de que los médicos a quienes les tocaba el
turno el viernes por la noche no llegaron a la hora y si lo hicieron quién sabe
a qué horas o si de plano no llegaron. Me pregunto si será el común y si por
complicidad, o por no meterse en problemas, o porque no es algo que corresponda
a su área de responsabilidad no reportaron ni reportan nada. Luego entonces el
CEM funciona a la perfección. Están engañando a sus jefes. Peor, están fallando
a la población.
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