Prosa
aprisa
Un
digno Hospital General de México
Arturo Reyes Isidoro
Son cosas que sólo las sabe uno hasta que las vive.
He hecho un último intento (o acaso debería decir que el penúltimo)
para ver si rescataba a plenitud mi capacidad auditiva. Hace años empecé a
tener dificultades para oír con normalidad. Con los años, el mal ha ido
avanzando. Pero todavía con el apoyo de un audífono o aparato auditivo escucho
bien con mi oído derecho, porque el izquierdo lo perdí totalmente en 2006 luego
de una operación que no funcionó. Es cuestión genética, me han dicho los
médicos.
A inicio de año me dije que debería ver si había alguna opción viable y
empecé a buscar dónde ir en el país, aunque mi hijo Jesús Antonio, “Toño”, me
propuso que hiciéramos un esfuerzo, ahorráramos y viajáramos a algún centro
médico de los Estados Unidos. La opción más rápida y cerca la encontré en el
Hospital General de México, público, el hospital escuela, además, más grande e
importante del país.
Desde que pedí información vía telefónica (por un 01800) y por la misma
vía me dieron la primera cita quedé verdaderamente impresionado. Una mujer me
atendió con toda atención, paciencia y amabilidad, tanto que me costaba
creerlo. Luego vino mi segunda gran sorpresa: me dijo que cuando fuera llevara
ya pagado el costo de la consulta, que podía hacerlo en un banco, para lo que
me dio un número de cuenta. Cuándo le pregunté cuánto era tampoco lo creía: 72
pesos.
La primera vez que acudí llegué con retraso. El ADO había llegado con
puntualidad pero el Metro estaba imposible. Oleadas humanas lo asaltaban en
cuestión de segundos, que de por sí cuando llegaba a San Lázaro ya iba muy
lleno y aunque periódicamente enviaban vagones vacíos en menos de un minuto
estaban a reventar. Intenté tomar taxi, pero, igual, la cola era kilométrica y
era tanta la demanda que decían que no había coches. Me llené de paciencia, me
resigné y dije que de todos modos iba a llegar aunque fuera para que me
reprogramaran mi consulta.
Vino entonces otra agradable sorpresa. Cuando llegué al hospital y al
consultorio médico general que me habían asignado, le dije a una asistente que
tenía consulta pero que había tenido problemas para estar a tiempo, pero en
lugar de ponerme cara de sargento mal pagado (es un dicho, porque la verdad nunca
he visto la cara de un sargento mal pagado), me pidió la ficha de pago, con
toda amabilidad me hizo pasar, en fin, ella y la médica que me tocaban me
atendieron de maravilla y todavía, acaso por mi edad –eso es lo que creo–, la
propia asistente me acompañó al final a un módulo para que me dieran mi
cartilla de citas y no hiciera cola, que son larguísimas porque acuden personas
de todo el país (ni para decir que alguien me había recomendado porque fui como
un paciente mexicano más).
Como no había desayunado y ya me andaba desbielando, antes de ir al
área de especialidad para que me fijaran fecha de consulta, me fui a la
cafetería del propio hospital, donde el desayuno me costó ¡35 pesos!, desayuno
que saboree en medio del ambiente bullicioso por tanto médico, enfermeras,
pacientes y familiares que también ahí acuden a alimentarse, y ya recorriendo
los largos pasillos ajardinados, laberínticos por tantas áreas de especialidad,
vi el ir y venir de personal médico y de enfermería, de jóvenes seguramente
estudiantes o pasantes de medicina, hombres y mujeres con bata blanca con claro
aspecto de ser extranjeros, un ambiente que si no hubiera sido por el lugar del
que se trataba hubiera dicho que era festivo (nada que ver con aquél lazareto
que nos pinta Thomas Mann en La montaña
mágica), que hasta me puso a pensar que me hubiera gustado ser médico y me
hizo cobrar admiración por todo ese personal de bata blanca que tanto batalla
con nosotros y por nosotros con nuestros padecimientos.
He ido ya al área de la especialidad. Por otros 72 pesos un equipo
médico encabezado por dos jóvenes médicas especialistas me hizo un estudio
completo del que quedé satisfecho. Luego de deliberar concluyeron que mi mal es
irreversible y que ya no funcionaría ninguna operación, etcétera. Por fortuna,
con un nuevo aparato auditivo, un audífono más moderno del que uso (el próximo
miércoles 25 tengo que regresar a que me prueban varios modelos) podré mejorar
mi audición. Eso espero, y con la ayuda y bendición de Dios. De paso, esas
profesionales, de las que quedé admirado, me indicaron que también cheque mi
vista en el área especializada respectiva, lo que haré el mismo 25, por 72
pesos.
Ya sé lector. Es un caso personal que tal vez sólo a mi compete. Pero
lo he narrado porque lo que quiero es exaltar que también las instituciones
públicas de salud del país, pese a los pésimos gobiernos que padecemos,
funcionan con mucha calidad, esto es, que no todos los hospitales de gobierno
tienen mala atención y que no todo el personal que trabaja en ellos trata mal a
pacientes y familiares, lo que me da gusto en el caso del Hospital General de
México porque cuando entra o sale uno ve mucha, muchísima gente humilde que al
menos no la regañan por su condición social o por discriminación, al menos eso
es lo que sigo pensando.
El viernes pasado que estuve, lo que sí no pude dejar de lamentar fue
que al igual que en los hospitales públicos de Veracruz, pese a tantos
millones, miles de millones de pesos que los gobiernos gastan en los partidos
políticos, en los senadores y diputados y en mantener tantos privilegios como
la casa blanca de Enrique Peña Nieto o en comprar los vestidos de su esposa
Angélica Rivera o de una de las hijas que cuestan de 100 mil pesos para arriba,
en los módulos todavía trabajan con máquinas de escribir mecánicas, si bien en
algunos consultorios, como al que fui, ya tienen computadora.
Eso es lo criticable, aunque, para ser justos, en la otra cara de la
moneda, al menos no se roban todo y dejan algo para subsidiar el servicio
médico en especial para las personas que carecen de recursos económicos o
tienen muy pocos y que no tienen para pagar médicos ni hospitales privados y
menos para viajar al extranjero a clínicas u hospitales famosos.
(Fidel Herrera Beltrán si bien terminó por atenderse en los Estados
Unidos de un problema bucal, al menos cuando era gobernador en ocasiones iba a
consulta al Hospital General del puerto de Veracruz o con un médico particular
en Xalapa, lo que hace también Javier Duarte de Ochoa, quien el pasado viernes
por la tarde noche acudió con su dentista xalapeño que le iba a taladrar una
muela. Ahí sí, en cambio si a Miguel Ángel Yunes Linares le duele el pie toma de inmediato un avión
para Nueva York, o Houston, para que lo atiendan en dólares, que si yo los tuviera
a lo mejor haría lo mismo).

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