Prosa aprisa
La venta nocturna
Arturo Reyes Isidoro
Es el sábado
13 de octubre en Xalapa. Al caer la tarde, ya acercándose la noche, un familiar
me pide acompañarlo a Plaza Américas. Es que hay venta nocturna, me dice. Me
disponía yo a leer y a escribir, pero dejo todo y ahí voy.
No lo pensé,
pero, como ocurre cuando hay esas ventas, la cola para llegar y entrar al
estacionamiento es larga, lenta. Cuando uno por fin lo logra, el problema es
encontrar un cajón para dejar el vehículo. Está todo lleno, a reventar. Hay que
batallar y llenarse de paciencia para lograr un espacio. Mientras, da uno
vueltas y más vueltas cual trompo chillador.
Pero es que
están dando 20 por ciento en monedero electrónico y 20 meses sin intereses para
pagar, me dice mi familiar para tranquilizarme.
En ese dar
vueltas y vueltas alrededor del enorme edificio, de pronto descubro en la parte
de atrás todo el convoy de camionetas de escoltas del gobernador. Las han
puesto donde han podido y como han podido. ¿Será que también vino para aprovechar
las 20 mensualidades y el monedero?, me pregunto.
Ya adentro del
almacén, aquello es una verdadera locura. Las personas parecen hormiguitas o
abejitas que se mueven en todos sentidos y a veces hasta chocan. Se quedan
viendo, toman, alzan, se prueban, dejan, aquello ya es un completo desorden:
zapatos por doquier ya sin su par, vestidos ajados aquí y acullá, calzones
tirados en cualquier espacio, pantalones y camisas amontonados y todos
revueltos, empleados complacientes pero a la vez se nota que ya están
nerviosos, cansados, estresados a punto de salir corriendo a gritos, pero no
les queda de otra con el miserable sueldo base que les dan y para poder ganar
un poco más tienen que vender algo para que les den el 1%, sí, uno por ciento
de comisión.
De pronto, veo
pasar a tres militares con uniforme de campaña, dos hombres y una mujer joven,
guapa, pistolas al cinto los tres, ya con bolsas de compras hechas. ¿Andará por
aquí de compras el gober?, me vuelvo a preguntar.
Le digo a mi
familiar que busque lo que va buscar con toda libertad y que se tome todo el
tiempo y que me deje deambular también conforme a mis intereses; que luego me
busque vía teléfono celular. Así lo hace y tan pronto me deja ya no aguanto más
y me salgo. Necesito tomar aire limpio, respirar a gusto.
Me compro mi
café americano del día y me siento un rato en un banco a tratar de disfrutarlo,
a esperar y a matar el tiempo. Me alivia un poco el taco de ojo que me echo
viendo pasar a mujeres tan bonitas y atractivas. Eso me relaja un poco.
Pero me canso
de estar sentado y me voy a mi lugar preferido y de cajón: la librería. Lo que
pasa es que ya me sé todos los títulos y autores que están en exposición, a la
venta. Pero los vuelvo a repasar. De mi familiar, ni noticias. Decido
reingresar a la tienda de nuevo para ver si lo veo.
De pronto me
pregunto si seré un ser normal (o anormal) o si no estaré fuera de la realidad,
loco, dirían, si seré un atípico, un desadaptado social. Y es que me pongo a
recorrer y a ver todo lo que venden, todo lo que se dice todo, y nada me llama
la atención. Ah caray. Me ha entrado ya la duda existencial. To be or
not to be. Ser o no ser, me digo shakespearamente.
¡Cómo es
posible que todo el mundo esté comprando algo, lo que sea, aunque no lo
necesite y a mí no me llame nada la atención! Me pellizco. Y sí, siento. Qué me
pasa, me pregunto. Veo a una joven y a una señora adulta, madre e hija
seguramente, embobadas viendo un árbol artificial de navidad. No le encuentro
ningún chiste, pero ellas se ríen, lo califican de hermoso. ¡Puaf!
Ya me he
cansado de andar caminando. No compro nada. No me atrae nada. Pienso qué tan
mal estaré que no necesito nada de lo que no necesito; que lo único que
necesito es lo que ya tengo. Me viene a la mente Facundo Cabral, aquella canción
suya que dice que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Mejor me
hubiera traído mi libro (estoy leyendo el último de Haruki Murakami, Baila, baila, baila) y me hubiera
sentado a leer mientras espero, me recrimino. Pero ya es tarde. Me doy por
vencido. Soy un mal consumista, no cabe duda. En el enjambre humano, al
gobernador nunca lo vi pero me he encontrado a alguien que me dice que sí, que
por ahí anda con su esposa. Han de haber entrado al cine, me digo al recordar
que pocos días antes llegó y entró a ver una película (ojalá y hayan disfrutado
la más reciente de Woody Allen, A Roma
con amor, excelente y que hace que uno se divierta como enano –en realidad
nunca he sabido cómo se divierte un enano, pero la frase me gusta y la uso.)
Pero salgo
nuevamente a sentarme y a esperar. Más taco de ojo. Entonces mi pensamiento
deriva en otra cosa. Le encuentro sentido a la locura consumista. Una lectura,
un mensaje. Sin duda alguna, me digo otra vez, ésta para documentar mi
optimismo, esto habla de estabilidad económica.
Un amplio
sector de la población, clase media media hacia arriba, goza de buena posición
económica, se siente segura. Compra para pagar en casi dos años. Tiene
confianza y seguridad de que podrá cumplir. Los empresarios, a su vez, tienen
confianza también en que recuperarán su inversión con todo y ganancias.
En ese
sentido, pienso que se tiene que ser justos, que tanto Vicente Fox como Felipe
Calderón mantuvieron la estabilidad económica del país. Me acuerdo en ese
momento lo que leí por la mañana en EL
PAIS de España de que según el Fondo Monetario Internacional, México pasará
a ser la primera economía de habla hispana en los próximos cinco años, lo que
cosechará y presumirá Enrique Peña Nieto.
Allá adentro
del almacén aquello semeja también un avispero. El zumbido de las voces, de la
Torre de Babel de compras en que está convertido me llega hasta donde estoy.
También pienso en que ese mundo de gente, de xalapeños, de veracruzanos, encaja
en la declaración de Erick Lagos. Ésos sí están contentos.
Por lo que se
advierte, esos veracruzanos no tienen problemas de inseguridad o no piensan en
ella. No los veo preocupados más que por comprar. ¿Es que acaso estamos en un
paraíso?, me vuelvo a preguntar. Si viera esto mi tocayo Arturo Bermúdez Zurita
exclamaría: ¡ya ven!, ¡ya ven! ¡cuál inseguridad!, me digo para mis adentros.
Y en eso estoy
cuando, por fin, aparece mi familiar. Qué, ¿encontraste lo que querías?, le
pregunto. No, me dice con cara de tristeza. Al colchón que había visto, que vi
hace días, le subieron de precio casi al doble y ya no regalan la base. Casi a
todo le subieron de precio, me sigue diciendo. Yo ya no entiendo entonces.
Adentro, la gente sigue enfebrecida compra y compra. Creen que de veras el 20
por ciento en monedero electrónico se lo regalan y que los 20 meses sin
intereses para pagar en realidad son sin intereses, cuando que ya con la subida
previa de precios casi al doble se los han cobrado por adelantado. Pero todos
están, salen contentos, jodidos pero contentos.
De todos modos,
a manera de consuelo, me anuncia: pero ya viene El Buen Fin, en noviembre, entonces
regresaremos. ¡En la madre!, me digo para mis adentros. Para esto, ya casi es
la media noche.
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