Prosa aprisa
El discurso de
Fernando del Paso
Arturo Reyes Isidoro
“Hablando a un muerto, Fernando del Paso ha
golpeado la consciencia de los vivos”, dice la entrada de la nota que con gran
despliegue publicó ayer el diario El País de España tanto en su edición impresa
como digital.
Se refiere al mensaje que pronunció el
domingo en Mérida, Yucatán, el escritor mexicano al recibir el Premio José
Emilio Pacheco a la Excelencia Literaria, dirigido a su fallecido amigo cuyo
premio lleva su nombre.
Para el influyente diario español, el más
importante en habla castellana, Del Paso “puso a México en el alma de un
discurso que va camino de hacer historia”.
A mi juicio, el mensaje va en línea con la
actitud crítica que otros importantes personajes mexicanos han adoptado ante el
desmoronamiento del país propiciado por la clase gobernante que padecemos,
personajes como los cineastas Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro.
Se pregunta Del Paso, le pregunta a José
Emilio si basta con la denuncia pasiva ante tanta corrupción y crimen, pero
agrega que vale la pena plantear “si nuestra posición sirve para algo”. Reproducir
íntegro su mensaje para que todos los mexicanos, los veracruzanos, lo
conozcamos y reaccionemos también con él, que no permitamos que siga más el
estado de cosas que vivimos y padecemos, es ya una de sus grandes aportaciones.
He aquí el texto íntegro:
“Señoras y señores, querida familia,
estimado Rafael Morcillo López, director de la FILEY, estimado Jurado del
Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia Literaria, distinguida profesora
Sarah Poot-Herrera, distinguidos anfitriones meridenses, queridas Cristina
Pacheco y Cristina Ruvalcaba, querido Rafael Tovar y de Teresa, querida Elena
Poniatowska, queridos Vicente Quirarte y Elizabeth Corral:
“No amo a mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.”
Así dice uno de los poemas más hermosos y
valientes que conozco, su autor es José Emilio Pacheco. En seguida el poeta
agrega:
“Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente, puertos, bosques, desiertos,
fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.”
En esta ocasión, en la que vengo aquí, a
Mérida, a aceptar y recoger un premio literario que lleva tu nombre, José
Emilio, quiero aprovecharla para decirte algunas cosas, a ti que fuiste mi
amigo y mi colega durante tantos años y sobre todo que fuiste un gran poeta por
mí admirado, mi querido vate.
Quiero decirte que yo también amé a tu
manera a esa patria de los cuantos bosques y ríos y de la ciudad monstruosa que
fue tu cuna y la mía.
Quiero decirte lo que tú ya sabes: que hoy
también me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave,
parece desmoronarse y volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y
salvaje de los libros de historia.
Quiero decirte que a los casi ochenta años
de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca
aprendí en la escuela y que hoy me sé solo cuando en ellos ocurre una tremenda
injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa,
Tlatlaya, Petaquillas...¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su
nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia!
¡Qué pena también, que aprendamos cuando estamos
viejos que los rarámuris o los triques mazatecas, son los nombres de pueblos
mexicanos que nunca nos habían contado, y que sólo conocimos por la vez primera
cuando fueron víctimas de un abuso o de un despojo por parte de compañías
extranjeras o por parte de nuestras propias autoridades!
Parece mentira,
José Emilio, que hayan pasado tantos años y todavía no hemos aprendido a no
mancillar ese fulgor abstracto que alimentaba nuestra pasión por la patria.
¡Qué pena, sí, qué vergüenza!
Querido José Emilio: no me preguntes cómo
pasa el tiempo; hace poco más de un año que te fuiste y no tuve oportunidad de
hablar contigo de tantas cosas como hubiera querido. He sido un mal lector de
tu obra y me arrepiento. Pero ahora estoy dispuesto a llenar este vacío con el
recuerdo de tus palabras, de tu presencia y de tu lucidez. Nunca como hoy día
me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo
se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo les costó a otros
construir y sostener. ¡Ay, José Emilio! Sí, dime cuándo empezamos a olvidar que
la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos
sus hijos por igual, no sólo a aquellos que la cantamos y que estamos muy
orgullosos de hacerlo: también a aquellos que la sufren en silencio.
Tú mismo lo dijiste: los pobres, tarde o
temprano ellos, en masa, heredarán la tierra. Tú nos invitaste a admirar su
paciencia. Pero... ¿hasta cuándo, José Emilio, hasta cuándo? Ese día no parece
llegar nunca: el Apocalipsis, como tú dices, todavía tiene que dar paso a
varios comerciales y el centauro y el unicornio no han resucitado aún.
Cuando me enteré que había sido honrado con
el premio que lleva tu nombre, José Emilio, una andanada de recuerdos se me
vino encima. Éramos muy jóvenes y teníamos toda la vida por delante y toda la
patria también... ¿Pero qué patria dime, la de nuestros padres, la de nuestros
abuelos o la sola patria nuestra?
Éramos jóvenes, sí, y teníamos una enorme
responsabilidad que cumplir: la de cuidar el patrimonio que habíamos heredado y
cuya integridad se ha visto amenazada tantas veces. Dime, José Emilio:
¿cumplimos? Hoy que el país sufre de tanta corrupción y crimen, ¿basta con la
denuncia pasiva?, ¿basta con contar y cantar los hechos para hacer triunfar la
justicia? ¿Es ético aceptar premios por nuestra obra y limitarnos a
agradecerlos en público, como lo hago en estos momentos? No lo sé. Pero vale la
pena plantear si nuestra posición sirve para algo.
“Algo se está quebrando en todas partes”,
decías en uno de tus poemas. Algo, sí, mi corazón ante todo lo que sucede a
nuestro alrededor, y se quiebran mis palabras, ¡Ay, José Emilio yo no sé para
qué me meto en estos bretes, si bastaría acudir aquí y aceptar el premio! Pero
no puedo quedarme callado ante tantas cosas que se nos han quebrado. ¿Qué se
hizo del México post-68? Qué proyecto de país tenemos ahora... ¿Qué proyecto
tienen quienes dicen gobernarlo? Me permito citarte una vez más, “conozco tu
país —decía el gringo— pasé una noche en Tijuana / éstas son las palabras que
me sé de tu idioma: / puta, ladrón, auxilio, me robaron”. ¿En qué se
diferencian estas palabras de “político, autoridad, socorro, me extorsionaron”?
¡Ay, José Emilio!: ¿Qué hemos hecho de
nuestra patria impecable y diamantina? Insisto, José Emilio: no me preguntes
cómo pasa el tiempo. Lo que te puedo y quiero decir ahora es que estoy viejo y
enfermo, pero no he perdido la lucidez: sé quién soy, quién fuiste y sé lo que
estoy haciendo y lo que estoy diciendo. Lo único que no sé es en qué país estoy
viviendo. Pero conozco el olor de la corrupción; dime José Emilio: ¿A qué
horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué
hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen
organizado, el narcotráfico y la violencia?
¡Ay, José Emilio! ¿De qué nos sirve recoger
aquí y allá premios y reconocimientos mientras nuestro país se desprestigia
ante los ojos del mundo... mientras México se mexicaniza para estar de acuerdo
con sus películas y las más negras de sus leyendas?
¡Ay, José Emilio!
¿Qué vamos a hacer, qué se puede hacer con veinte y tres mil desaparecidos en
unos cuántos años? ¿O son veinte y tres mil cuarenta y dos? ¿Y cómo sabemos
quiénes son culpables? ¿O vamos a fabricar culpables por medio de la tortura,
como es nuestra costumbre?
¡Ay, José Emilio! No sé qué más decirte. No
sabes qué triste estoy. Acepto el premio que tiene tu nombre, porque sé que se
me da de buena fe, no sin antes subrayar que lo más importante en la vida no es
recibir galardones —aunque se merezcan— sino denunciar las injusticias que nos
rodean.
Te hablo José Emilio, desde luego en
español, la lengua que nos fue impuesta a sangre y fuego por los
conquistadores, y que ahora es tan tuya y mía, como lo es de cualquier habitante
de España misma, pero creo que también es una vergüenza que tengamos que vivir
muchos años para enterarnos de la existencia de más de sesenta lenguas en
nuestro territorio, por ejemplo el wixárica o kickapoo, cada vez que el grupo
indígena que habla una de esas lenguas, sea víctima de un despojo, de un
ultraje a la sacralidad de su territorio, o cuando el río o los ríos que lo
sustentan se vean contaminados por una empresa minera o por la
irresponsabilidad de las autoridades, o por la fracturación salvaje en busca de
petróleo o gas shale que amenaza con consumir millones de
litros de sus reservas acuáticas.
No me queda José Emilio sino despedirme y
para ello utilizaré la segunda lengua que se habla en esta hermosa ciudad
anfitriona de Mérida: el maya.
Gracias, José Emilio y gracias a todos
ustedes, espero que nos encontremos una vez más cuando nuestro país sea de
nuevo nuestro.
Y por si acaso mis palabras no hayan sido
suficientemente explosivas, termino con una auténtica bomba: “En la esquina de
un estanque / había un sapo / lo quise agarrar / pero se me escapó”.
Gracias”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario